Por Paul Brito

Hay dos tipos de personas en el mundo: las que se atreven y las que no se atreven, las que están borrachas de forma natural y dicen las cosas desinhibidamente, y las que están anudadas de temores y diplomacia, y viven en el “hubiera”. Estos son los que nunca se atreven a sacar a bailar a la mujer que les gusta y se quedan toda la vida arrepintiéndose; los otros son los que se levantan de su asiento y simplemente lo hacen.

El problema de estos últimos es que a veces se vuelven temerarios; terminan desconociendo los límites de la prudencia y agotando sus reservas de vergüenza. Este es el caso de algunos caribeños, que de tanto atreverse a bailar con la más bella de la fiesta terminan agarrándole el trasero a la mujer del anfitrión. Pero hay que recordar que son caribeños. Y un caribeño no dice las cosas como las diría un hombre del páramo ni como las diría escuetamente un europeo. No. El caribeño adorna lo que quiere decir: exagera. Hay que tener en cuenta eso. Esos adornos no son arandelas innecesarias de su retórica sino sus órbitas naturales.

Una vez le preguntaron a ese caribeño universal que es García Márquez por qué había escrito algo tan inverosímil como que Remedios la Bella había ascendido a los cielos envuelta en sábanas blancas y él respondió que en realidad Remedios se había fugado con un camionero, pero que la verdad no siempre es tan reveladora, no siempre expresa la cara más profunda de la realidad, su trasfondo espiritual.

El caribeño dramatiza como medio para enfatizar y completar su mensaje. Si piropea a una dama no es para definir su belleza sino para trasmitirle la intensidad de su percepción. Por eso Chávez era capaz de levantarse de su asiento en una plenaria de la ONU y pronunciar que Bush es el diablo y que huele a azufre, o decirle al mundo que una serpiente es más humana que un fascista, o que Álvaro Uribe es más mafioso que Vito Corleone. La hipérbole era el recurso primario de su discurso, su medio natural. Si exageraba o teatralizaba era para dar una idea contundente de sus planteamientos… Desbordaba la copa para empapar a los demás.

Por eso los caribeños siempre están parloteando metáforas en las esquinas y señalando las aristas de las cosas para explorar los bordes de la realidad y calcular su centro de gravedad, su núcleo enterrado.

El problema es que algunos caribeños dejan de serlo al tomarse demasiado en serio. Un caribeño puede estirar la realidad para apuntalar el centro, para no inflar la imagen de sí mismo, pues entonces se pone al nivel de sus hipérboles y pierde la distancia objetiva con ellas. Se vuelve solemne, ridículo. Le pasa como a Johnny Weismueller que de tanto personificar a Tarzán terminaba recorriendo Acapulco en calzoncillos. O como algunos personajes históricos (Bolívar o Napoleón) que de tanto escuchar sobre sí mismos, se volvieron demasiado sus propios personajes.

La vida es el mejor caricaturista del mundo; siempre está al acecho, como un Dios burlón, para recordarnos que no somos más que limitados mortales, para advertirnos que nuestras ambiciones idealistas terminan siempre en una tosca y jocosa aproximación, en un borrador de lo arquetípico. ¿Quién no recuerda a Bush atorándose con una galleta o cayéndose de una bicicleta, o la imagen de Saddam Hussein despeinado e indigno abriendo la boca obedientemente para que le revisaran las amígdalas, o la estampa de Fidel Castro convaleciente y metido en una sudadera de marca, al lado del mismo Chávez, ambos comiendo yogurt con unas cucharitas?

El problema de estos personajes que se toman muy en serio a sí mismos y a sus ideas no es tanto su idealismo; el problema es que asumen sus ideales como metas alcanzables y no como una referencia a seguir. El idealismo debe servir como pretexto, como incentivo para mejorar; si se utiliza como una carnada real, los primeros en caer en la trampa serán los mismos idealistas y las personas que los siguen, enceguecidas: los que persiguen el sol pensando que lo pueden tocar.

La historia no absolverá a ninguno de estos personajes, porque la historia es otra idea nebulosa y romántica en sus cabezas que quieren apresar a como dé lugar, que quieren fraguar inútilmente como una estatua. La historia tratará de hacer con ellos lo mismo que hacen las personas normales con sus familiares muertos: conservar lo bueno que hicieron, aprender de lo malo y dejarlos descansar en espera del único juicio final.

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(Imagen tomada de http://media.cubadebate.cu/)