Un año ya. Un año sin sus ojos y sin su cola. Sin sus saludos.

Se llamaba Bambina. Sin querer queriendo fue mi primera perra. No pagué ni un peso por tenerla, ni siquiera me costó las gracias. No la saqué de una vitrina llena de cachorros en la Caracas. No la seleccioné entre varias opciones. No me decidí por ella por ser la más juguetona del grupo, o la más bonita, o la más cariñosa, o la que brincaba más alto con el timbre de mi voz. Tampoco la adopté. Fue al revés. Fue Bambina quien decidió rescatarme cuando me supo perdida, cuando se percató de que me urgía sentir ese amor incondicional, desprendido, que sólo ella podía darme.

Antes de Bambina jamás pensé que me haría feliz respirar aire con pelos, con olores. Mi asma era mi arma, la excusa perfecta para no lidiar con mascotas, para no complacer a mis hijos cada vez que me rogaron tener un peludo en casa. Ahora entiendo que lo que no quería era querer con locura a un ser vivo cuyo promedio de vida no superara los diez años, invertir cariño en quimeras. Por eso no pedí perritos ni gatitos de niña. No le llegué a mi mamá con “miaús” o “guauguaús” encontrados en la calle, abandonados, heridos. Nada de eso. Me gustaban, sí, pero de lejos, en láminas de chocolatina Jet si acaso. Donde encariñarse con ellos no hiciera daño.

En el 2004 se la regalaron cachorrita a la señora Amelia en Barranquilla. Creo que por maluca. Hija de labradores de pelo largo importados, de campeones, era la menos agraciada de la camada. Por eso salieron de ella así, sin aspavientos. Fue donada como el patito feo del que es mejor deshacerse rapidito. Mi mamá, por temor a las garrapatas que suelen hacer festín con los perros en la Costa, la echó al patio calientísimo de su fábrica en el barrio El Prado sin mayor remordimiento. Ahí creció, entre el cemento, la arena y la gravilla. Entre obreros y piezas prefabricadas.

La conocí por fotos. Yo vivía desde mis diecisiete en Bogotá y a Barranquilla sólo iba de vacaciones una vez al año. Mi hermano mayor me envió un mail cuyo asunto decía: Te presento a Canchosa del Pilar. En ese correo venían sus primeras fotos. Lo que vi fue a una perra flaca, negra, desgarbada. Estuve de acuerdo con él, no era bullying. Ninguna hija de campeones, lo que había llegado a la casa de mi madre era una chandosa. Tremendo gato por liebre.

La primera vez que la vi, que la toqué, Bambina tenía ya más de un año. No salía del patio, no entraba a la casa. Más que de mi mamá, era la guardiana de la fábrica, la que se desgañitaba ladrando cada vez que un extraño se acercaba al portón. ¿Cómo empezó a llamar mi atención? Mi respuesta es muy ñoña: su inteligencia me sedujo. Fue inevitable no voltear a verla.

Bambina, hasta los cuatro años, no tenía ni placa ni collar, nunca había salido a la calle, no sabía lo que era dar una vuelta a la manzana o que la sacaran a pasear. ¿Entrenador? Menos. Y sin embargo, el día que decidí presentarle el mundo, el día que le abrí esa reja que marcaba la frontera entre su vida y la vida, parecía una perra entrenada por César Millán. Me la llevé a un parque lejos de la casa. Cruzó calles. Respetó semáforos. Corrió. Jugó con mis hijos. Siempre a nuestro lado, atenta, dispuesta, tranquila. Caminando junto “a mi pata” sin salir disparada. Una perra sin correa que no necesitaba de una. Toda una rareza.

En esas vacaciones se trepó por primera vez a un carro. Le dije ¡sube! y ella saltó. No tembló, no lloró, no se amedrentó. Se acomodó en la parte de atrás de la camioneta hasta que llegó al destino. Era la prueba definitiva y la pasó con un gran sobresaliente. Por precaución le compramos su primera correa, una amarilla bastante corronchita, para que no se escapara como todo perro cuando pisa la playa, pero no fue necesario usarla. Entró al mar con mis hijos y salió de allí cada vez que alguno de ellos se aburría del agua. Ni una sola vez tocó gritarla para que hiciera caso. Ese día comprobamos todos, con la boca abierta, que ese patito feo se había convertido no sólo en un bello cisne, sino también en una niñera inmejorable y en una nadadora sin par. ¡Y vaya que nadó! Como si toda su vida hubiese nadado, como si fuera dueña de un lago, como si en en su patio tuviese una piscina. Fui feliz viéndola chapotear. Fui feliz haciéndola feliz. Ese día, no tengo duda, caí en su red.

Despedirme de Bambina, luego de cada viaje, me costaba. Aunque ella sólo quisiera ser mía y todos lo supieran, no era mía. La llamaban gasolinera, interesada, por quererme, por extrañarme. Pero no era nada de eso. Lo que pasa es que los perros como Bambina no se dejan escoger, ellos eligen a su humano. Y Bambina me eligió. ¿Cómo terminó viviendo conmigo? Cosas de la vida y de la muerte, creo yo, pues el milagro, de hecho, fue producto de un accidente. Fue la tragedia la que la trajo a mi casa.

Rambo, un Rottweiler criado por Bambina, que creció como ella también en ese patio en Barranquilla, se ahogó un día en la pileta de la fábrica en un viaje de dos días de mi mamá. No le dejaron suficiente agua y, desesperado por el calor, se metió de cabeza a la alberca de los prefabricados. No pudo salir de ahí, se le fue el cuerpo. Así lo encontraron, patas para arriba con Bambina a su lado, compungida. Por ello, cuando meses después mi mamá decidió viajar a Bogotá a visitarme, la trajo con ella. Por el miedo de perderla, la perdió. Bambina dejó de hacerle caso a la nada y sólo me seguía a mí. No se movía si yo no me movía. En resumen, cuando las vacaciones de mi mamá se acabaron, me rehusé a dejarla ir, a vivir sin ella. Mandé de regreso a Barranquilla a mi madre sola con su maleta y me le robé a su perra. Desde entonces Bambina se convirtió en mi sombra, en mi compañera, en mi amiga, en mi confidente. Y así hasta el día que murió.

Fui testigo de sus primeras canas, de su lealtad, de su altivez, de su emoción cuando llegó Tequila (mi segunda perra) a la casa, de su único parto siendo ya una anciana, de sus diez hijos - cinco vivos, cinco muertos-, de cómo se fue volviendo huraña con los extraños y arisca con los niños. De vieja, sólo me quería a mí. Llegó al punto de no soportar que nadie se me acercara. Por eso mordió a un vigilante del edificio que simplemente extendió la mano para darme el recibo de la luz. Tocó empezar a sacarla con correa por eso. Si iba conmigo en el carro, pobrecito el vendedor ambulante que se arrimara a su ventana. Era suavecita y dócil y tranquila conmigo y con los míos, pero dejó de tener paciencia o tiempo o ganas para la melosería de los demás. Una melcocha de amor cuyo amor tenía destinatarios definidos contados con los dedos de una mano. Mi Bambina, en sus últimos años, se volvió una doña amargada y pretenciosa. Una odiosa divina, además. Era algo así como la Amparo Grisales de las perras. Una diva.

El año pasado, con once años, se despidió de mí. No estuvo postrada ni un sólo día. Esperó a que yo llegara de viaje para verme por última vez y avisarme lo que supe tan pronto la vi, que se iría. El cáncer me la quitó. De nada valió la cirugía que con éxito se le hizo cinco meses antes para extirparle un tumor mamario, tampoco los horrorosos antioxidantes que le hice tomar a la fuerza para que el mal no hiciera metástasis. Ese cuatro de marzo de 2015 la llevé cargada a su veterinaria y le pedí, le rogué, que la salvara. Nada se pudo hacer. Luego de una radiografía me dijeron que estaba invadida, que tenía tumores hasta en los pulmones, que no podía respirar. Decidí lo que se decide cuando se ama como yo la amé a ella, como la sigo amando, ponerla a dormir. Impedir que terminara sus días echada, consumiéndose. La besé, la abracé, le agradecí ese regalo que fue para mí tener su vida en la mía. Pero antes de la inyección, Bambina, siempre tan sabia, me evitó ese otro dolor, ese peso en el alma, y expiró. Se fue.

¿Qué me dejó? Su recuerdo imborrable y muchas fotos con escenas que me hacen llorar y reír y enternecerme. Nostalgia. De resto, no mucho. Una bola, un collar, un plato, una casa de plástico en la terraza. De sus treinta kilos, lo que quedó, lo que me entregaron luego de la cremación, fue una cajita de madera con su nombre labrado en una placa en forma de hueso y un polvo grisoso con piedritas blancas adentro. Un puñado de arena con gravilla molida que meses más tarde lanzamos al mar, a su mar.

No dejó cajas con pertenencias. No dejó un cuarto lleno con sus cosas. No dejó una cama ni un closet ni cuentas por pagar ni enredos por resolver. No dejó escaparates en redes sociales con su vida exhibida. No dejó joyas. No dejó herencia. No dejó un mal recuerdo, una ofensa, una pena, una grosería, una herida, un desplante. Tampoco dejó una silla vacía. Lo que fue, lo entregó todo en vida.

¿Qué se llevó? Su pelo negro azabache, largo,  sedoso, perfecto. Sus ojos marrones, su mirada dulce. Su cola fuerte capaz de estrujarme el alma cada vez que la batía desesperadamente al verme. Sus patas, su voz, sus ladridos. Su amor. Un pedazo de mi corazón.

Por eso, porque fue mucho más que un trasero sobre un mueble, el vacío que dejó no se ve en el comedor.

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