Juan Manuel Santos (ahora ya lo sabemos) se preparó toda su vida, no para ser presidente, como podría creerse -aunque también-, sino para esto que está a punto de ocurrir, para su momento de gloria, para su paso definitivo a los anales de la Historia Patria de este país: para recibir su soñado premio Nobel de la Paz, para convertirse en el Mandela colombiano, en el Churchill suramericano, en el Roosevelt latino.

Él nació en cuna de oro, como miembro de la familia más privilegiada y poderosa de Colombia, y una de las más ricas. Tuvo una educación por todo lo alto, escribió cuando quiso en el periódico más leído y prestigioso del país, el cual -a su vez- hacía parte de uno de los conglomerados de comunicaciones más poderosos del continente. Ocupó altos cargos en la federación más pudiente del país. Fue ministro del gabinete de cuatro presidentes diferentes, incluyendo el influyente Ministerio de Defensa.

Para lograr todo lo anterior, tuvo que quebrantar la ley más sagrada de su familia, una familia de periodistas: no mezclarse en política. Desafió, pues, Juan Manuel Santos al status quo de su familia y de su ambiente natural de trabajo, después desafió y rompió relaciones con quien fue su jefe, con quien le puso los votos suficientes para que accediera al poder. También desafió (de dientes para afuera, pero lo hizo) a su clase social ("Voy a ser un traidor de clase"), y no contento con eso desafió a las encuestas y sacrificó su popularidad haciendo las paces diplomáticas con Maduro, uno de los personajes más odiados por los colombianos, y dándoles un estatus a los guerrilleros de la Farc que quizás no merecían.

Pero además se embarcó en dos agotadoras elecciones presidenciales, libró guerras sucias (a la defensiva y a la ofensiva), peleó a muerte con sus primos hermanos dobles, lagarteó ministerios, estudió Historia Universal y Política, abandonó su oficio de periodista, expuso a su familia al matoneo de 50 millones de personas, repartió minuciosamente la mermelada después de pesarla al miligramo, movió sus fichas de ajedrecista en las altas cortes, cañó con la elección del fiscal, calculó fríamente los tiempos del proceso de paz, jugó sus mejores manos de póquer en el concierto internacional, hizo lobby aquí y concesiones allá.

Todo, todo, absolutamente todo eso, lo hizo esperando el momento que esta ad portas de ocurrir: la firma de la paz. Toda su vida se le fue en eso. Todo lo ha arriesgado por eso. Sus apuestas completas están ahí: su astucia, sus ilusiones, sus esperanzas, sus ambiciones...su vida. Su vida entera está jugada ahí.

Y, teniendo en cuenta lo anterior, ¿de verdad todavía hay quien cree que esa carta insignificante que pasó el procurador Ordóñez lo va a detener? ¿En serio alguien lo cree?

Amigo mío: si usted cree eso, le recomiendo que salga de inmediato a comprar el Baloto. Con ese optimismo que se gasta, lo más probable es que se lo gane.

(Imagen tomada de http://www.biografiasyvidas.com)