Salvo catástrofe, el 21 de Julio de 2016, en Cleveland (Ohio), y como “muestra de unidad”, el Partido Republicano proclamará a Donald Trump como su candidato para la elección presidencial de noviembre. Quedan unas cuantas cosas menores pendientes, como la elección del compañero de fórmula después de una primaria que yo llamo de “la impotencia”: La incapacidad del aparato y el establecimiento republicano por derrotar a este outsider vulgar y deslenguado, de ideas contradictorias, que hace del dinero su Dios, sacado de la telerealidad.

A quienes vivimos fuera de Estados Unidos nos extraña que el fenómeno Trump haya triunfado. Sin embargo, aunque sorpresivo, no es del todo una rareza. En el pasado ha ocurrido. En 1952 los republicanos escogieron a Eisenhower como su candidato, y en 1940 a Wendell Wilkie, ambos sin experiencia política anterior. El uno, un distinguido héroe de guerra; el otro, un acaudalado hombre de negocios, seleccionado como candidato de consenso en una convención muy dividida. (Quiero señalar que cuando hablo de experiencia política, me refiero al hecho de que hubiese ocupado un cargo público o electo para alguna oficina.)

En una entrevista para El País de España la escritora nigeriana Chimanda Ngozi Adichie expresó su extrañeza por el nivel de enfado que tienen los norteamericanos con quienes los gobiernan, sobretodo tratándose de las llamadas despectivamente “élites de Washington”, de las cuales el Tea Party es un destacado ejemplo. Y esto de hecho explica el éxito de la campaña del millonario, con un discurso alejado de la corrección política, que logró conectar con ese grado de insatisfacción de una numeroso sector del electorado. El machacar constantemente sobre el peligro que representan musulmanes y mexicanos para su sociedad, el traslado de empresas al extranjero y la pérdida de puestos que ello implica, o la falta de oportunidades, fueron objeto de vociferantes discursos y promesas de defensa, que conectaban con los oyentes, más allá de la posibilidad real de cumplirlas. Trump encontró un electorado que quería algo diferente y eso fue lo que les ofreció.

De igual forma, existe un fenómeno evidente en la opinión pública americana: la presencia cada vez mayor en los medios de discursos extremos que antes eran marginales, como los programas de radio de periodistas polémicos como Russ Limbaugh o Glenn Beck, que han hecho más aceptables los argumentos radicales para un sector de la sociedad, desplazando las tradicionales opiniones liberales y moderadas. La radicalización, de hecho, ha alcanzado niveles muy altos en la política nacional. Un ejemplo de ellos es la oposición casi delirante de los republicanos a la administración Obama, que ha llegado al punto de paralizar el gobierno central por falta de acuerdo entre el ejecutivo y el congreso. Hoy las ideas extremistas tienen un campo más amplio y con más posibilidades reales de éxito que antes. Hay que recordar que Bernie Sanders se proclama “socialista” en un país donde esa palabra es sinónimo de extrema izquierda. O que Ben Carson, Marco Rubio y Ted Cruz no destacaban por sus credenciales políticas moderadas, sino por una visión extremista de la derecha.

En cualquier caso, la pregunta que viene ahora, es ¿tiene Trump posibilidades reales de ser electo presidente? Para responder esta pregunta hay que mirar al candidato y las promesas ofrecidas.

Nacido en 1946, Donald Trump, es, junto con Hillary Clinton, George Bush Jr, y Bill Clinton, miembros de la llamada generación de los Baby boomers, aquellos nacidos después de la explosión demográfica posterior a la II Guerra Mundial. Una generación a la que le cantó Billy Joel en We don't start the fire, donde habla de su infancia en la Guerra Fría, las turbulencias civiles y la guerra de Vietnam, Watergate, Woodstock, los años 70, el neoconservatismo de Reagan, el SIDA, la mayoría moral y la relajación de Wall Street. Una generación que ha visto cómo los cambios sociales han roto los paradigmas americanos con los que fueron criados en su juventud. Estas personas crecieron oyendo que si trabajas duro y estudias puedes lograr lo que quieras y tendrás una linda casa en los suburbios, un auto, una esposa, unos hijos hermosos y un trabajo para toda la vida, a diferencia de tus padres, que soportaron guerras o la gran depresión. Con los años fueron testigos y partícipes de la modificación del “sueño americano” por muy diversas razones: las protestas civiles, la aparición del feminismo, la voracidad del capitalismo, la visibilidad de las minorías, las realidades de la política mundial. Hoy es posible pensar que todos estos factores combinados, y varios más, dejaron una profunda decepción en la sociedad americana que se transformó en rabia y enfado. De allí que Trump, con la reiteración de “Hacer a América grande de nuevo” busque conectarse con esa sociedad enfadada, que sueña con algo de la seguridad perdida. A sus 70 años está prometiendo volver al sueño americano de los años 50. Pero, aunque esas ideas perduren hoy, la sociedad que las creó es diferente y por ello surgen las opiniones que señalan como irrealizables muchas de sus promesas.

La elección de Trump es una mala noticia para el Partido Republicano, pero es el resultado de años de disputas internas entre radicales y moderados. “Los líderes del partido fallaron por pensar durante años solamente en ganar la próxima elección. Año tras año, los candidatos prometieron ayudar a la gente de clase media que perdieron sus casas, trabajos y ahorros por la recesión, o a los que perdieron sus miembros en la ‘necesaria’ guerra y, luego, no hicieron nada más.

El hecho de que Trump haya cautivado a sus votantes con una simple promesa: ‘Hacer a los Estados Unidos grande de nuevo -ofreciendo únicamente xenofobia, aislacionismo e ideas fantásticas- es el testimonio de cómo la gente rechazó a los políticos que los traicionaron.”   (New York Times)

Es evidente que las opiniones racistas y xenófobas de Trump, su invitación a la violencia, su justificación de la tortura, sus amenazas de guerra comercial, su fanfarronería, sus opiniones misóginas, no son de buen recibo, pero representan el pensamiento que una gran parte de la sociedad americana no osaba decir en público. El éxito de Trump está precisamente en ello. Manifestó sus ideas y tuvo éxito al hacerlo, de tal forma que podrá ser amado u odiado, pero no deja a nadie indiferente. Tal vez el mayor inconveniente que él tiene es su ideología, un sancocho de ideas agrupadas bajo un lema simpático, y la promesa de hacer lo necesario. Así por ejemplo, se declara proteccionista, en un partido que es favorable que a los tratados de libre comercio. Tiene opiniones muy moderadas en temas como el aborto o el matrimonio igualitario, en oposición a las que en teoría tienen sus copartidarios. En muchas cosas tiene posturas más demócratas que la misma Hillary Clinton. Fue, de hecho, uno de los candidatos republicanos que apoyó a Obama en su apertura con Cuba. Es todo un enigma.

Tal vez lo peor que pudiera decirse de Donald Trump es que es impredecible. Su fortaleza no es escuchar o negociar, que es en lo que consiste en gran medida la política. Él cree que lo sabe todo y tiene la respuesta correcta para todo. No oye razones y asume que la política es despedir a un aprendiz con la famosa frase de su reality: "¡You are fired!". Y si eso no funciona, de seguro lo resolverá a 'trumpadas'. Todo en nombre de su "América".