Si le preguntan a cualquiera que quién cree que ha sido la persona más influyente de la historia, lo predecible es que responda con algún nombre masculino. Ya saben: Jesucristo, Cristobal Colón, Charles Darwin, Alejandro Magno, Hitler, Napoleón, Isaac Newton, Albert Einstein, etc… Ni una sola mujer. Es lo habitual. Pero hay una teoría por ahí que, de ser cierta, significaría que el mundo tal como lo conocemos hoy, es el resultado de la decisión que tomó una mujer hace la bobadita de 3.350 años.

Todos la conocemos, pero cuando la oímos mencionar por lo general la asociamos con la idea de belleza exótica, más que con hechos que partieron en dos la historia. Lo frecuente es que ignoremos que, con buena probabilidad, ella era la corregente de su marido. Que no era otro que Amenhotep, el décimo faraón de la XVIII dinastía del antiguo Egipto, y a quien el mundo conoció más por el nombre que adoptó después del quinto año de su reinado: Akenatón (que significa "agradable a Atón").

Y es justamente en ese cambio de nombre del faraón donde está una de las claves de todo el asunto. Un corregente es alguien que gobierna junto al titular, y hay acuerdo entre los egiptólogos en el hecho de que Akenatón era un rey inepto e inexperto para ejercer con fuerza su mandato. De ahí mismo se conjetura que la eminencia gris del gobierno era su esposa: la que mandaba en realidad.

Ella sería quien habría tenido la idea de lo que los estudiosos llaman la 'Revolución de Amarna', que consistió en trasladar la sede espiritual del imperio desde Tebas hasta un sitio a medio camino entre esta ciudad y Menphis, la sede administrativa; sitio al que llamarían Ajetatón, "horizonte de Atón" (la actual Amarna). ¿La razón?: acabar con todos los dioses secundarios, con Amón, el dios principal (a costa del cual cierto sector del clero había adquirido un enorme poder político y económico que amenazaba a los propios reyes), y consagrar por primera vez en la historia de la humanidad el culto a un dios único: Atón, el disco solar.

Y a pesar de que el plan salió como lo esperado, no duró mucho: a la muerte de Akenatón ascendió al trono su hijo Tut-ank-atón ("imagen viva de Atón"). Pero Tut-ank-atón era casi un niño cuando fue coronado, y las intrigas de sus asesores lo presionaron para que restableciera el culto a Amón y los otros dioses degradados. Hasta el punto de que terminó adoptando el nombre de Tut-ank-amón ("imagen viva de Amón"), de quien todos hemos oído hablar abundantemente, más por la suerte loca que corrió su tumba -tal vez la única de un faraón que no fue profanada por saqueadores-, que por su importancia histórica.

Pero para conectar está historia con el resto del mundo, hay que recurrir al Antiguo Testamento. Allí, en el Éxodo, está la archiconocida historia de Moisés, el hijo de una esclava hebrea en Egipto, el cual fue abandonado en el río para después ser rescatado y criado por la hija del faraón. Pese a que según algunos historiadores los tiempos no casan, en opinión de otros (y esta es la teoría que avala este artículo) ese faraón bien pudo ser Akenatón. Lo cual implicaría que Moisés vivió en Egipto justo en el corto tiempo en que ese reino se convirtió al monoteísmo. De ahí, de su crianza en la Corte, habría sacado Moisés la novedosa idea de un dios único. Y la habría implantado entre el pueblo del que era líder: los israelitas.

Y ya sabemos lo que ocurrió después: si bien a los israelitas no les interesaba imponer su religión judía a otros pueblos, sí eran, en su interior, una cultura bastante intransigente con respecto a quien blasfemara contra Yaveh, el dios que inventaron y escogieron como suyo usando la figura contraria: la de que era él quien los había elegido a ellos; ese dios al que había que "amar sobre todas las cosas". Una sola blasfemia o un solo acto de rebeldía contra cualquier aspecto de una religión caracterizada por su intolerancia y su estricto código moral (trabajar en sábado, por ejemplo), podía significar la muerte a pedradas del infractor.

Pero si a los judíos no les interesaba imponer su religión a nadie, a los cristianos y a los musulmanes sí. Y como esas dos religiones son a la larga una extensión de la judía, entonces la noción del dios único, la misma que tal vez recogió Moisés de su estancia en el palacio real egipcio, se conservó en las dos. En la cristiana hubo necesidad de inventar una figura extrañísima para justificar la presencia del Hijo y de la forma en que éste fue concebido: la Santísima Trinidad. En la musulmana se complicaron menos: simplemente no ascendieron a Mahoma a ningún cargo divino, y conservaron su condición de profeta. Pero esas dos religiones, que hoy por hoy concentran a más de la mitad de los seres humanos actuales, sí han coincidido -a diferencia de la judía- en imponer, muchas veces a sangre y fuego, sus creencias al resto de la humanidad.

Entonces, todos esos enredos en los que nos hemos visto envueltos durante el último milenio y medio, todas esas cruzadas, cacerías de brujas, inquisiciones, guerras santas, fundamentalismos…todos esos aplastamientos colonizadores en América y África a lo largo de los últimos cinco siglos, esas peloteras sin fin en oriente medio, esos atentados terroristas de la yihad islámica, esas lapidaciones sociales, esas vidas truncadas por prejuicios, esas existencias martirizadas por supersticiones, esas imposiciones, intolerancias y odios ciegos, esas segregaciones a grupos humanos "extraños", podrían ser el fruto podrido de la idea que tuvo una mujer hace tres milenios y medio.

Esa mujer se llamaba Nefertiti, y cuesta imaginar, si es que resulta cierta la teoría, cómo -para bien o para mal, aunque yo creo que más para bien- sería de distinto este mundo sin su concurso.

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(Imagen tomada de http://www.milenio.com)