Por Diana Carol Forero

La policía retiró la semana pasada a casi 1.500 de sus miembros en desarrollo de un plan de transparencia que no parece suficiente para aclarar el agua turbia bajo su puente. Por otra parte, los negociadores de la mesa de La Habana dieron lo que algunos califican como un “salto cualitativo” al firmar un acuerdo que garantizaría el blindaje jurídico de los acuerdos finales, pero justo entonces salió al paso cierto ex presidente llamando a la “resistencia civil” contra el único proceso que podría darnos algo de paz en medio de semejante infierno. Por los mismos días decenas de adolescentes y niños declarados en resistencia pueril se fueron de juerga a las “ganchotecas” en los bares del “Bronx”.

Estas y tantas otras son estampas de nuestra patria boba, de este país del Sagrado Corazón de Jesús, donde pecamos y empatamos itinerantemente, y donde la mano izquierda sabe muy bien lo que hace la derecha pero disimula y viceversa. La doble moral, la corrupción, la hipocresía, campean desde las instituciones mismas, pasando por los palacetes de Rosales y El Chicó hasta llegar a los hogares, cambuches y humildes cuchitriles del rincón más recóndito de la geografía patria. Tanta arandela para llegar a lo que resulta para cualquiera una verdad mayúscula: nuestro principal problema es de educación.

Educación que no se refiere, por supuesto, al simple hecho de pasar once o más años aplanchando ancas mientras se copia del tablero, o como es la usanza actual, resolviendo guías que muestran una partecita milimétrica de las cosas, un concepto, acaso un punto de vista, pero que delimitan una visión restringida de la realidad que impera hoy por hoy en el común de nuestras gentes. Para el pueblo raso y “soberano”, fuente primaria de toda autoridad y poder, el deber ciudadano se limita a votar a cambio de un tamal, veinte mil pesos, una teja de zinc o un bulto de cemento; la honestidad equivale solo a no decir mentiras, lo cual implica que una verdad a medias pasa de agache y sin sonrojarse, y que “sin dejar de ser honesto” se puede uno quedar con el pedido gratis si no se lo cobran, o por un valor menor si le erran el vuelto, porque “no es mi culpa”. Nuestro problema es, como lo han dicho muchos antes que yo, de educación.

Algunos se preguntarán cómo es que una ex bandolera critica la mala educación de la sociedad que amablemente la ha recibido “con los brazos abiertos”. Por eso, porque no ha sido precisamente con los brazos abiertos, sino más bien con dos piedras en cada mano. Y porque conozco las consecuencias de una mala educación, de no tener claros los límites de la legalidad, de la honestidad, de la responsabilidad. Eso pese a que en mi época colegial la formación académica era mucho más intensa, se ahondaba de una manera más específica en las áreas de las ciencias exactas y naturales, se dedicaban horas y jornadas completas al desarrollo de ejercicios de matemáticas, cálculo o trigonometría o de laboratorios de física, química o biología. Tal vez en esa época cuaternaria hubiéramos tenido un mejor desempeño académico, aunque no existían pruebas Pisa que pudieran probarlo. Pero precisamente en eso está la cuestión; no recuerdo una sola ocasión en que pasáramos siquiera una jornada al año en un taller de filosofía, ética o valores. Porque las ciencias humanas han sido siempre el patito feo del diseño curricular y la práctica pedagógica, cuando deberían ser su principal sustento, su razón de ser. Por eso no extraña que en la última convocatoria de Colciencias, por ejemplo, a la que todos se refieren como la “727”, de los 189 candidatos a los programas de doctorado que concursaron para recibir becas de Colciencias, solo 40 pasaron la evaluación preliminar y ninguno de ellos correspondía a las ciencias humanas.

Y es esa precisamente la educación que nos está haciendo falta. Más que memorizar, necesitamos aprender a pensar, analizar y cuestionar. Más que a cumplir normas con exacta y borreguil obediencia, es preciso que conozcamos las razones de ser de dicha normatividad y hagamos conciencia de la necesidad apremiante de su cumplimiento.

Es urgente desarrollar una educación en valores, para la democracia, que inculque el desarrollo responsable de la ciudadanía; educación científica que nos impulse a descubrir el gigante oculto bajo la punta del iceberg que podemos ver; educación para la autenticidad, desde la cual podamos encontrar y rescatar esa identidad cultural que tenemos tan embolatada; educación para la convivencia, donde el respeto por la diferencia sea fundamento de la construcción efectiva de paz. Pero esta educación no se imparte solo desde el aula de clases, ni mucho menos. Es responsabilidad de los padres de familia, hermanos mayores, tíos, abuelos, profesores, de la comunidad educativa en general, de todos los estamentos de la sociedad. Debemos educar para el futuro, y no solo a los jóvenes; debemos educarnos y reeducarnos todos, y con mayor ahínco los más viejos, pues tenemos enraizados los malos hábitos hasta en la sangre.

Ayer se celebró el día del Maestro y una fecha de semejante importancia pasó de agache, como es costumbre. Los que deberían ser considerados héroes silenciosos de la patria reciben como retribución tan poco, que no sorprende que ya en los primeros años de práctica académica se sientan desgastados, desanimados, perdidos en medio de la presión por los resultados y de los estrechos márgenes de las guías curriculares. Así, sin conectar el alma a su ejercicio de formación, es bien difícil que puedan lograr un impacto certero en el espíritu de unos jóvenes a los que, hoy por hoy, sus padres adormecemos con un despliegue excesivo de tecnología con el que intentamos suplir nuestras ausencias.

Resulta urgente, pues, además de emprender una intensa reforma curricular que dirija sus antenas hacia las ciencias humanas, mejorar la calidad de vida y las calidades mismas del profesorado, para lo cual es necesario sumar al menos un 10% más de recursos al presupuesto anual de educación -que para este año alcanzó los 31 billones de pesos-, lo que correspondería a 3,1 billones de pesos adicionales al año. Con ese dinero sería posible cubrir aspectos como formación y mejores salarios. Debemos tomar medidas en el corto plazo, pues el reto más más grande es apuntarle a la calidad de nuestra educación, que es lo que tiene un mayor impacto en el futuro de los países.

Las consecuencias de una intervención eficaz en la educación nacional son obvias: podrán pasar cosas como que la mayoría de la gente sea exitosa en los distintos campos de su vida y que el país se vea beneficiado con una aceleración en los índices de desarrollo; y además,  podríamos salir de la bendita olla de violencia sempiterna en la que nos mantiene sumidos la ignorancia, esa que arrastramos de manera casi genética, como una maldición, de generación en generación.

(Imagen tomada de Público.es)