Regresé al lugar para escapar de sus silencios, para no esperarla más. Y porque estaba aburrido.

Pensé que jamás volvería a beber junto a esos hombres rabiosos, recostado en la barra de aquel antro como si fuera uno de ellos, apurando con su misma tosquedad los tragos de aguardiente para camuflarme, tratando de evitar que descubrieran que era un advenedizo, un infiltrado que, al menos en las formas, no era uno de ellos. Aguardiente era siempre lo indicado.

Conocí el bar cuando era joven y forzar al destino se me había convertido en un hábito masoquista, suicida, como el de las moscas que persisten en volar alrededor un periódico enrollado. Con el tiempo supe que ni el espacio en sí mismo, ni sus ocupantes, por muy peligrosos que parecieran, eran garantía de problemas. Jamás me ocurrió nada malo, ni una sola amenaza, ni un solo intento de violencia, ni un rasguño. El mismo aburrimiento que me tenía de vuelta había sido la razón para dejar de frecuentar El infierno, como le decían al sitio los atracadores de la zona.

Los observé de nuevo gastar el dinero de “los cruces” en trago, popper y bazuco; algunos planeaban entre susurros la próxima “vuelta”, amontonados en las mesas esquineras; los menos, tomaban café para soportar mejor el frío que los esperaba afuera. Nada había cambiado desde la última vez. Nada, salvo que el ambiente parecía más callado, a pesar de los vallenatos que sonaban, uno tras otro, en la rocola del rincón. Tal vez había muerto alguien conocido, tal vez el frío había oscurecido los ánimos; a lo mejor yo no podría escapar, ni siquiera en El infierno, de los silencios que ella se empeñaba en imponerme. Pensaba en lo curioso de la paradoja cuando el hombre de al lado, con la voz ronca por el trasnocho y la marihuana, quiso iniciar una conversación casual:

 -Cómo joden las mujeres, ¿no, mijo?

-Bueno, no todas.

-Pero sí la mayoría. ¿O no?

-Sí. La mayoría.

-¿O me va a decir que sumercé se vino a emborrachar solo porque estaba aburrido? A la fija salió de tropel con la hembra, perrito. Seguro.

-Me acabo la media y pa´ la casa. No me voy a emborrachar.

-Calmado, mi perro. No tiene que abrir el chorro tampoco. Era por charlar no más.

-Yo sé, parce. Yo sé. ¿Se toma uno?

-Uy, no. Al guaro no le jalo. Me pone loco ese veneno. Todo bien.

-La verdad es que sí tuve un tropel con la nena. Pero también estoy aburrido.

-Ah, mi perro. ¿Si ve? Uno que conoce de la vida. Vea, lo mejor para no meterse en peleas con las hembras es pararle bolas al mejor filósofo del mundo.

-Yo no sé nada de filósofos.

-Por eso es que le va como le va, mijo. Por vivir en la ignorancia.

-¿Cuál es el filósofo al que hay que pararle bolas?

-Grábeselo, mi perro, pa’ que no se le olvide. El mejor filósofo de este puto mundo se llama Leonardo Favio.

-¿El cantante?

-Esa es la pinta. El propio. Como quien dice, el patrón de los latidos. ¿Cómo la ve?

-¿Y qué dice el hombre, o qué?

-Para el caso suyo, que se viene a este roto a ofrecerle trago al que se le arrime porque lo tropelearon en forma, le tengo la parla del año, mijo. Leonardo Favio con toda.

-A ver, pues.

-Pare la antena, perro: Cómo poder saber si te amo si la vida que llevamos no nos da tiempo a pensar… Cómo poder saber si te amo si además cuando te llamo me contestan que no estás…”  ¿Ah? ¿Qué tal? Ahí el hombre dice cuál es el problema, ¿si me entiende? Hace como quien dice el diasnóstico. Que la nota está turbia. Que la hembra está como arisca, como callada.

-Pero, ¿Leonardo sí dice cómo arreglar la vaina?

-Claro, ¿qué dijo? Después el hombre le dice a uno lo que toca hacer: “Extraños parecemos por lo que pasa siempre entre tu amor y el mío. Así no puede ser. Demos un corte a todo y empecemos mañana un nuevo amaneceeeer.”

-O sea que lo que toca es pedir cacao.

-No, mi perro. No entendió, mijo. O ya se emborrachó. ¿No se fumó nada? El hombre lo dice clarito: lo que toca es empezar un nuevo amanecer. O sea, ¿la pelea es chimba? Listo, mañana llega sumercé con la propia cara e’ perro y le dice a la hembrita que todo bien, que lo deje arrimar, que está haciendo frío y que tales, que empiecen el video desde el comienzo. Pero los dos, ¿sí? Que no se le esconda. Que le frentié el problema y entre ambos le dan mate a eso, le echan tierra.

-O sea pedir cacao.

-Pero este man sí es trancao. Mejor dicho. Ahí se la dejo en los dijes. Dormida pa’ que la baje, la pise y patié a todo el ángulo, ¿sí me entiende? Ya si no quiere, póngase a mamolear a toda la defensa y verá que se la terminan quitando o, peor, se gana su patadón y se queda sin jugar el picao. ¿Hincha de millos?

-Mejor no le digo.

-Todo bien. Lo dejo, perrito. Lo vi. Suerte con eso.

-Gracias. Voy a escuchar a Leonardo con juicio.

-Esa es, perro. Esa es.

Mi consejero desinteresado se levantó sin mirarme y caminó lentamente hacia la puerta. No lo vi salir. Durante la charla me había terminado la botella y solo quedaba un cigarrillo en la cajetilla. Lo encendí sin prisa, haciendo bolitas con el humo, como siempre, pensando en las palabras de mi interlocutor ocasional, en su acento de la calle, en su voz rota, en los ojos que no miré nunca. Eché una última mirada al único salón de El infierno, a sus tristes clientes, víctimas y victimarios de esta ciudad que sacia su apetito de mezquindad comiéndose las almas de los pobres. Antes de irme quise ir a orinar, pero me detuve unos pasos antes del minúsculo baño; no soporté el olor.

Igual que hace muchos años, cuando comencé a caminar por estas calles de la Bogotá que no le importa a nadie, mis pasos me condujeron hasta mi casa, borracho e ileso. Como era lógico, busqué la canción que, según el hombre aquel, me arreglaría la vida. Fui cayendo en el sueño mientras escuchaba la voz profunda de Leonardo Favio: “Extraños parecemos por lo que pasa siempre entre tu amor y el mío. Así no puede ser. Demos un corte a todo y empecemos mañana un nuevo amanecer.” A lo mejor al despertar iría a buscarla para decirle que me dejara arrimar, que tenía frío, que entre los dos podíamos darle mate a esos silencios suyos, echarles tierra. Tal vez tenía razón el hombre ronco del bar y yo siempre estuve equivocado al pensar que el mejor filósofo del mundo era Alejandro Sanz.

https://www.youtube.com/watch?v=0P-OQXYYbxQ

(Imagen tomada de https://4.bp.blogspot.com)

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