Por Mary Mejía

No fui madre. Nunca tuve grandes deseos de serlo y cuando me casé, pese a que los posibles pelaos que íbamos supuestamente a tener tuvieron sus cuartos independientes, con baño y todo, desde el primer apartamento, y a que sus nombres fueron escogidos en juegos múltiples con mi esposo (José Roberto, el niño, por aquello de Bebeto; y Natalia, la niña, por una compañera de universidad hermosa que era una especie de amor platónico de Samu, mi marido), nunca el deseo fue lo suficientemente grande como para dejar de lado la cobardía y traer hijos al mundo.

No tuve hijos ni supe si podía. A pesar de que  un doctor un día me dijo que a los treinta y pico ya iba a ser una madre primeriza añosa, y luego una ginecóloga más moderna me dijo que ya el momento ideal se me había pasado y que, gracias a los adelantos de la medicina, daba lo mismo tenerlo a los 33 que a los 40  (como  Madonna). Nunca concreté nada.

Un par de veces amagué y me lancé mentalmente a la aventura más arriesgada, ese deporte extremo que no me decidí jamás a practicar en serio. La cosa no pasó de un juego mental. Como cuando uno piensa en qué hará con la plata del Baloto y pasa horas especulando con las posibles inversiones. Así pensé en ese ser creciendo dentro de mí, en el dolor de la parida. ¿Natural o cesárea? ¿Será niño o niña? ¿Se parecerá a mi marido o a mí? Cada vez que pensé con cabeza fría en ese concepto de maternidad, en esa relación indivisible y eterna con otro ser humano que implica ser la madre de alguien, me eché para atrás cobardemente.  Y se necesita, bien de una ignorancia o de una valentía demasiado grandes, para, conscientemente, engendrar un hijo. Valentía e ignorancia que yo no tengo. No las tuve y no las tendré nunca.

¿Para qué trabajan? ¿Para qué se casaron? ¿Quién va a cuidar de ustedes en la vejez? ¿Qué sentido tiene la vida sin hijos? Esas y miles de otras preguntas nos hicieron año tras año. Todos los hacían, menos nuestras madres, quienes sí saben lo que es tener hijos, lo que implica ese amor, sacrificios que tal vez nosotros, pareja de egoístas poco estoicos y totalmente epicureístas, no estábamos en condiciones de asumir.

Nunca sabremos si ese amor tan grande, ese amor incondicional del que otros hablan, nos hizo falta. No lo sabré. No me arrepiento por ello tampoco. A la gente que pregunta porque les parece muy rara una pareja como la nuestra, les respondo con la verdad: No he pensado jamás en adoptar, ni en intentar tener un hijo, ni en alquilar un vientre, ni en nada relacionado con el instinto maternal. Una vez mi sabia amiga Marcela Renowitsky me lo dijo cuando ella ya tenía un hijo y más de 3 años de casada: "Mary, eso se siente. Cualquier domingo en la cama los dos solos se preguntarán si ya es hora y ahí lo decidirán. No te dejes llevar por la gente y sus presiones. Eso se siente". Gracias, Marce. Excelente ejemplo de madre, de hija, de mujer. Nunca lo sentí. Así que nunca lo hice. Y no me arrepiento porque no me dejé llevar por el qué dirán. Le hice caso a mi gen egoísta y me quedé con la curiosidad de saber cómo será el amor más grande del mundo, cómo será tener el corazón caminando por fuera del cuerpo, como decía Mr. Turton refiriéndose a su hija Melissa. No puedo extrañar París si no lo conozco.

Mi marido y yo no somos una pareja normal. Mucho se dijo de nosotros, se dice y se dirá. Quienes nos conocen de fondo saben que las bases de nuestro amor son más fuertes que las que unen a parejas que se mantienen unidas por sus engendros. Es amor de ese que supera todo y a todos. Es un partnership de a de veritas.

Mis instintos maternales han sido satisfechos con estos 28 años al lado de Samuel Ignacio. Al lado del nene, mi cuñado, ese otro escenario de maternidad. Al lado de los engendros de mis amigos Alfo y Olgui, a quienes he visto crecer. Al lado de mis colaboradores que año tras año son más y a quienes veo como hijos.

Hoy tengo la misma mamá de siempre. La única. La que adoro porque es la mía y porque es feliz. No caigo en los lugares comunes de escribirle a todas mis amigas madres (son demasiadas). No caigo en la tentación de publicar en Facebook o en Instagram las fotos y frases que repiten que mi mamá es la mejor de todas. No felicito a nadie ni quiero que nadie me felicite. Me gusta mi vidita como es, la que llevo a mi manera. Me gusta sufrir por el hijo de 48 que tengo. Porque no llega. Porque se emborrachó. Porque sufre. Porque no es feliz del todo. Y vivo feliz de darle a mi única mamá la felicidad en la medida en que me es posible. Fiel a mi estilo. Porque ella más que nadie me conoce y sabe lo que pasa en mi interior. Feliz día cualquiera. Y feliz vida. No a las madres. A todos.

(Imagen tomada de http://staticf5b.diaadia.info)