Todos andamos enfurecidos porque un tontín de 26 años se gana montones de plata por hacer monerías y decir perogrulladas al frente de una cámara de bajo presupuesto (bueno, no todos estamos furiosos: sus seguidores, que son nada menos que 27 millones, no lo están; al contrario). A casi todos, pues, nos saca de casillas que la Feria del Libro de Bogotá se haya abarrotado de compradores del libro "escrito" por el youtuber chileno Germán Garmendia, porque asumimos que esos compradores -unos jovencitos que aparentemente no leen nada de nada- ni siquiera lo van a hojear, mientras en los otros estantes libros de gran calidad durmieron el sueño de los justos.

Pero es que de un tiempo para acá es mucha la gente que, por todos lados, anda furiosa y desconcertada. El gremio de los taxistas en el mundo entero está que echa candela por la boca debido a la aparición de la aplicación Uber, ese novedoso sistema de transporte inteligente en línea que, en el caso de Bogotá, nos salvó la vida a quienes no podemos sacar el carro porque queremos maridar la noche con un par de copas, no encontramos taxis disponibles -o nos da miedo encontrarlos, por temor a un paseo millonario-, y tampoco queremos arriesgarnos a que nos atraquen mientras caminamos por las yertas calles.

Ya antes de que los insufribles taxistas bogotanos tuviesen que fingir ser buenas personas para tratar de salvar su pellejo, habíamos visto cómo las tiendas de la presumida Blockbuster se habían ido consumiendo hasta quedar convertidas en sucias y miserables ventas de los saldos de sus propios DVDs usados, para después incluso desaparecer por completo del mapa, aplastadas por el fenómeno de Netflix. El truco de Netflix, gracias al cual ya tiene arrinconados a las grandes estudios de Hollywood y a las cadenas de televisión y de teatros de cine, es el muy sencillo de ofrecer contenidos personalizados, a la carta y en cualquier momento, a los consumidores de contenidos audivisuales.

Esa sensación de rabia y desconcierto generalizados, sobre todo entre la gente mayor, se da porque todo lo que dábamos por sentado, tanto las personas comunes y corrientes como los grandes tiburones de los negocios internacionales, de repente empieza a escurrirse como arena entre los dedos. Todo lo cual no es otra cosa que la consecuencia final de un cambio de colosales proporciones que viene experimentando el mundo, en casi todos los órdenes, desde hace unas cinco décadas. Recuerdo que cuando era niño y me encontraba con mis amigos del barrio, empezábamos a hablar del programa que acabábamos de ver, pues la probabilidad de haber visto el mismo era altísima (había apenas dos opciones en la televisión de entonces, que era -además- prácticamente el único entretenimiento casero). Hoy, eso no sólo sería casi imposible (las alternativas que ofrecen los canales de la TV privada y las páginas de Internet son virtualmente infinitas), sino que es más probable que termine comentando lo que acabo de ver en alguna pantalla con otra persona que no vive en mi barrio, sino en las antípodas del planeta, pero que comparte mis mismos gustos. De eso se dieron cuenta personas como el niñito que inventó YouTube, los creadores de Google, o Mark Zuckerberg. De ahí sus atronadores éxitos. Pero también es gracias a esas herramientas que nos dieron ellos (un canal propio, una página de Internet propia, las dos cosas gratuitas: ¿quién iba a pensarlo?) que cualquiera puede hacer sus propios contenidos, crear su propia imaginería. E ingeniárselas para promocionar todo eso en un mercado potencial de al menos tres mil millones de consumidores.

Sin duda eso fue lo que hizo el chileno Garmendia: realizó, a su propia escala, un estudio de mercado acerca de qué diablos era lo que quería ver y oír un público de determinada franja de edad. Y simplemente se lanzó a dárselos: sólo necesitaba la cámara de su celular y una racha de videos acertados para que la reacción en cadena del enorme mercado latinoamericano quedara garantizada. El resto no es nada diferente al efecto que produce entre sus simpatizantes un rockstar. Por supuesto que hay allí una dosis de buena suerte, pero no se puede negar que el tipo hizo su trabajo.

Al final, quizás lo que no soportamos es que, de haberlo sabido a tiempo,  todo ese dinero nos lo podríamos estar ganando nosotros también, tan acostumbrados como estábamos a que sólo una gran corporación podía hacerlo. Lo paradójico del asunto es que nosotros, los más viejos, los que no soportamos a Garmendia, los que nos jactamos de ser tremendos lectores, los que nos indignamos de que las nuevas generaciones no leen…sí, nosotros, ni siquiera nos hemos dado cuenta de que todo, absolutamente todo lo que dice este artículo: todo lo referente a la personalización de los productos de entretenimiento, a la creación de la propia imaginería, a los contenidos a la carta, a la ubicuidad de los consumidores -todo-, lo había predicho el futurólogo Alvin Toffler hace 40 años en su libro La tercera ola. Un libro que, por lo visto, también durmió el sueño de los justos, hace casi 30 años, en un estante de la primera Feria del Libro de Bogotá.

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(Image tomada de http://media.diarioveloz.com/)