Por Manuel Mejía

Justicia divina

(Fernando y Diana I)

La bella y risueña de la Diana recibió un bofetón tan fuerte que le hizo sangrar la nariz y en menos de diez segundos sentía caliente la quijada. Miró a Fernando sin decir nada, entre aterrada y asqueada, se cubrió la cara con una mano para evitar otra bofetada y con la otra ayudó a sus piernas para aligerarse y salir de ahí cuanto antes.

Abrió la puerta de la habitación conyugal con su mano libre y volvió a mirar a su marido que parecía pedirle perdón. Estuvo la mañana en el parque, viendo a niños juguetear y pensando en qué hacer, si ir a la policía a donde nunca ha ido, ¿a qué?, ¿a denunciar por un bofetón, una bofetada de nada? más cosas tendrán que hacer en la policía, y cuando pregunten por antecedentes, ¿qué va a decir?, que mi marido es empleado y no conoce la cárcel, ¿pegado?, no, señor agente, ¿o me interrogará una mujer policía?, no me habrá pegado más de diez veces, de verdad, ¿que si lo he denunciado?, no nunca, a veces también es mi culpa, que él tiene su genio y hay que entenderlo, que no le gusta a veces que me vista llamativa, que él dice que parezco una fulana, una mujerzuela de la calle, y recordó que el curita le dijo, ah, el padre Santi, que es un ángel de dios, pues que les dijo que en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad, y todo eso tan bonito que dicen, y se besó con Fer, ¿en qué andará?, debe estar preocupadísimo, ¡pobre!, y sin saber si iba a ser bien recibida subió al tercer piso a pie, que el ascensor no haga ruido, entró a su casa temblándole el cuerpo pero con determinación, y si, que ya me limpié la sangre y ya no me sale nada, ¿y esto hinchadito que me siento?, un poco de nada que cualquier crema limpia, y la bella y risueña de la Diana preguntó en voz baja, ¿Fer, cariño, ..., estás por ahí?

Justicia materna

(Fernando y Diana II)

Esta vez la bofetada fue tan espectacular que hasta la sintió el lector, unos taparon sus ojos para no saber más y otras cerraron el libro para no ver recuerdos. Fue fuerte, sí, tanto que todo el cuerpo de Diana se echó de pa´atrás, perdió el equilibrio y fue a golpearse la cabeza con la esquina de la mesa que soporta con elegancia la foto de matrimonio, ambos bellos y de blanco, inocentes, aunque mentimos al decir bofetón, ya que fue un golpe con los nudillos hacia adentro, logrando dejar un diente bailando. Le dolió la cabeza por el golpe con la mesa, más la boca, sentía el diente suspenderse, aunque lo peor fue la quijada, el epicentro de todo. Fernando en forma inmediata fue en su ayuda, a levantarla, socorrerla, que perdóname, amor, que tu sabes que me voy, que no controlo, y en efecto se había comenzado a ir cuando vio a Diana llegar de la calle, que la cogió a gritos, que pareces una puta, una puta, una fulana de la calle, a empujarla con vehemencia, a darle irónicos golpecitos con los dedos sobre sus cachetes, puta, que eres puta, que se te ven todas las tetas, que mira como sales a la calle, provocando, ¡pero qué dirá todo el mundo!, claro, que la hueva del tercero b tiene unos cachos que le llegan hasta el cielo, que se te ven las tetas, Diana, ¿o no te das cuenta?, y solo fue que Diana dijo que mira Fernando que no es para tanto, que tengo todo cerrado y solo se ve una esquinita del sostén, que no es nada, y ahí él comenzó a calentarse y se fue de más a más y acabó como se ha relatado. Ella salió de su casa, sin mirar, tomando el primer abrigo que sus manos tocaron, como cuando uno introduce una mano en la bolsa del mago para extraer quién sabe qué. La última vez había ido al parque de enfrente, a hablar con su conciencia y con dios. Ambos habían perdonado, la conciencia porque también él tiene su puntico de razón y dios con todo ese cuento de ofrecer la mejilla, o algo así. Ahora fue donde su madre a buscar mejor consuelo. Consuelo, su madre, la recibió con un cariño inimaginable, le colocó toallitas húmedas en la quijada, que dolía, en el chichón de la cabeza, el diente ya estaba casi caído y después de media hora de remilgos y carantoñas le aconsejó volver con su marido, ¿tú qué vas a hacer a estas alturas de la vida, cariño?, y que si lo miras bien él hace todo esto porque te quiere, que te ama, que quiere que seas suya, sólo suya, mi amor, no te quiere compartir, y no estás sola en esto, ¿sabes? O, ¿tú no crees que tu padre también tuvo sus momentos?, que no todos los hombres son ángeles de dios, créeme. Diana volvió a su casa a eso de las nueve de la noche, sin un diente, y dijo decidida sin saber si la oían: Fer, tenemos que hablar.

Justicia solemne

(Fernando y Diana III)

Fer no acudió ante el juez para dar versión de nada, no es oportuno, la justicia está para otras cosas, fallo inhibitorio alcanzó a oír Diana, en diecisiete minutos contados por reloj se falló su queja, que mi marido me pega, hagan algo, suplicó, su abogado nada dijo, un caso difícil parece que expresó entre labios. El juez no consideró pertinente oír en declaración a la denunciante, a este paso, si nos ponemos a oír todas las demencias que dicen las mujeres despechadas, nos va a dar el fin del mundo, se alcanzó a oír que dijo, que no se ve que tenga la cara reventada ni que ande con bastón, y le recomendó muy solemnemente que pensara las cosas mejor, que se fuera a su casita, que su marido debería estar esperándola. Y pasaron acto seguido a un caso de un crédito hipotecario impagado por una suma de dinero impensable de imaginar, millones de millones y ahí el juez, solemnemente, enderezó su espalda.

Justicia eterna

(Fernando y Diana IV)

Me parte el alma hablar así, pero las iras de Fernando no daban para más. La llamó alguien por teléfono, o eso creyó comprender y habremos de entender su enojo. ¿Pero no eres una mujer casada?, le preguntó irónico. Golpeó la mesa y remató: ¿quién te llamó,..., qué quién te llamó, ¡carajo!, qué quién te llamó? y, lógicamente, diga lo que diga Diana carece de entendimiento, nadie puede llamarla sin que él lo sepa. Y además, ¿piensas salir así a la calle?, si pareces una cualquiera, una puta, eso es lo que pareces. Solo bastó un golpe para causar el efecto, seguramente tocó un nervio equis, una vena tal, un hueso parietal que llaman, un punto especial, la sien tan sensible, ¿qué sé yo si sólo soy un literato?, si solo soy un novelista trascribiendo lo que veo por la ventana, como si fuese un partido de fútbol, como si fuese un vecino que busca vecinas desnudarse, un chismoso sin oficio diferente al de mirar la vida de los otros, pero el caso es que todo fue tan rápido que no me di cuenta si ella quedó como quedó por culpa del golpe o como resultado del otro golpe contra la esquina de la mesa, uno u otro, o los dos concatenados, pero sin pretender ser fáciles con la descripción indicaremos que lo que más asombra es ver su cara, ligeramente ladeada en el piso de madera, y su boca un poco abierta y, lo peor, intuir que tal vez esté muerta. Eso es lo peor, no hay duda. La intuición con cara de certeza, de verdad. Sé de Diana, es inteligente y vivaz, bellísima, alta como una escoba, y se ve que sufre por el hombre con quien comparte su vida, aunque eso de compartir lo guardamos en la nevera. A veces nos vemos en el parque de la esquina, me pregunta que qué leo y yo le relato lo que leo, que siempre leo algo, novelas de ficción, casi siempre, mentiras inventadas, de argentinos o mexicanos, que tienen garra y te agarran como es, y a ella parece que le entusiasma lo que cuento y me oye con interés. Más se emociona cuando sabe que yo escribo, le gusta mi sombrero y mi bastón egipcio, no me digas que y, ahora, la veo en la otra ventana, lejana, allá, y no sé si tendré el agrado de que me diga mañana en el parque que leyó mi novela que le presté, que sé jugar con las palabras, que siento los sentimientos y que soy un escritor de los buenos. No me dirá eso. La veo: está tendida y Fernando no hace nada, la falda se ha subido y él se la coloca nuevamente como debe estar, seguramente mañana irá a misa, y se mantiene estático ante mi amiga y me dan ganas de gritarle, desde acá, que llame a los médicos, a los paramédicos, o que se pegue un tiro. Quiero tirarle una piedra que le reviente la cabeza. Veo a Fernando abrir armarios y sacar frazadas y cobijas. Me parte el alma hablar así, “me la ha matao”, como diría un gitano, y dejo este relato tal como está porque el que va a llamar a la policía voy a ser yo.

imagen tomada de WordPress.com