Un hombre pide una habitación y le dice al encargado que en un rato llegará alguien a acompañarlo. Sube. Al cerrar la puerta la deja sin seguro. Cuelga la chaqueta en el perchero. Tiene cuidado de no desarreglar el tendido cuando se sienta en el borde de la cama. Mira el reloj y espera.

Una parejita de novios se toquetea en el ascensor. Al entrar en el cuarto prosiguen, contra la pared, con esa lucha de cuerpos crispados que apenas se conocen. Ella lo empuja de repente sobre la cama y sintoniza una emisora de música extranjera en el estéreo. Quiere bailar para él. Quitarse la ropa poco a poco. Provocarlo. Retrasar el momento. Obligarlo a esperar.

Una mujer se baja del carro que uno de los empleados la ha ayudado a estacionar en el único espacio disponible. Detrás de ella camina un joven alto y hermoso, mucho menor que ella. Es su hijo, pero nadie lo sabe. La madre anuncia que pasarán la noche en una de las habitaciones sencillas. Ya adentro, bromean sobre lo inusual de la situación. El muchacho se divierte y ha olvidado por un momento el disgusto que le causó el descuido de su madre. Ella olvidó pagar el recibo de la luz y esa mañana habían ido a cortarla. Por eso están allí. Para no tener que compartir la penumbra y el silencio del enorme apartamento en el que viven. Se disponen a convertir su infortunio doméstico en un pequeña aventura. Solo les resta ver una película en la tele y esperar a que les reconecten la luz de su casa.

El hombre termina de ducharse en silencio. La mujer que ama lo espera en la cama con los ojos fijos en el teléfono celular. No se ven hace días. El deseo es algo automático entre ellos, la más completa manera de quererse. Él se recuesta a su lado y la observa. Es hermosa. Tienen tiempo. No es necesario apresurarse. Pero esta noche las horas pasan más veloces que siempre y el hombre se queda dormido. Ha sido un día largo. Ella se duerme un rato después. En la madrugada ambos despiertan pero no dicen nada. Ella piensa en otro. Él no piensa en nada; está cansado de pensar. Esperan.

  • El hombre se levanta del borde de la cama donde ha estado sentado casi sin moverse. Esperó un poco más de dos horas y la chica no llegó. Con la chaqueta en la mano, sale a la calle. No sabe a dónde irá. Hace frío.

La joven está desnuda, bailando con los ojos cerrados en medio de la habitación iluminada por una tenue luz roja. La última de las canciones termina y entonces se da cuenta de que su novio ronca sobre la cama. Fueron demasiados los tragos. Ella se acuesta junto a él y piensa en que necesita con urgencia mandarse a arreglar las uñas.

La mujer mira largamente a su hijo que se ha quedado dormido junto a ella. Recuerda cuánto lo ha amado. Siente que lo quiere mucho más cuando duerme, cuando yace indefenso, cuando la vigilia no puede separarlos.

El alba se precipita por las escasas rendijas. La pareja de amantes escondidos duerme abrazada. Tienen hasta las cuatro, pero se irán antes. Hay cosas que hacer.

Un motel sirve para esperar. Y a veces para tener sexo.

 imagen tomada de Conexiones Digital