Por Carlos Iriondo

Se ha dicho y escrito de todo sobre los carnavales, que promueven el turismo, que perjudican la economía, que son obra del diablo. Lo que no se ha analizado, son los efectos secundarios, el “daño colateral”, como diría un presidente americano.

Muchos son los llamados y pocos los escogidos

Mateo 22-14

Afortunadamente, aunque pocos, siempre están, en Río, Barranquilla, Nueva Orleans o Tenerife. Suelen ser sagitarianos, pero en general, sus nacimientos están distribuidos en todos los meses del año, de manera más o menos uniforme.

Son inconfundibles. En las familias “bien” son esos más morenos, de mirada más vivaz, los que parecen no cargar con los rasgos corporales de hectiquez o de obesidad, omnipresentes en los demás miembros.

En las familias “menos bien” se distinguen por cierta fragilidad del cuerpo que suplen con una enorme recursividad y empatía, aunadas a su tesón y perseverancia.

Rastreando sus orígenes, son concebidos en aquellas fechas en las que sus padres se emborracharon con sus amigos, mientras sus madres atendían obras de caridad en barrios marginales o trabajaban por necesidad horas extras en fábricas y oficinas, según el caso, o simplemente cuando las comparsas recorrían las calles en la batahola del Carnaval.

Apoyados por sus madres, que los aman con ferocidad lupina, y por sus abuelos maternos, por aquello de que "el hijo de tu hija tu nieto será", crecen sobresaliendo del entorno familiar de manera extraordinaria; estudian, trabajan, se ejercitan, en contraste con sus pares despreocupados y holgazanes.

Serán el general destacado en la familia de poltrones cobardes, la médica eminente entre los frívolos estultos, el periodista tesonero y agudo de una familia de corruptores mezquinos, el líder obrero incorruptible, la política honesta, los artistas originales.

No faltarán aquellos cuyos logros trasciendan las fronteras y sean esas figuras, envidiadas por los ricos y admiradas por los pobres, que ponen el nombre de sus pueblos en prensa y bocas extranjeras.

Inmersos ya en el mundo, aportan el vigor híbrido y la doble riqueza de su diversidad genética y cultural a la marisma de taras acumuladas por muchos años de endogamia casi incestuosa y de auto complacencia intelectual endémica.

De no ser por ellos la escasa movilidad social existente se vería reducida a aquellos improbables eventos en los que la lotería genética -o la otra- le otorga a un pobre la posibilidad de educarse debidamente, o un rico se resuelve a renunciar a todas sus pertenencias para ganar la libertad y el tiempo que pierde en defenderlas, como dice Serrat.

Tal vez la solución a nuestra crisis social sea instituir un carnaval mensual; una promiscuidad obligatoria periódica, cuya única norma sea la integración vertical.

Tal vez así, tantos linajes que no conocen sino el mezquino y mediocre gusto de la molicie y la frivolidad aprendan a disfrutar la satisfacción de aprender algo que no sea un lugar común de nuestro estrato o el placer de vivir el descanso que se aprecia por contraste.

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(Imagen tomada de The City Paper Bogotá)