Por Jeisson G. Ospina

Como no pudo concentrarse se guardó el pene y cambió de canal. Subió nuevamente el volumen del televisor. Hacía rato que su novia roncaba como poseída por un espíritu, vuelta hacia la pared. Afuera había dejado de llover pero eso no tenía nada que ver con él. Tampoco pensaba salir esa noche. Tras una ronda de canales se detuvo en la imagen de un hombre blanco con afro: tenía remangada la camisa; era de color azul celeste con líneas que bajaban hasta metérsele en el jean. Sostenía una paleta de óleos; posaba para las cámaras sonriendo dentro de una canosa barba sin afeitar.

Hoy hace un día fantástico aquí y espero que lo sea para ustedes también donde quiera que estén.

Había dejado el control remoto sobre su pecho y ahora leía los nombres de las pinturas que aparecían en la parte inferior de la pantalla, traduciendo aquellos que conocía. Entretanto, el hombre del afro explicaba el programa:

Como el lienzo ya cuenta con una capa uniforme y delgada de base blanca, lo primero que deben hacer es agarrar la brocha de dos pulgadas y tomar un poco de negro medianoche y blanco titanio. Mezclen los colores hasta obtener el tono deseado.

Sumergía la brocha en el frasco de solvente y luego la golpeaba contra las patas del caballete diciendo:

Así es como le sacamos el diablo.

En un instante el hombre del afro pintó el cielo entero con trazos entrecruzados. Al terminar retiró los excesos de pintura con la misma espátula y después matizó los colores para integrar la imagen. En ese momento una ardilla asomó la cabeza en el bolsillo de su camisa. Dejó la paleta a un lado y envolvió a la ardilla con sus pecosas manos.

Es epiléptica, dijo de pronto.

Después empezó a alimentarla usando un gotero.

Recuerden que este es nuestro mundo y podemos hacer lo que queremos.

¿Se refería al cuadro o a la ardilla? En cualquier caso tenía razón.

Apagó el televisor y acarició la barriga de su novia. Bajó las escaleras. Se puso unos zapatos y agarró una chaqueta. Cerró la puerta sin hacer ruido.

El trayecto a la montaña era largo e inseguro. Primero estaban el molino de viento, el árbol de la bruja y el parque de los locos. Después, al llegar a la trocha, las fincas desocupadas y el caño en el que vivían ratas gigantes como conejos. Debajo del puente había visto a tres niños con cachuchas y chaquetas americanas para ñeros, calentándose alrededor del fuego.

La cima era pequeña e irregular. Fue hasta el borde del abismo y se sentó en una piedra. Allí encendió un cigarrillo de marihuana. Aspiró profundamente una, dos, tres veces aguantando la respiración. Luego soltó el aire y repitió la dosis. Como si se tratara de su primera vez, sintió el humo rasgándole la garganta. Tosió varias veces.

Desde donde se encontraba su casa era solo un punto de luz que se conjuraba con otras luces. Recogió las piernas y se abrazó a ellas. Su cabeza se le inclinó levemente.

Se había puesto la capucha para evitar que las orejas se le congelaran. En sus pensamientos el hombre del afro seguía hablando del placer que sentía al pintar.

Tomen decisiones importantes. Crear vida es divertido. Déjense llevar.

Se equivoca, pensó. Crear vida no es divertido.

Pisó la pata del porro y miró el cielo. Entonces se dio cuenta de que la luna aparecía detrás de las nubes, redonda y blanca como una cebolla. No supo por qué en ese momento recordó cosas con forma circular: los poros, los ojos, los planetas, las estrellas, los óvulos. A lo mejor también Dios era así: una bola de hielo vagando en el espacio.

Antes de regresar sacó una naranja que había guardado en el bolsillo de la chaqueta. Enterró sus uñas y peló la cáscara, lanzando lejos de sí los pedazos.

Comió despacio, contemplando el hermoso reflejo de luces que se formaban en el caño.

Los chillidos lo despertaron, pero siguió acostado un rato más, mirando el techo del cuarto. Después entró en el baño y subió la tapa del bizcocho para orinar. Se miró en el espejo y se sacudió el pelo. Bajó las escaleras.

Se acercó a la niña, metida en el caminador. Su mujer le daba un trocito de pan humedecido en chocolate.

Al besar la frente de su hija recordó fugazmente lo que había soñado. Era la imagen de su padre, sentado en el piso, agarrándose la cabeza con ambas manos. Miró el rostro pálido de su mujer, el pelo alborotado, y se dirigió a la cocina sin saludarla.

Empezó a prepararse el desayuno. Sin embargo, al abrir la nevera solo encontró una tajada de queso en la bolsa.

¿No hay más queso?, dijo desde el umbral de la cocina.

El que hay en la bolsa, dijo ella sin mirarlo.

Regresó al mesón sacudiendo la cabeza. Después partió en dos la tajada de queso. Agregó mantequilla y metió los sándwiches en la sandwichera.

Mientras el botón verde se encendía pensaba en lo injusto de la situación: él había pagado por esos quesos y sabía que en la bolsa venían seis tajadas. Pero no dijo nada al respecto. En toda la casa solo se oía el caminador arrastrándose. La niña ya no chillaba al recibir comida.

Antes de sentarse a la mesa dijo algo pero su mujer no le respondió. ¿Lo ignoraba? Tuvo ganas de golpearla. Pero en vez de eso tiró el plato con los sándwiches al suelo y subió las escaleras sin decir nada. Su hija empezó a llorar.

Al instante volvió a bajar y agarró el teléfono. Buscó el número de sus suegros en la memoria y oprimió el botón verde. Su mujer lo miraba con los ojos llenos de incertidumbre. La niña tenía los ojos brillantes y manchas de chocolate alrededor de la boca. También lo miraba cuando empezó a hablar.

Necesito que vengan por su hija, dijo.

Y después:

Ya no aguanto más. Por favor vengan por su hija.

Colgó y volvió a subir las escaleras.

Al rato salió del cuarto y se metió en el baño. Se duchó. Regresó al cuarto y empezó a vestirse. Su mujer había subido con la niña y ahora veía la televisión: un programa sobre vampiros. La niña hacía barritar un elefante tirando de la cuerdita que salía de su cola.

Se acercó a su hija y la abrazó. Después miró a su mujer y se dio cuenta de que tenía los ojos aguados.

Agarró la guitarra y salió a la calle.

Camino al bar, se metió en una cafetería y ordenó desayuno: tamal, chocolate y dos panes. Miraba hacia la autopista, los carros cargados de maletas regresaban a la ciudad. Pidió otro pan al hombre que leía el periódico apoyando los codos en la vitrina. Después pagó y siguió su camino.

Era festivo y aún no abrían el bar. Compró cigarrillos y dulces y esperó a que pasara el tiempo. Se fijó en la gente, en las parejas, en las niñas blancas y crespas como su propia hija.

En la tarde se subió a la tarima y sacó la guitarra. Tocó para poca gente. Se bebió unos tragos. En la noche volvió a casa.

Todo estaba apagado. En su corazón cabía la esperanza de que estuvieran dormidas. Fue directamente al cuarto y encendió la luz. La cama estaba tendida. Vio el espacio vacío de la cuna de su hija. Abrió los cajones del armario pero sólo encontró un par de hebillas y una tiara rosada. Entonces se sentó en el piso, se agarró la cabeza con ambas manos y empezó a llorar.

(Imagen tomada de Adriel Booker)