Por John William Archbold

Salvo algunas enigmáticas excepciones, no suele ser común que los escritores de poesía decidan internarse en los dominios de la prosa narrativa y viceversa. Finalmente, ambos géneros responden a procesos creativos totalmente distintos. Como expone el crítico español Ángel Rupérez, en su libro Sentimiento y creación, la poesía tiene su génesis en una experiencia interior, un proceso de síntesis en el que las vivencias se asimilan hasta convertirse en una forma de conocimiento. En el caso de la narrativa, sin importar si se trata de ficción o no, el punto de partida y de llegada siempre está inscrito en los parámetros del hecho. Y aunque el estímulo y el objetivo estén marcados por la evocación de sensaciones, éstas siempre serán más cercanas a la interpretación que a la abstracción, propiedad insigne de la poesía. Eso convierte en algo verdaderamente excepcional al escritor que sea capaz de manejar ambas modalidades, marcando una clara diferencia entre sus estilos lírico y narrativo.

Es por eso que el lanzamiento del libro de cuentos Canción para despertar un yonqui (Collage editores, 2014) del escritor samario Joaquín Mattos Omar, se convierte en un hecho interesante en la dinámica literaria del Caribe. Aunque el trabajo narrativo de Mattos no es precisamente nuevo, ya que puede observarse a través de su obra periodística, e incluso, en algunos acercamientos a la prosa que mostró en sus libros de poemas, especialmente en el último: Los escombros de los sueños (2012), el valor de este libro se vislumbra precisamente en el tono que desarrolla dentro de su creación ficcional. En su poesía, Mattos ha construido un sello distintivo: la transposición de figuras. Mientras en un verso retrata elementos que se engalanan desde una estética clásica, en el siguiente estampa una imagen con toda la exoticidad del Caribe; se divierte haciendo que converjan lo sublime y lo cotidiano, como si quisiera burlarse de la jerarquía que nuestras nociones de belleza han impuesto entre este mundo y otros posibles. Pero en su narrativa, Mattos parece haber llevado este concepto a un estado general, en el que este orden no hace parte de la composición, sino de la propia visión del mundo que aportan los relatos, y que se convierten en su patrón común. En este trabajo, Mattos decidió desafiar aquella máxima que reza: “la historia es escrita por los vencedores”; con estos cuentos toma la resolución de convertirse en la voz de los vencidos, de conferir a la frustración la importancia que merece en la cotidianidad, de reconocer su hegemonía y universalidad en la experiencia humana.

Canción de amor para despertar a un yonqui es un conjunto de 20 relatos breves, algunos sólo llenan un par de páginas y el más largo apenas colma una docena. Esto, combinado con la sobriedad de la narración, adornada con un lenguaje elegante y eficaz, permite una lectura veloz. Son quizás las reflexiones que suscitan los cuentos lo que puede hacer demorar un tanto más la lectura. Si bien el fracaso es el tema principal, su autor no se limita a hacer una exposición de seres marginales ni de la infinita capacidad de la miseria; la acertada estructura del libro permite ir profundizando paulatinamente sobre su esencia e implicaciones. Mattos parte de nuestras nociones más cercanas del fracaso, con seres empobrecidos, insatisfechos y atormentados emocionalmente, hasta llegar a personajes de éxito indiscutible como el acaudalado Jay Gatsby, protagonista de la novela de F. Scott Fitzgerald, y hasta el mismísimo Gabriel García Márquez, quien emerge como personaje para demostrar que la frustración es un sentimiento que parte de la misma esencialidad del hombre, del profundo desasosiego que a todos los seres humanos nos hace desear un poco más, independiente de la abundancia o escasez que nos rodee. Pero la reflexión no termina allí, en El Jurado, donde Mattos nos cuenta la historia de una mujer que sueña con ser aviadora, y que para lograrlo decide prostituirse durante unos meses, se abre una perspectiva más optimista. Cuando un cliente por el que se siente especialmente atraída hace hincapié en que ha tenido que “caer a lo más bajo para llegar a lo más alto”, Mattos dignifica el fracaso, mostrando que también puede ser útil, un requisito, no sólo previo a la derrota definitiva, sino también a la consecución de las metas.

Al ser la frustración una sensación tan democrática el autor la muestra como un gran salón con las puertas cerradas, pero con varias ventanas abiertas, cuya luz es capaz de disimular el perpetuo presidio. Una de esas ventanas es el sueño, la alternativa que varios de los personajes utilizan para huir de su realidad. Aquí Mattos parece recrear la figura de Morfeo, la deidad griega del sueño, quien permitía a los mortales huir de las maquinaciones de los dioses (la inclemencia de la vigilia, de la realidad). Otra de las alternativas es la misma literatura. Varios cuentos nos muestran personajes que son capaces de disimular la sordidez que los ausculta a través de los libros. En Una stripper al revés, donde se nos cuenta cómo el dueño de un club nocturno logra darle más sentido a los espectáculos que presenta a través de una cita de Vargas Llosa, Mattos nos recuerda otra sentencia del escritor español Javier Cercas: "Necesitamos de la ficción para dar sentido pleno a la realidad". Por esta misma vía aflora la nostalgia, un tipo de ficción mucho más profundo, porque se trata de una fantasía que realmente nos pertenece. Eso queda claro al leer el último relato, que con evidentes tintes autobiográficos, otorga una dignidad adicional a la fuerza de la memoria.

Pero el escritor samario no sólo se ocupa de las alternativas de escape; también engloba las dificultades que tiene el hombre para eludir sus propios tormentos, siendo la naturaleza la más enconada dificultad. Un relato protagonizado por la lluvia barranquillera aparece para recordarnos la inclemencia de nuestro entorno, y una historia utópica sobre un país desconocido parece afirmar irónicamente que el mundo nos permitió existir bajo condiciones difíciles, y que aun peor, nosotros mismos decidimos crear artificios que nos hacen infelices. No es extraño entonces detectar una crítica transversal a las instituciones sociales, entre ellas, el matrimonio y el modelo familiar occidental. La mayor parte de los protagonistas de las historias son hombres casados y con hijos, con la obligación de un trabajo que los ata como un grillete tortuoso, lapidando con ello cualquier noción de libertad, habilitando desengaños que son capaces de arrastrar a la misma locura.

Al mirar el título es fácil pensar que la drogadicción ocupa un lugar prominente en las historias, pero sorpresivamente sólo hace parte de dos cuentos. Mattos expone algo entre líneas, y es que en el fondo nadie tiene la fuerza suficiente para encarar la realidad, por eso todos recurrimos a escapes, ya sea acostados en una cama, en las páginas de un libro, en nuestros recuerdos, en nuestros sueños o entre el influjo de algún alucinógeno; se toma el trabajo de decirnos suavemente que todos somos yonquis a la espera de una canción de amor que nos despierte, aunque sea por unos instantes, que nos convenza de que aún es posible que nos suceda una de esas cosas que ya parecen demasiado buenas.

Twitter: @JohnWilliam55 Facebook: John William Archbold

(Imagen tomada de http://static.elheraldo.co)