Con la de ayer ya son tres las circulares recibidas en menos de un mes del colegio de Sebastián, mi hijo menor, relacionadas con un pelicrespudo tema de violencia intraescolar que parece tener a la comunidad corazonista de Barranquilla con los pelos de punta y los ánimos caldeados. El remitente de la primera era el rector, el Hno. Francisco Javier Ibáñez; de la segunda, los profesores; y de la última, los estudiantes. El motivo: están disgustados porque muchos padres de familia del Colegio Sagrado Corazón (sede Puerto Colombia) andan agarrados de las mechas en redes sociales y en chats de aplicaciones de celular como WhatsApp por una pelea ocurrida en el patio del colegio entre dos alumnos de octavo grado (varones ambos de catorce años).

Gracias a ese rifirrafe entre padres, se quejan los redactores de las cartas, se está desprestigiando el buen nombre que ostenta la institución desde hace seis décadas, una de las más tradicionales y reconocidas de la ciudad. Piden por eso prudencia, cautela, que dejen de responsabilizar al colegio por el comportamiento aislado de dos de sus estudiantes, que los papitos y las mamitas cierren el pico y se comporten, pues, coinciden todos en afirmar, el colegio no es culpable de lo ocurrido ya que allí sólo se “refuerza lo aprendido en casa”. Cuando le pregunté a mi hijo que qué estaba pasando, pues por el tono de las cartas el incidente parecía grave, él no estaba empapado en el tema, así que se limitó a responderme: “a un ‘pelao' como que le rompieron la cara por montador”.

Efectivamente, y según versión que me confió el mismo rector en su despacho al día siguiente que recibí las primeras dos circulares, un alumno -de los más de dos mil que tiene el colegio- le fracturó la mandíbula a otro, pero a ninguno de los dos los expulsaron del colegio. ¿La razón? El agredido venía montándosela desde tiempo atrás al agresor hasta que al muchacho (un estudiante excelente del que nunca antes se había tenido ni una sola queja, según palabras del mismo Hno.) se le rebosó la copa y reaccionó con violencia pateándole la cara a su victimario. El matoneo que venía sufriendo era verbal, continuo, persistente, cruel. Como una gotera. Así de desesperante. La frase que le valió un hueso roto en su rostro al que terminó tendido en el piso, fue bastante similar a la que le dijeron a Zidane en el Mundial de 2006 y por la cual el hoy técnico del Real Madrid le dio el famoso cabezazo a Materazzi que lo sacó por la puerta de atrás de su vida impecable como futbolista. Por lo visto, a nadie le gusta que se le metan con la mamá.

El matoneo, la montadera, el acoso escolar, o en su acepción inglesa, el bullying, es un fenómeno social que se ha puesto en boca de todo el mundo relativamente hace poco tiempo, pero que de ninguna manera es un asunto nuevo. Ha existido siempre. En colegios laicos o religiosos de todas partes, de estratos altos, medios o bajos, en niños y en niñas. Es un fenómeno global que no distingue nacionalidad, nivel económico, raza, género. Se da como mata de monte aquí y allá, entre otras cosas, porque para que ocurra este tipo de abuso de poder entre menores de edad, la fórmula no requiere muchos ingredientes: tan sólo un estudiante que necesite probar que es más fuerte que otro y que puede intimidar, ya sea física o psicológicamente, a su presa, y una víctima perfecta, generalmente un alumno pacífico y callado que prefiere pasar de agache ante las agresiones que recibe, ya sea porque no le gusta pelear (ni con insultos ni yéndose a los golpes) o porque se cree más débil, más vulnerable, que su oponente, y le teme.

El sentir popular es que el matoneador matonea porque el matoneado se deja matonear. Siendo así las cosas, en esto, como en tantos otros temas, la sociedad le traslada la culpa al estudiante que está siendo víctima del acoso. Es otra forma de “la violaron porque llevaba una minifalda muy corta o un escote muy profundo”, o “lo asaltaron porque dio papaya al ir hablando por celular en esa calle”, o “la mataron porque lo provocó”. El típico libreto que revictimiza a la víctima. En el caso del bullying, y como supuestamente todo mico sabe en qué palo trepa, a quien se la montan, se la montan por pendejo, por bobo, por sapo, porque no se sabe defender, porque no se hace respetar, porque se deja. La misma vaina con diferente color. Por eso no es para nada extraño que, como puede apreciarse en este video, el consejo que un padre colombiano le dé a su hijo cuando éste es continuamente matoneado por uno de sus compañeros sea: ¡clávalo, métele una trompada! La violencia se suele contrarrestar con más violencia. Eso nos enseñaron, eso mismo enseñamos.

Como el bullying ha cobrado tantas vidas de jovencitos que encontraron en el suicidio la única salida a su situación desesperada, a la depresión que genera esta especie de tortura, de ensañamiento (hay casos registrados en perturbadores videos que le han dado la vuelta al mundo), son muchos los países que han tomado cartas en el asunto para ponerle freno a este tipo de psicopatía que ha cobrado dimensiones abrumadoras en la actualidad debido a que el acoso no está confinado, como antes, a las cuatro paredes de un colegio, sino que ahora, gracias a la internet, se ha trasladado al ciberespacio y, por ende, se ha multiplicado exponencialmente su impacto negativo sobre la salud emocional de quienes padecen en carne propia este flagelo.

En Colombia también se ha avanzado. Ahora la ley 1620 de 2013 regula todo lo relacionado con convivencia escolar y establece mecanismos para prevenir y mitigar la violencia en las instituciones educativas. Sin embargo, el problema está lejos de solucionarse porque el bullying tiene al silencio como su principal aliado. Tanto el niño abusado como su entorno suelen callar, generalmente porque en los colegios, los matoneadores se la cobran más caro al niño que denuncia que al que calla, entonces rara vez los casos llegan a oídos de las directivas del colegio o de los padres de familia. Y el bullying entonces se eterniza, continúa por meses, por años. Es entonces una procesión que va por dentro, que va minando la autoestima del acosado, su ego, su amor propio. Además, muchas de las formas de matoneo son sutiles, no dejan huellas físicas, no hay insultos ni morados. Esto sucede especialmente cuando el bullying es soterrado, como por ejemplo cuando al niño víctima lo dejan de invitar a que participe en juegos, no lo convidan a fiestas, y sus compañeros, de la noche a la mañana, dejan de acercársele, pero él desconoce los motivos pues no recibe agresiones directas, claras, ocurre todo a sus espaldas; no hay golpes ni insultos, pero sí exclusión y rechazo. Ese tipo de matoneo es brutal, pero, infortunadamente, indetectable en la mayoría de casos.

Mientras no se aborde esta problemática con juicio y con la voluntad de llegar al centro del asunto para corregirlo de raíz, en el origen del meollo, ahí donde anidan las razones por las cuales estamos formando a tantos abusadores carentes de empatía y de respeto por el prójimo, la única salida que tendrán algunos de los miles de matoneados silenciosos (los más afortunados), será, tristemente, una fractura de mandíbula.

Twitter: @NanyPardo, @OpinaElDiablo Facebook: María Antonia Pardo

(imagen tomada de laguiademonteria.co)