Ya me encontraba a bordo de mi vuelo, sentado en la silla de la ventanilla. Estaba abstraído, leyendo la revista de la aerolínea, mientras terminaba todo ese proceso exasperante, compuesto por la parafernalia de las aeromozas y la torpeza de los pasajeros para acomodar sus equipajes de mano, cuando empecé a oír un inusual vocerío. ¿Qué pasaba? Uno de mis vecinos de silla, la del pasillo, me sacó de dudas: un pasajero que había abordado con nosotros recibió repentinamente una llamada y, acto seguido, abandonó la nave argumentando que una calamidad familiar le impedía viajar.

"No es para tanto", pensé yo. Pero mi espontáneo informante prosiguió: "Él problema es que no tiene equipaje aforado y tampoco sabemos si subió con algún maletín a la cabina. Lo único cierto es que salió sin nada en las manos". Ahora sí todo el asunto era sospechoso. Y se tornó alarmante cuando una comisión de funcionarios que entró a inspeccionar los maleteros realizó un trabajo tan notoriamente desidioso que un grupo de pasajeros, liderados por una señora de mediana edad, se amotinó y exigió que nos cambiaran de avión.

Yo había permanecido relativamente tranquilo e indiferente ante la situación; esa inexplicable apatía que a veces se apodera de nosotros había hecho que confiara mi vida al criterio de los otros pasajeros. Si la mayoría decidía que continuáramos el viaje, yo no chistaría; pero si la exigencia incluía un avión diferente, tampoco me iba a oponer. Fue así hasta el momento en que en un nuevo intento de revisión por parte de la mediocre comisión, uno de los funcionarios encontró un par de zapatos envueltos en una bolsa de supermercado y asumió que eran míos, preguntándome si lo eran sin esperar mi respuesta. Nunca se supo quién era el dueño, por más que se preguntó a los gritos.

En ese momento me di cuenta de que en efecto podía haber una bomba en el avión, y en adelante el motín contó con mi concurso. Finalmente nos bajaron a todos; nos llevaron al vestíbulo móvil donde -por cuestiones de seguridad- retenían al pasajero que se había bajado. Minutos después ingresó al avión otra comisión de funcionarios, pero esta vez reforzada con perros sabuesos. Hechos los olfateos de rigor y las revisiones minuciosas volvimos todos a nuestros puestos, previa mirada homicida al pobre fulano que no pudo viajar (perdimos hora y media en el itinerario de un vuelo que iba camino a despegar con una puntualidad excepcional).

Una vez sentado, y después de auxiliar a mi otra vecina de silla, la del medio -una anciana que por poco no se saca un ojo tratando de ajustarse el cinturón-, pensé en cuál podría haber sido el motivo de tanta alarma; al fin y al cabo ni el Estado Islámico ni ninguna otra organización terrorista ha declarado a Colombia objetivo militar. "Y ya ni siquiera estamos en guerra", me dije.

Fue entonces cuando me di cuenta de que algo flotaba en el ambiente y de que ese algo era la razón del miedo generalizado que se apoderó de nosotros. Algo viejo, atávico, grabado a sangre y fuego en la memoria genética de Colombia. Un ángel de la muerte que siempre revolotea alrededor de todo el país cuando intentamos dejar de ser ese país en guerra perpetua. Un exterminador que en esos casos sale de su hábitat natural, de la selva, la montaña, el pueblo miserable, la vereda perdida, y se multiplica hasta volverse ubicuo. Y entonces sentimos su presencia estremecedora en los grandes centros comerciales, en los encumbrados clubes sociales, en los aviones, en todas partes.

Los menos enterados y más despistados de entre mis compañeros de viaje, si es que algún día logran identificar que el origen de su pánico desproporcionado provino del ambiente enrarecido y los ánimos crispados que aromatizan a la política nacional por estos días, pensarán que quizás la guerrilla podría ser capaz de poner una bomba en un avión para demostrar poder y ganar posiciones en la Mesa.

Pero estoy seguro de que los más memoriosos nos mirábamos y nos decíamos en silencio, los unos a los otros, que la cosa no iba por ahí. Que a pesar de lo peligrosa y criminal que es toda esa gente que se sentó a dialogar en La Habana, después de 60 años de hablar exclusivamente con la boca de los cañones, existe en Colombia otro linaje de asesinos todavía más sanguinarios e indolentes, dispuestos a bombardear con descargas atómicas el frágil pastillaje donde descansa el apoyo del pueblo colombiano a los acuerdos de paz. Ellos, esa Mano Negra que vive de la guerra, saben que un solo acto violento que se le pueda imputar a las Farc daría al traste con la refrendación popular de los acuerdos. No sería raro, pues, que a medida que se acerque el plebiscito, ese miedo hasta ahora invisible vaya mostrando sus macabras formas.

Y tampoco sería raro que se empiecen a encontrar más zapatos sin dueño en los maleteros de los aviones.

imagen tomada de Las Provincias