Por John Better

Los besos más dulces que he dado y recibido en esta vida ocurrieron con un chico de 19 años llamado Javier Steven García Robles. Es más, cinco años después de aquello, rememoro su boca y el beso ocurre de nuevo, así sea en un lugar tan endeble como el recuerdo.

La primera vez que besé a otro hombre tenía 7 años de edad. El callejón de la casa de mi infancia fue el escenario para que aquel niño, llamado Ramón, y yo nos diéramos un beso como el que se daban en las novelas de aquella época, como ese beso que Topacio (Grecia Colmenares) le dio por primera vez a Jorge Luis (Víctor Cámara) a la orilla de un riachuelo. Los labios de Ramón eran gruesos y el interior de su boca morada y acuosa como un caimito maduro. Boca que hace años los gusanos devoraron.

A lo largo de mi vida he besado a decenas de tipos, anónimos y famosos. Un enero de 2008, en el interior del bar La Cueva, besé a Fernando Vallejo y su boca era fría como un sepulcro. En cambio cuando ese mismo año besé en la tarima del teatro Amira de la Rosa al desaparecido cronista chileno Pedro Lemebel, fue como besar a todo Chile. En su boca rémora sentí mil bocas más, las del frente patriótico Manuel Rodríguez gritando: “y va a caer, y va a caer”; la de la rabiosa Gladys Marín, presidenta y secretaria general del Partido Comunista de Chile; y hasta la de Joan Manuel Serrat, a quien Lemebel le había robado un beso años atrás y el cual convirtió en bella crónica. He besado a hombres que han matado a otros y en la construcción del beso he sentido largos dedos hurgando en mi garganta. Los dados al novelista Jaime Manrique, en la eclosión de mi adolescencia, me hicieron brotar espesas plumas. El que que me regaló el poeta malvado, Harold Alvarado Tenorio, en un auditorio de La Aduana, fue un veneno compartido y viví para contarlo.

También he besado a unas pocas mujeres. A la escritora española Lucía Etxabarría la "martillé” en el Rancho Currambero, entre sorbos de cuba libres y esnifadas de felicidad. El beso de Lucía me supo a machos y cuero mojado. Los besos de la Señorita T, que es lo más cercano que he tenido a una “novia”, fueron necesarios, inquietantes como los de una hermana incestuosa.

¿Y de qué se trata todo esto? Del hecho de besar, no hay otra respuesta. Hace unas semanas se levantó un polvorín por el beso que se dieron Poncho Zuleta y Silvestre Dangond.

Un beso es solo eso, como lo es una rosa, no es otra cosa y no puede ser otra cosa más. El gesto de Zuleta me pareció que estaba exento de cualquier contexto homoerótico, y sin querer, o quizá sabiéndolo, echó abajo ciertas poses de los machos guajiros que en una época no muy lejana, aparte de sus mujeres, solo besaban los treinta y ocho largo que cargaban al cinto. Aunque también ese beso puede interpretarse como un poco de zanahoria que una vieja tortuga juglar le brinda a la astuta liebre de la propaganda silvestrista.

Mejor no le demos tanta importancia y sigamos besándonos en la oscuridad, debajo de los puentes, en la cima de un pastel de bodas, en los bares, encima del arcoiris, en mitad de una balacera, en los callejones, sobre las tumbas de los cementerios, debajo de una mesa, encima de esa misma mesa, hombre con hombre, mujer con mujer, mujer con hombre, hombre con perro, perro con gato. Besémonos hasta que nuestras lenguas se agoten, hasta que la saliva seque y que una boca nos espere una y otra vez, siempre.

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(Imagen tomada de http://4.bp.blogspot.com)