Puedo, con algo de esfuerzo, indignarme por la mayoría de las cosas que me parecen injustas, pero no lo suficiente sobre muchos temas, como por ejemplo, el tema del cambio climático (ni siquiera viendo el celebrado documental Una verdad incómoda, de Al Gore). En últimas ese asunto me aburre porque no puedo hacer a todo el planeta, y lo que en él sucede, objeto de mi afecto o preocupación. Prefiero que no haya ningún daño en él, por supuesto, pero no puedo decir que me encanta o luche por él, más de lo que me encanta el oxígeno y el nitrógeno en el aire. No quiero que las selvas se talen, que los ríos se sequen o que los glaciares se derritan, pero principalmente por razones estéticas, y no me gustarían los cambios que se generen, aun en el supuesto de que los efectos sean beneficiosos para la humanidad.

Así como me pasa con el cambio climático (lo confieso, me gusta el aire contaminado, la polución y ver la mano del hombre sobre la tierra) me ocurre con muchas cosas: con la muerte de los niños Wayuu; con las masacres en Bruselas, París, Pakistán, Siria; con Donald Trump y Álvaro Uribe; con el feminismo o el feminazismo; con el je suis Charlie; con la paz de Colombia; con la pederastia en la Iglesia; con el fallo o no fallo de La Haya. Al leer esto, se pensaría que nada de lo que pasa a mí alrededor me importa, pero obvio que no es así (miembros de mi familia me han acusado de andar elevado y ajeno a lo que me rodea). Hay cosas que me indignan, y mucho, pero se sorprenderían de qué cosas se trata. Una hermosa joven muerta por un mal procedimiento estético, dejando huérfana a una niña de un año; la noticia de unos jóvenes asesinados en México, linchados por un pueblo que los confundió con paramilitares, cuando lo que hacían era encuestar a la gente; la gente que en un pueblo linchó a un supuesto criminal acusado de violación. Podría seguir. Lo que veo y me parece injusto: la mujer que en una fila humilla a un cajero diciéndole que “Tú no serás más que un cajero, por no entender que mi tiempo vale”, cuando el muchacho lo único que hizo fue atender a otro cliente buscando el precio de un producto que no tenía, y le dijo que por favor la esperara. Me indigna, por la expresión de dolor e humillación del muchacho, lo que representa ese acto, y la cobardía de los que escuchamos y nos quedamos callados.

Imagino que trabajar hasta enfurecernos de indignación es uno de los grandes consuelos de la existencia humana, ya que lo contrario tiende a ser tan tedioso y poco satisfactorio (qué aburrido ser Santo) que indignarnos por lo que ocurre en el mundo, aquí, o en la parte más aislada, es una de nuestras mayores diversiones en las redes sociales. Oh, claro que no, sé que hay gente que le duele en verdad lo de los niños Wayuu, así no conozca ninguno, o que los muertos de Pakistán le conmueven, así no sepa ubicar a Pakistán en el mapa. O los muertos de Bruselas, ciudad que hasta ayer no habíamos oído nombrar. Sí, puede haber gente a la que de corazón le duela lo sucedido. Pero estoy por pensar que esa es una gran minoría, que esas personas de seguro no están en las redes sociales.

En las redes abunda el payaso de feria, aquel que quiere lucir gracioso, o no ser un miembro más de la multitud. Todo va tan rápido que nos olvidamos cómo era el internet antes. ¿Se acuerdan cuando los correos eran cadenas de historias que iban desde “Bill Gates va a regalar su dinero”?; o “Amy Bruce, una bebé que no crece con cáncer”, y que cada correo representaba un centavo que AOL o Microsoft iban a regalar? ¿O el dale “me gusta” a Jesús, que está en este mensaje, o si no te esperan mil años de castigo? O cosas con algo más de color local: supuestas fotos subidas de color de “Es la hija del Alcalde de Soledad, boletéenla por bandida” Y nuestra respuesta era similar: “Bueno, mejor lo envío, no sea que esta historia sea verdad”. Todo eso ha mutado en redes como Facebook, Twitter o Instagram y una de sus variantes logradas es la indignación por comparación:

¿Te duelen los muertos de Bruselas, pero no la muerte de los niños Wayuu? ¿Te parece bien que condenen a un ladrón de chocolatinas jet a 20 años, mientras los guerrilleros de las Farc, asesinos y criminales, van al congreso? ¿Te parece bien que un congresista gane 25 millones por no hacer nada,y el salario mínimo de los colombianos que trabajan 48 horas a la semana esté en 700 mil pesos?

Para estas tres preguntas, tengo la misma respuesta: No me parece bien. Pero lo que ocurre es que, como idea, lo expuesto es en esencia errado, porque desconoce la realidad de las cosas. Un congresista trabaja en representación de sus electores, debe desplazarse a Bogotá, estudiar las leyes y votar. Que sea corrupto o venal, es otro cuento. Bien lo dijo el marxismo: A cada uno según su capacidad, a cada uno según su trabajo.

Lo de las Farc ya se sabe que es un proceso de paz, que conlleva una situación de justicia única y excepcional, que no puede compararse con delitos comunes. Además, ¿quién va a creer que a un ladrón de chocolatinas lo van a condenar a 20 años? ¿No suena algo exagerado?

Lo de los hechos de Bruselas o Pakistán tienen explicaciones periodísticas. Desde el hecho de que los grandes medios de comunicación, que miten su señal por cable (que es la que más consumimos) tienen corresponsales en Europa, pero no necesariamente en Pakistán, y toda la información nos llega por esos grandes medios. Suena muy bien y quizá sea así. Yo prefiero una explicación que escuché hace algunos años, y que he repetido varias veces en Facebook.

Jorge Villalón es un historiador y profesor universitario a quien en una clase de historia de Europa del siglo XVI, en la Universidad del Norte en Barranquilla, le hicieron la siguiente pregunta:

-Alumno: ¿Profesor, por qué estudiar este tema, si es tan lejano en tiempo y lugar a nosotros?

-Jorge: Bien, se lo voy a explicar. Antes, levanten la mano, quienes han estado en Miami.

Más de la mitad del curso levantó la mano.

Jorge: Ahora levanten la mano quienes han estado en Candelaria (un pueblo a 40 minutos de Barranquilla, en carro)

Nadie la levantó.

Jorge: Bien, la explicación es esta. La historia, y muchas ciencias sociales, no dependen tanto del tiempo y el lugar, sino del efecto que produce un hecho determinado sobre las sociedades. Así, por ejemplo, lo que pasó en Europa hace 5 siglos nos afecta, y nos sigue afectando más hoy, que lo que ocurre u ocurrió en Candelaria. Prueba de ello es que para ustedes Miami es más real y la sienten suya, pese a que es otro país, está a casi 3 horas en avión y en teoría es otra cultura, que Candelaria, que está más cerca, es nuestro país y es nuestra cultura.

Jorge después me explico que es una adaptación de una serie de ideas de Jacob Burkhardt y su teoría de la historia.

Todo ello fue oído en una conversación de café y no dejo de pensar que igual ocurre con episodios como los de Pakistán o Bruselas; nos duele más Bruselas porque es parte de nuestra cultura, y la historia de nuestro país no deja de ser una prolongación de la de Europa. La sentimos más cercana. No es solo Pakistán: los niños wayuu suenan tan remotos,que puede haber todos los titulares indignados, y las comparaciones nos dejan indiferentes. Los sentimos lejanos, de una tierra que dicen que es nuestro país, pero que no por ello es propia. Igual pasaría con un Pakistani que leyera sobre terrorismo en Colombia. Creo que leería con indiferencia. Obvio que hay gente de buen corazón, que le dolerá igual, pero la mayoría nos comportamos parecido: Bruselas resonará más que Siria o Pakistán. Las comparaciones que buscan despertar indignación por número de muertos o niveles de violencia no dejan de ser fraseología barata, y lo peor, interesada, parcial y, en ocasiones, con oscuras intenciones: Una invitación a no hacer nada dando “Like”

La indignación es siempre selectiva y no puede ser de otra manera; además es un sentimiento que es tan agradable por la auto-satisfacción que produce, que siempre existe la tentación de simularlo. Puede ser una emoción realmente generosa en respuesta a la injusticia absoluta, la crueldad o negligencia de los demás, pero también puede ser utilizado para justificar la propia mala conducta (destruir las estaciones de Transmilenio por, digamos, el fallo de La Haya). O estar “indignado” por callar (como hice frente al cajero cuando lo humillaban) y el dejar de lado nuestra preocupación moral por nuestra conducta, por interesarnos por asuntos lejanos fuera de nuestro control personal. En otras palabras, la pureza en el mundo, el libertinaje en nuestra propia vida. Contradictorio, como todos nosotros.

(Imagen tomada de http://cdn.letraslibres.com/)