Respeto profundamente a Ingrid Betancourt. ¿Cómo no respetar a alguien que ha sufrido? Muy pocas imágenes y algunos testimonios de quienes compartieron con ella sus años de secuestro fueron suficientes para comprender el tamaño de su dignidad, ese componente del carácter que suele fortalecerse en las circunstancias de la humillación, la desesperanza y la pena.

Cuando fue liberada, no pocos -tal vez los mismos que no simpatizaron nunca con sus maneras de política- criticaron con ferocidad algunos de sus comportamientos como mujer nuevamente libre e, incluso, un puñado de supuestas actuaciones suyas mientras estuvo en cautiverio: que dejó al marido viendo un chispero delante de todo el mundo, que cometió la desfachatez de querer demandar al Estado, que escribió su libro en francés y no en español, que menospreció la lealtad de Clara Rojas, que no fue solidaria con sus compañeros de infortunio, que tuvo un amante en la selva, que su imprudencia la hace la principal culpable de su secuestro.

Aparte de escuchar estas alharacas de sainete en muchos escenarios, le perdí el rastro luego de terminar de leer su libro No hay silencio que no termine, un magnífico retrato de la atrocidad, escrito con las tripas. A veces, para no olvidarla, repasaba la larga secuencia del famoso video que sus victimarios grabaron como prueba de supervivencia. La cabellera larga, la piel de los brazos pegada a los huesos, los ojos perdidos en algún lugar del suelo para no acatar la orden de mirar a la cámara. Ya no era una senadora. Ya no era una candidata presidencial. Era una persona, una mujer despojada y sola y vejada, exhibida por sus torturadores como un trofeo, observada en televisión por nosotros, los que estábamos libres, convertida en una lánguida metáfora de la guerra que todos, por convicción, por omisión o por indolencia, habíamos elegido para Colombia.

Hoy vuelvo a verla en otro video. Un par de periodistas le hacen preguntas a propósito del acuerdo que se acelera en La Habana. Ella responde con medias sonrisas y por momentos se queda pensando en las frases, como si quisiera que no proviniesen de los recuerdos que siguen dañándola por dentro. Dice que su dios se ha encargado de una parte de la justicia. Dice que entiende el odio de Uribe y su opción de usar la guerra para solucionar la guerra. Dice que no olvida pero que está tratando de perdonar. Dice que quiere abrazar a Colombia y que eso implica abrazar también a sus verdugos. Dice que la mejor manera de reparar a las víctimas del conflicto es acabando con él. La entrevista termina en un plano de su mano derecha jugando con el crucifijo que cuelga de su cuello.

Pienso en que esta Ingrid de hoy, la mujer vestida con su propio traje, limpia y peinada, que puede de levantarse de esa silla cuando le plazca, se parece un mundo a la que aparece en el video que grabaron las Farc para ufanarse de su infamia. Pienso en la vehemencia de otros tiempos, reemplazada por la serenidad de su dicción afrancesada, por la mirada cansada que se pierde una vez más en algún lugar del suelo. Pienso en algún fuego apagado a la fuerza y en el dolor que no se va. Pienso en que a lo mejor para ser libre no es suficiente con estar en libertad. Tal vez, cuando Ingrid Betancourt da un paseo por alguna plaza de París en primavera, solo es una parte de ella la que camina, y que su otra mitad se ha quedado en esa selva para siempre.

Lo que padeció esta mujer, lo que sufrieron quienes comparten con ella esa carga insoportable, debe servir de algo. No para invitarlos a ceremonias inútiles, ni para darles cheques o negárselos, ni para rendirles homenajes en nombre de la patria solidaria. Lo que dejamos que les pasara –porque todos somos culpables de esta guerra– debe convertirse en una sombra en nuestra conciencia, en un argumento irrefutable, en un permanente punto de referencia, para que no permitamos que en Colombia un ser humano vuelva a ser encadenado a un árbol nunca más.

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