El 15 de Abril de 1815 el volcán Tambora, ubicado en la Isla Sunbawa, en lo que es hoy Indonesia, hizo la que es hasta la fecha la mayor erupción volcánica registrada, arrojando sobre el cielo una gran cantidad de ceniza que llegó a afectar de manera prolongada el clima mundial. Las temperaturas bajaron entre 0.4 y 0.7 C, la luminosidad disminuyó y se produjeron una serie de fenómenos meteorológicos que dejaron aproximadamente 71.000 muertos. En Europa se sintieron los efectos en 1816. En Suiza las cosechas se perdieron, se inició un periodo de hambruna que condujo a disturbios que tuvieron que ser controlados por las autoridades. Un grupo de viajeros ingleses, desesperados por las protestas, la oscuridad que parecía estar en el aire y las constantes lluvias, llegaron a orillas del Lago Ginebra, esperando que el tiempo mejorara.

El grupo que llegó estaba conformado por un joven Lord Ingles, su amante embarazada, la hermanastra de ésta, su médico personal y un amigo poeta; alquilaron la Villa Diodati, un famoso lugar turístico, llamada así por su propietario, Giovanni Diodati, y célebre por la leyenda de que en ella residió el poeta inglés John Milton.

A este grupo de personajes los persiguió la mala fama. George Gordon, Lord Byron, había abandonado Inglaterra debido a una larga sucesión de escándalos, entre los que se incluyen rumores de una relación incestuosa con su hermana, homosexualidad y vida disipada. Había abandonado a su mujer e hija, por Claire Clairmont, quien le acompañaba y se encontraba embarazada. No lo sabía aún, pero no volvería a Inglaterra vivo. También lo acompañaba su médico personal, John Polidori, de quien se dice era consumidor de opio y alcohólico contumaz. El joven poeta, Percy Shelley, se había fugado con la hermanastra de Claire, Mary Goodwin, de 18 años, dejando atrás un matrimonio. Se declaron ambos practicantes del amor libre. Les llamaban la Liga del Incesto.

Mucho se ha especulado sobre cómo era la vida de estos personajes en la villa. Se habla de orgias, intercambios de parejas, una relación homosexual entre Byron y Polidori, pasiones desatadas y una vida desenfrenada. Nada más alejado de la realidad, si hemos de dar crédito a las memorias y cartas. Paseos en bote, almuerzos, lecciones de italiano y, con el aumento del mal tiempo, largas veladas literarias y divagaciones filosóficas hasta altas horas de la noche. Una de estas disertaciones es sobre el principio de la vida, como animador de la materia muerta. Sin embargo, Byron, aburrido por el mal tiempo y el aislamiento a lo que estaban sometidos, propuso que cada noche alguien contara una historia de terror. Todos, excepto Claire Clairmont, aceptaron el reto.

Byron comenzó con un relato sobre dos amigos que realizan un viaje a Grecia. Devino en una historia de fantasmas, pero por razones desconocidas abandonó enseguida el relato, sin terminarlo. La obra se conoce con el nombre del protagonista: August Darvell.

Shelley escribió un relato sobre un fantasma hecho cenizas, pero también lo abandonó pronto. Polidori acometió una obra que tituló El Vampiro. Inspirado en la teoría del principio de la vida y en el odio inconsciente que le tiene a Byron, creó un personaje llamado Lord Ruthven, con muchas de las características de los vampiros románticos; la obra tuvo un gran éxito, de allí que se diga que es el más conocido antecesor del personaje Drácula.

Mary Goodwin, que años más tarde tomaría el nombre de Mary Shelley, imaginó una historia que combinaba las discusiones sobre el principio de la vida y la leyenda griega de Prometeo. Cre un personaje, el doctor Víctor Frankenstein, que descubre el secreto de la vida, y puede devolverla a la carne muerta. Surgió entonces unos de los textos de más influencia en la literatura y el cine de terror: Frankenstein, o el moderno Prometeo.

Enmarcada dentro del género de la novela gótica, la obra retrata dudas existenciales, morales y éticas que la ciencia se planteó desde sus inicios, cuando era hermana de  la  magia y de la alquimia y se confundía con ella.

Víctor Frankenstein, científico suizo “obsesionado con desentrañar la misteriosa alma del hombre” se topa con esas luchas y toma la decisión, al descubrir el secreto de la vida, de crear un ser humano sin nombre, a partir de restos de cadáveres que luego se llamaría a sí mismo Adán.

Cuando había logrado un gran avance en  sus experimentos abandona todo desarrollo, temiendo lo que podría suceder si su ente lo atacase a él o su familia. Es en ese ínterin que el ser sin nombre abandona el laboratorio. La cruda realidad de un mundo duro, intolerante y violento lo hace darse cuenta de la maldición que Víctor le impuso al crearlo. Y ahí entiende que debe castigar a su creador por su falta de escrúpulos, al condenarlo a una vida miserable que nunca quiso.

La obra, muy influida por las ideas de Rousseau, puede leerse como una profunda alegoría de los excesos de la ciencia. Se iniciaba la revolución industrial y la actitud de Víctor, de desprecio por el orden natural de las cosas, puede verse como una primera visión del capitalismo que está surgiendo. En cualquier caso, la obra tuvo un gran éxito que ha continuado hasta hoy en el cine. El monstruo es, como Drácula, Tarzán o Sherlock Holmes, mucho más conocido que el autor que lo creó.

Símbolo del naciente romanticismo, la obra fue tempranamente adaptada al teatro, lo que ayudó a aumentar su conocimiento y popularidad. Con los inicios del cine, fue de las primeras obras llevadas a la pantalla. La primera versión data de 1910, en los estudios Edison. Pero la arquetípica que nos queda en la memoria es la realizada en 1931 por James Whale, donde Colin Clive hace de Victor Frankenstein, y Boris Karloff interpreta a la criatura, quedando este último atado al personaje para siempre. Karloff y Clive repetirían personajes en La Novia de Frankenstein, quizá mucho más elaborada que la anterior, y que contiene un homenaje a la creación del libro, con una recreación de las veladas en Villa Diodati.

200 años han pasado desde ese año sin verano, y las preocupaciones que dieron origen al mito siguen vigentes: el progreso sin control, la relación entre ética, tecnología y ciencia; la soledad y la psicología humana. Al final de todo, en esos factores radica su trascendencia y la vuelta al relato: las preguntas allí planteadas, siguen sin respuesta satisfactoria.