El martes murió otro niño más en La Guajira. Otro niño Wayuú que se suma a los 25 que han sucumbido al hambre o a la sed. O a las dos cosas. Dos días atrás, un presunto francotirador de las Farc había asesinado a un soldado del Ejército Nacional. Dos muertes evitables en un país en el que a diario ocurren muertes evitables. La buena noticia, pienso yo, es que por lo menos ya no hay guerra.

Pero no todo el mundo piensa así. Cuando en un grupo de debate político al que pertenezco opiné que habíamos dejado la guerra atrás, uno de los integrantes me preguntó qué cuál guerra habíamos dejado atrás, que yo en qué país vivía, que si yo no veía noticieros, que si no me daba cuenta de que habíamos retrocedido 15 años y de que habíamos vuelto a tiempos de (Andrés) Pastrana.

Quedé frío. Que yo sepa, fuera de algunas escaramuzas con el ELN, ese soldado asesinado es el único incidente en el que se han visto involucradas las Farc en lo corrido del año, si es que en realidad el francotirador pertenecía a ese grupo guerrillero. De resto, la CERAC reporta los números más bajos de las últimas cuatro décadas en lo referente a muertos por acciones bélicas. Así que guerra en caliente no hay. A lo sumo fría. Por lo menos aquí en Colombia, que es -para responder a la segunda pregunta que me hizo mi interlocutor- el país donde vivo.

De hecho -y aquí contesto la tercera-, veo muy pocos noticieros, pero cuando los veo noto que ni siquiera el antigobiernista RCN puede mostrar algo que no existe: a falta de pescas milagrosas, de bombardeos a pueblos con pipetas de gas, de secuestros masivos de políticos, de voladuras de convoyes militares, de saqueos al Banco Agrario, de bombas en exclusivos clubes de Bogotá, de atentados con misiles al Palacio de Nariño,  de destrucciones de tramos de oleoductos, de derribamientos de torres de energía…a falta de todo eso, ese noticiero tiene que recurrir a los recuerdos de la guerra, como única forma que le queda para torpedear el proceso de paz. (Y de una vez quedó contestada la cuarta pregunta de la retahíla).

Sin embargo, por alguna extraña razón, mi contertulio olvidó enrostrarme el 'paro armado' que,  coincidente con la marcha uribista, llevó a cabo el denominado Clan Úsuga. Lo cual habría podido darle la razón a él. Salvo que tanto ese incidente, como el asesinato del soldado a manos del francotirador, ya no hacen parte de esa guerra de 50 años cuya sentencia de muerte estamos a punto de firmar. No: esos dos hechos ya son parte de otro problema de orden público, de naturaleza más policiva que militar, así para su control se necesite de la intervención de este último componente. Es un problema de bandas de narcotraficantes, nada diferente de lo que vivimos en tiempos del Cartel de Medellín o del Norte del Valle.

Además, da la casualidad de que ése no es un problema colombiano sino mundial, cuya solución no está en manos -al menos por ahora- del presidente de Colombia (de hecho, al ser Santos el único presidente en ejercicio que ha propuesto la única solución definitiva, que consiste en despenalizar la droga, se convierte en quien más cerca ha estado de arreglar la situación). En México, por ejemplo, no hay guerra, pero sí bandas criminales, mucho más peligrosas que las nuestras -lo cual ya es mucho decir-. Y lo mismo ocurre en varios países de Centroamérica.

Pero incluso, aún si nos olvidamos del crimen organizado, el cual existe desde Rusia hasta Japón, pasando por Italia, queda todavía la delincuencia común, la cual no sólo azota a los países latinoamericanos o africanos, sino que está presente prácticamente en el mundo entero: un paseo nocturno por algunas zonas de Detroit no se lo aconsejaría ni a Rambo.
Por lo tanto, una vez firmada la paz no viviremos en Disney World. Pretender otra cosa es una necedad. Todavía deberemos resolver los grandes problemas de desigualdad, racismo, exclusión y corrupción que tiene Colombia. Para no mencionar fenómenos como el narcotrafico, que -repito- no dependen de nosotros enteramente.

Así las cosas, el caballito de batalla de los opositores al proceso de paz, según el cual los simpatizantes de la firma en La Habana somos unos ilusos que juramos que eso lo va a arreglar todo, no tiene fundamento. De hecho, lo que ocurre es exactamente lo contrario: son ellos, los opositores, quienes pretenden que una vez firmada la paz esto quede convertido en un jardín del Edén que no existe ni siquiera en Islandia. Y es por eso que ponen el grito en el cielo ante cualquier incidente susceptible de ocurrir en una sociedad contemporánea.

Por eso, no hay que ser Rasputín para vaticinar cuáles serán los trinos con los que un expresidente hará que algunos se pregunten si acabar la guerra valió la pena, si esa es la paz de Santos: "Se robaron dos gallinas en Soacha", "Le raponearon la cartera a una señora en Pereira", "Atracaron una tienda en Medellín". Con todo, así el país siga polarizado por un tiempo, es mejor que nos echen en cara esas noticias, y no que tengamos que volver a contar cuántos soldados y guerrilleros murieron en el último enfrentamiento.
Y mucho mejor que -por fin-, ya sin el ruido de la guerra, nos estemos preocupando por los niños que mueren de hambre en La Guajira.

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