Guardando las debidas proporciones, este texto es similar a Crónica de una muerte anunciada, esa novela de García Márquez en la cual, desde el primer párrafo, el lector se entera de que el protagonista morirá, pues desde ya anuncio que el título de la columna que está a punto de leer no es un juego de palabras ni un gancho para que le dé clic al enlace. En él no hay ninguna dosis de sarcasmo, es un titular que va directo al grano: Debemos salir cuanto antes de Ecopetrol.

Vender empresas públicas es una de las decisiones más impopulares que puede tomar un Gobierno. No es ello un mito. Y no sólo porque a los privatizadores los terminan tildando de neoliberales sin sangre en las venas o de capitalistas despiadados o de rateros, sino por otra razón, una más psicológica que tiene que ver con esos amores de madre inexplicables, esos apegos. Nos han vendido la idea que una empresa en la que el Estado tiene participación accionaria, mayoritaria o minoritaria, nos pertenece. Sí, que es nuestra. Como nuestra cama o nuestra bicicleta. Por eso creemos ingenuamente que al vender empresas de esa naturaleza perdemos, en efecto, parte de nuestros bienes.

Cada vez que alguien habla de una transacción comercial de ese tipo, la gente siente que un ladrón los está manoseando, raqueteando. La ira y profunda indignación que desata un anuncio del tipo “toca vender Isagen” responde a esa falacia, a esa creencia inocente de que lo público hace parte de nuestro patrimonio personal. Por eso el golpe se siente en el corazón y en el bolsillo. Donde más duele.

El último totazo de este tipo se sintió en Bogotá con el cacareado anuncio de la necesaria venta de la empresa de telecomunicaciones de la ciudad. Marchas de protesta en contra de Peñalosa y su política de privatización, vendrán. Con cacerola en mano y arengas del tipo “¡La ETB es nuestra, la ETB se respeta!, los ciudadanos de la capital le dejarán claro al Alcalde Mayor que no están de acuerdo con semejante despropósito. De nada valdrá que se les explique, hasta con plastilina, por qué es mejor subastar ese elefante blanco lo antes posible, el mismo que ha debido venderse una década atrás.

El sentido común indica que es necesario, en esta época de telefonía móvil, vender una empresa que requiere, para competir en un mercado en el que tenemos ya compitiendo a un monstruo de las telecomunicaciones como lo es el señor Slim, una reconversión tecnológica para la cual no tiene los recursos necesarios debido a unas finanzas poco sanas. Pero no queremos soltar a esa empresa, aunque su principal activo sea algo en desuso como la telefonía fija, porque estamos pegados al corito que dice: "lo mío es mío y nadie me lo quita...". El sentido común también indica que con esa platica se podrían hacer mejores inversiones en pro de la infraestructura rezagada de la capital del país y, por ahí derecho, mejorar su productividad. Pero como el sentido común es el más escaso de todos los sentidos, el rechazo por la venta de la ETB es palpable, se puede hasta respirar. ¿Por qué diablos tenemos que privatizar esa empresa que queremos tanto, que es tan nuestra como nuestros hijos?

Y si la venta de la ETB, una empresa inviable financieramente en estado comatoso, ha generado este rifirrafe, ¿qué ocurriría si Santos, el presidente más odiado en la historia del país, sale a decir que es preciso vender a Ecopetrol? Ahí sí que busque escondedero a peso. Menos mal yo no soy ni me parezco a Santos. Yo sí puedo decir lo indecible y aguantar el palo que sea porque lo máximo que puede pasarme es que los cuatro gatos que me leen no estén de acuerdo conmigo. Cosa que es absolutamente predecible cuando se trata de este tema, además.

Ecopetrol no sólo es la empresa más valiosa del país, es también la que le genera a Colombia el mayor ingreso por exportaciones. Es decir, nuestro principal producto de exportación es el petróleo aunque no nademos en petróleo como Venezuela ni tengamos grandes reservas de dicho hidrocarburo. El año pasado, debido a la sobreoferta mundial de petróleo y, por ende, a la caída de su precio (cuando hay mucha papa, la papa cuesta menos), las exportaciones colombianas se vinieron a pique. Pasamos de exportar USD$60.125 millones en 2012 a USD$35.691 millones en 2015 (precios FOB). La variación no sólo es negativa, también es escandalosa: -41%. ¿Y todo por qué? Porque aunque no vendimos menos petróleo, sí nos pagaron menos por él, y como nuestro comercio internacional depende en gran parte de lo que sucede con el crudo y sus derivados a nivel mundial, los dólares que recibimos por exportaciones menguaron de esa forma tan dramática.

Esta situación anómala para un país que a duras penas tiene a la fecha yacimientos que le garantizan siete años más de petróleo, no sólo se ve reflejada en las finanzas de la Nación, sino también en el precio de la acción de Ecopetrol, que pasó de $5.800 en mayo de 2012 a cerrar a $1.390 ayer en la Bolsa de Valores de Colombia (BVC). Recordemos que la primera emisión de Ecopetrol en 2007 vendió la acción a $1.400 y que la segunda, en 2011, lo hizo a $3.700. Esto en plata blanca lo que indica es que hoy la empresa vale menos que hace nueve años y, mucho menos, que hace cinco.

Por otro lado, a nosotros la producción nos sale cara. Muy cara. Por el tipo de crudo que explotamos (mediano y pesado), el costo de producir un barril oscila entre USD$35 y USD$41. Para que nos hagamos una idea del descalabro, este año el precio del crudo de referencia WTI estuvo en enero a USD$26 y está en este momento a USD$44. O sea, estamos lejos del idílico precio de USD$100 por barril cuyas mieles llegamos a probar. Algo así como si estuviésemos comprando manzanas para vender manzanas. Situación bien distinta de Kuwait, por ejemplo, país donde, por la calidad de su crudo, producir un barril de petróleo cuesta apenas USD$8.

Las bajas cotizaciones se vienen presentando desde mitad de 2014 porque los integrantes de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) abrieron el chorro al mantener la producción en 31 millones de barriles diarios. A esa sobreoferta se suma que Estados Unidos decidió iniciar la exportación de su petróleo y a que se levantaron las sanciones económicas a Irán, lo cual le permitirá a ese país colocar un millón de barriles diarios al cierre de 2016 (Irán es el cuarto país con más reservas de petróleo en el mundo y el segundo con más reservas de gas). El panorama sigue negro pues con 97 millones de barriles de petróleo puestos diariamente en el mercado, nosotros, que apenas contribuimos con 980 mil de esos 97 millones, llevamos todas las de perder, aunque seamos el cuarto productor de petróleo de Latinoamérica.

¿Pero por eso le debemos vender nuestra gallinita de los huevos de oro al mejor postor? La respuesta es negativa. La situación actual del petróleo no es la razón fundamental para tomar tal decisión porque, aunque a la empresa le ha tocado amarrarse el cinturón como han tenido que hacerlo todas las empresas del sector para subsistir a pesar del bajo precio del crudo en los últimos dos años, Ecopetrol no está al borde de la quiebra así haya reportado pérdidas el año pasado por 3.9 billones de pesos debido a la crisis. No es tan rentable como hace unos años, no goza del mismo flujo de caja, su acción se fue de culo al piso, pero todo se debe a una coyuntura que no puede perpetuarse en el tiempo porque hasta para los países de la OPEP la situación actual es crítica. En algún momento deberán mermarle al chorro y mantener en niveles más competitivos la oferta del aún apetecido oro negro. La razón por la que debemos vender es otra: nuestra economía no debe depender, y menos en semejante proporción, de un recurso no renovable que se acabará sí o sí. No sólo en Colombia, también en el mundo. El petróleo tiene sus años contados.

En nuestro caso, esa dependencia es aún más riesgosa pues carecemos de grandes pozos activos como para darnos ese “lujo” de jeques árabes. Nosotros tenemos apenas 2.300 millones de barriles como reservas probadas de crudo frente a 290 mil millones de Venezuela. Es decir, nos toca aterrizar. Que dependamos del petróleo no siendo petroleros es una estupidez, el peor de los escenarios posibles para una economía en vía de desarrollo.

¿Qué toca hacer? La frase clave es diversificar nuestras exportaciones. Y para hacerlo lo que se requiere cuesta más que buenas intenciones. Toca dar un salto, pasar de una economía basada en la extracción minera que tiene los días contados, a una economía basada en la producción de bienes y servicios con alto valor agregado. Y si para ello tenemos que vender a la empresa más grande del país, ¡hagámoslo! Que la plata de Ecopetrol nos termine sirviendo para que nuestro futuro próximo no sea del mismo color del crudo. Porque, seamos claros, del amor que le tenemos a Ecopetrol no viviremos. El cariño que sentimos por la empresa de la iguana no la hace nuestra aunque nos peguemos como una garrapata a esa idea romántica, ¿o es que cuántos de ustedes reciben un cheque anual por las utilidades producto de la industria petrolera? Bajémonos de esa nube. Ecopetrol es, si acaso, de algunos socios minoritarios que no representan más del 12% de la composición accionaria de la empresa, no de todos los colombianos (390 mil personas naturales que han comprado el 3,5% de la empresa y fondos privados de pensiones que tienen el 3,46% del total accionario, entre otros). De resto, es una empresa estatal más. Una de la que es mejor salir en el corto plazo, cuando todavía vale lo que vale, y no en diez años cuando, por no encontrar nuevos yacimientos, sea no más un cascarón sin huevo adentro.

Twitter: @NanyPardo, @OpinaElDiablo Facebook: María Antonia Pardo

(Imagen tomada de http://www.elheraldo.co)