Por Jaime Romero Sampayo

En honor a la verdad he de admitir que cuando se supo que Vargas Llosa estaba en los 'papers' de Panamá no me mordió la tristeza ni me vestí de luto ni caí en una crisis de penitencia. Es que ni siquiera me sorprendió, o la sorpresa fue del mismo tamaño de la del día que Ricky Martin confesó al mundo que era gay. No es que yo tuviera pruebas materiales de la flexibilidad "ideológica" de Vargas Llosa, sin embargo —y a la peculiar manera de investigación criminal del Padre Brown de Chesterton, que primero analizaba a la persona antes que a los hechos— sí que había suficientes indicios morales acerca de lo que don Mario era perfectamente capaz de hacer.

¿Tú también, Bruto? ¿Tú también,  Juan Luisito de mi alma, de mi vida y de mi corazón? No, maestro, eso no se hace, ¡que no y que no!; se lo vamos a tener que decir a tu mamá. Eso no se nos hace, y ahora nos has 'dejao' como abeja sin panal: ¿y ahora qué vamos a cantar, con qué cosquillita bailaremos, y cómo nos volveremos a enamorar cara a cara, beso a beso y hasta el fin? El más grande y el mejor y el más alto cantante y compositor del Caribe, la bola del mundo, y la espiral de esta galaxia, resulta ahora que también juega a dos bandas, que también es bien especial y por eso las leyes no son con él. Me duele, pero no es lo mismo ni es igual de vergonzoso que si lo hubiera perpetrado cualquiera de aquellos paladines de la "libertad" poco amigos de los descamisados y de los descalzos: tu caso es todavía peor, porque de ti de ninguna de las maneras lo podíamos esperar.

Conque la llave de tu corazón entonces la tenías escondida en una cajetilla secreta en Panamá. Y es verdad que muchísimas veces nos dijiste que querías ser un pez, pero nunca nos aclaraste que se trataba de una piraña: los millones de euros que habrás evadido por un lado, podrían haber sido comida y medicinas y colegios y hospitales para los niños dominicanos pobres, por el otro. Y tanto que nos dijiste que no querías un limousine, ni un chaleco de Hugo Boss, ni la Cindy Crawford en Berlín, ni un palacio con pagodas, que sólo un cariño por la noches querías tú. Ahora no te nos pongas filosófico y digas, de tu hasta ayer inmejorable imagen de hombre bueno y sencillo, que total…las palmas son más altas, y los puercos comen de ella.

Superado el primer soponcio, con la pena ya asentada y el tierrero de la desilusión un poco más disipado, hay que poner las cosas en su sitio y reconocer que el amor, y sus expresiones artísticas, no son propiedad exclusiva de la gente legal y sencilla, como somos casi todos. Si el mejor arte sólo lo pudieran hacer las personas sin tacha, nos quedaríamos sin bastante más de la mitad de nuestras joyas artísticas de todos los tiempos. Por tanto yo sí creo que podemos y debemos y necesitamos seguir escuchando tus magistrales y bellísimas canciones de amor, y también las de alegría. Pero ya otro gallo cantará con tus fantásticas, potentes y muy sabrosas canciones de protesta. Ya no te vuelvas a quejar, si te da una sirimba un domingo por la mañana y te llevan a Urgencias, cuando en el hospital descubras que los médicos se fueron, que no tienen anestesia, que el alcohol se lo bebieron, y que el hilo de coser fue bordado en un mantel. Juan Luis, tú que lamentabas que el costo de la vida sube otra vez, y el peso, que baja, ya ni se ve….

No nos vuelvas a decir que la democracia no puede crecer, si la corrupción juega ajedrez, y a recordarnos que ni a la Mitsubishi ni a la Chevrolet, que a nadie le importa qué piensa usted…será porque aquí…no hablamos inglés. Podrás seguir siendo maestro del amor, la poesía y la alegría, pero ya no podrás seguir siendo además ese hombre bueno y sencillo que calaba por aquí y por allá, con algunas de sus mejores canciones, las reivindicaciones más justas de la gente de a pie.

Quien no se consuela es porque no quiere. Y ya yo casi que encontré el consuelo mío recordando que, cuando Juan Luis Guerra escribió aquellas canciones magistrales, todavía no había sido abducido por la religión. Todavía no pertenecía a la corriente evangélica y protestante a la que ahora, hace ya unos años, pertenece y es prosélito. Porque ya se sabe que la entrada al mundo de todos los abusos habidos y por haber, pasa por la oscura puerta de comenzar a sentirse diferente y especial. Que si mi raza, que si mi pueblo, que si mi bandera, que por mi mérito y el talento mío, que si Dios me dijo, que si ahora tengo una misión divina en este mundo… Ahí es que se les daña el caminao a muchos, y casi diría que a la inmensa mayoría de quienes cogen ese camino de excepcionalidad. Los que se vuelven “diferentes” nunca lo hacen para irse para un lado, ni para abajo, sino siempre para arriba, "libres" de las normas que al resto atañen, con "libertad" de incumplir con su parte del trato al que están obligados con sus demás congéneres.

Bien, será eso, lo jodió la religión aquella. Antes no era así, pero ahora sí lo es. Con todo y tal, yo sí creo que sigue estando muy bien que Juan Luis quiera que ojalá llueva café en el campo… y al sur una montaña de berro y miel, pero, ¡diablos!, si de verdad quería que en el conuco no se sufra tanto, mientras esperaba todas esas bellezas de batatas y fresas, perfectamente podía intentar paliarlo un poco pagando impuestos en su país, que no es precisamente el más rico de la Tierra.

No, esto no pinta rosa, ni es una historia de estrellitas y duendes. Yo sé que de aquí a los whiskies del sábado ya habré sabido empezar a distinguir al hombre (de ahora) del artista (de siempre), y así volveré a poder disfrutar y soñar con sus canciones, porque la verdad es que yo siempre necesito Medicine for my soul. Pero la visa para un sueño sí se la cancelo, y está frío, frío, como agua del río, si cree que podrá seguir enviándonos señales de humo para otra cosa que no sea el amor y la alegría.

¡Ay, Juan Luis, Juan Luisito de mi alma, de mi vida y de mi corazón! Si al menos pidieras perdón en público de tu boca, que te oigamos (y no eso de que la cuenta en Panamá era para "limitar riesgos", que ha dicho la vergaja de tu agente) y te arrepintieras sinceramente y con un grande propósito de enmienda, yo creo que así yo tal vez… que nosotros seguramente… si tú nos dices ven… Y de seguro no te lo merecerías, por más arrepentido que te arrepintieras, pero la verdad verdadera es que si tú no bailas conmigo… prefiero no bailar, y el caso es que cuanto antes quisiera yo de nuevo volver a bailar calipso en la arena, tomando el sol… y soñar sin tiempo ni pena, dancing in this paradise…pero, maestro, que aquí no se trate de un paradise fiscal, sino por ejemplo en el Callao, con una woman que tiene mucho hot, tiene mucho tempo y tiene mucho down.

(Imagen tomada de http://web.lagranepoca.com)