Por Paul Brito

Creo que fue Santiago Gamboa quien en una entrevista enunció esta comparación que ahora desarrollo con otros elementos. En Colombia un costeño se siente distinto a un cachaco, pero si los dos se encuentran en Brasil, por ejemplo, se sentirán igual de colombianos, y ahora el brasileño sería el diferente. Si ese brasileño se topa en una ciudad española con alguno de esos colombianos, entonces brasileño y colombiano se sentirán hermanos frente al español que parece distinto. Si seguimos desplazándonos al Oriente y un español se encuentra en Francia con un hispanoamericano, se reconocerán como “iguales” frente al otro que en este caso es el francés y no habla su mismo idioma. Si plantamos el francés, el español y el colombiano en Egipto, los tres se sentirán identificados entre sí frente al árabe. No contentos, si desplazamos este grupo a Japón, muy posiblemente el egipcio se sentirá hermanado con el español, el francés y el latinoamericano frente al extraño japonés. Y si en últimas, un japonés y un colombiano se encuentran en una calle de Marte se abrazarán emocionados entre la masa verde de los nativos.

En fin, la identidad, como cualquier esquema humano, es un invento, una ficción. Los feroces nacionalismos y otros prejuicios discriminatorios han nacido precisamente de creer que esa ficción de identidad es una realidad concreta y definitiva, de creer que a un nivel de características conjuntas se puede consumar la identificación entre dos personas. Creer que lo “nuestro” es solo “nuestro” es pensar que la alegría, por ejemplo, es propia de un caribeño y no de un andino. Identificar significa siempre poner un rótulo y, a estas alturas, después del Nazismo y otros terribles experimentos de identidad, ya sabemos lo peligroso que es ponerle etiquetas a las personas: rotular es delinear diferencias, limitarse.

Para unirse con el otro no es necesaria la identidad; al contrario: para hermanarse hay que asimilar sus diferencias, trascender la identificación, que siempre es una identificación parcial, pues la condición humana (ese único espejo válido entre dos seres) está más allá de cualquier delimitación. En Cataluña, por ejemplo, la Generalitat promueve el catalán y otros referentes autóctonos a los inmigrantes para que estos puedan ser asimilados a la región, cuando más bien deberían invertir recursos y campañas para que el catalán aprenda a aceptar las diferencias del extranjero.

La identidad colectiva es una aproximación del ser humano a su legítimo ideal de hermandad o a su arquetipo del ser universal. Pero, como toda aproximación, es un ejercicio burdo y fallido, lleno de malentendidos, condenado a quedarse a mitad de camino. Lo mismo ocurre con los grandes sistemas políticos: al buscar un Estado definitivo, terminan contradiciendo sus fines y volviéndose peores que los sistemas que intentan vencer.

No es que considere dañino sentirse orgulloso de las raíces, porque sería caer en otro prejuicio, pero no creo que deba ser un criterio de valor colectivo sino un vía de conocimiento individual, hasta ahí. Volverlo un sello distintivo e inmanente, o un depósito de orgullo colectivo es innecesario y hasta peligroso, porque por encima de ese sentimiento identitario está el hecho de que todos somos seres humanos. Creerse parte de una colectividad o de un área geográfica específica siempre será mezquino frente a sentirse parte integral de la humanidad y del mundo entero.

La única identidad legítima entre dos seres es la misma que ya conocíamos de niños: el afecto y la amistad, criterios de unificación que están al interior del individuo y que no sirven para enumerar ningún catálogo antropológico. Hay una novela sobre un pueblo con el que se identifican, no solo los latinoamericanos, sino todo el género humano: Cien años de soledad, pero, si nos fijamos bien, tiene un título que apela al individuo. El individuo tiene que absorber el mundo desde su ineludible soledad, tiene que asimilar a todos sus congéneres a su mundo interior sin asistencias colectivas, para encontrarse de nuevo con el hombre, ese hombre que ya no sólo es un individuo: es toda la humanidad.

(Imagen tomada de Baquetón)