Es sabido que Colombia no es un país que se caracterice por su inteligencia. Un vistazo a nuestra corta historia basta para corroborar lo ineptos que hemos sido, y lo elementales, y lo indolentes. Algunos hemos querido excusar la casi total ausencia de buen juicio de nuestra sociedad, atribuyéndosela a la inmadurez propia de la juventud. Pero nada que enmendamos, nada que resolvemos, nada que terminamos de crecer.

Este retraso mental nuestro se ha manifestado de diversas maneras; algunas de ellas han sido tristes, otras tantas no han superado la categoría de los malos chistes, y muchas, las que parecen pertenecernos más, han sido de una atrocidad francamente vulgar.

Ejemplos sobran de la multiplicidad de nuestro talante defectuoso. Pero tal vez el más denigrante de todos es la falta absoluta de sensatez cuando se trata de elegir a quienes nos gobiernan. Hemos parido, alimentado, designado y obedecido a una enorme cantidad de ineptos con buenas intenciones y a un número aun mayor de avivatos con muy malas. Colombia ha sido el paraíso de los demagogos.

Con la boca abierta y los calzones abajo hemos hipotecado nuestra dignidad, poniendo nuestro destino en manos de los que convirtieron en una opereta la primera oportunidad de ser independientes; de los militares de parapeto que, de escaramuza en escaramuza, sacaron corriendo a los españoles; de los caudillos, ignorantes o ilustrados, que se repartieron los pedazos de nuestra perplejidad; de los terratenientes devenidos en generales y en estadistas de pacotilla que protagonizaron las más ridículas guerras civiles que se hayan visto; de los políticos conservadores, crucifijo en mano y machete al cinto, invocando rectitudes de papel; de los políticos liberales, pañuelo rojo al cuello y pistolón en la pretina, vociferando peroratas incomprensibles a las masas ignorantes que solo entienden lo del pañuelito y el arma cargada; de los políticos de izquierda, malos imitadores, remedos de la revolución, proxenetas de fusiles inútiles; de los guerrilleros, falsos profetas que criminalizan consignas de igualdad; de los ejércitos paramilitares, despojadores, asesinos, descuartizadores.

Y, como si no fuera suficiente esta cadena de cegueras, también elevamos a la categoría de estadista, de libertador, de héroe, al más grande demagogo de la historia de este lánguido amasijo de miserias al que llamamos país: Álvaro Uribe Vélez. Lo encaramamos en el sitio de los presidentes, convencidos de que serían bendiciones sus delirios de obispo belicoso. Nos sedujeron sus maneras de anunciar la aniquilación de los malvados. Le concedimos la gracia de retorcer la ley para mantenerse en el poder. No quisimos ver sus múltiples defectos, la vacuidad de sus mensajes, la crueldad de sus métodos, la perversidad de sus aliados. Y ahora que ya no es presidente de nada, lo arropamos con la dignidad de quienes representan los intereses del pueblo, apartando para él un asiento en el Parlamento.

Desde su nueva posición, este nefasto señor, hijo de la Antioquia díscola y pendenciera, sigue esparciendo sus venenos en las mentes de las masas iletradas, fabricando rumores, retocando fotografías, ordenando discursos efectistas, propagando imprecisiones, inventando teorías apocalípticas, justificando violencias y crímenes, defendiendo las muy humanas razones de la guerra, recitando de memoria versos de poetas mediocres, redactando panfletos confusos, conspirando, aprovechándose de la insuficiencia de sus contradictores, alimentando la sed de sangre y de venganza que nos define.

La mitad le sigue y le venera, y esa adoración incontrovertible, religiosa, que no se quiere dar cuenta de su medianía y su siniestralidad, es nuestro riesgo mayor, nuestra posibilidad de ser peores de lo que ya hemos sido.

Los alfiles más conspicuos del demagogo líder del Centro Democrático, que ni es de centro ni es democrático, están prófugos o presos. Por eso ha tenido que reemplazarlos por otros aun peores, más primarios, menos preparados, más parecidos a la turba. Son ellos quienes sostienen sus esperanzas de regresar a la presidencia algún día, cuando, según sus extáticas mentes, le arrebaten el poder a Timochenko, el más grande amigote de Juan Manuel Santos. Son ellos también quienes preparan una “histórica y multitudinaria” movilización de resistencia civil en contra del acuerdo de paz que se avecina. Son ellos quienes esparcen la agreste consigna ideológica de su jefe, confiados, con razón, en la incapacidad crítica de su rebaño, en su carácter inacabado, en su renuncia al escepticismo, en sus ganas de ser conducidos por un padre todopoderoso y cruel que les diga cómo vivir, en qué creer y cómo dispararle al diablo.

Seguimos repitiendo en Colombia nuestros inseguros pasos de siempre, entregándonos en cuerpo y alma a los demagogos como Uribe, o al menos la mitad de nosotros. Y con ello demostramos, en la más absoluta de las candideces, que seguimos siendo el país menos inteligente del mundo.

Twitter: @desdeelfrio, @OpinaElDiablo Facebook: Jorge Muñoz Cepeda

(Imagen tomada de http://www.las2orillas.co)