Tomado del muro de María Antonia Pardo

Barranquilla es la perfecta mamá adoptiva, la que le agarra la mano fuerte y no se la suelta a cualquier persona que se enamore de ella, que se quiera quedar a vivir aquí, en sus orillas, bajo su sol. Barranquilla ama al inmigrante. Ama que la elijan, que la prefieran, y si eres de otra parte pero te sientes barranquillero, si crees que esta tierra llena de almendros y de loros es la tuya, la que te acogió aunque no te haya parido, Barranquilla te lo dará entonces todo, te idolatrará incondicionalmente.

Por eso en esta esquina del Caribe colombiano se amará eternamente al Joe, a ese  genio musical de Cartagena que le cantó tantas veces a su ciudad adoptiva y a su gente y la amó y se quedó a vivir y a morir en ella. El Joe dijo mil veces "En Barranquilla me quedo" y cumplió. ¿Cómo no amarlo? Por eso a él le perdonamos todo, sus vicios, su desorden, su irresponsabilidad, su dejadez, y hasta la mezquindad que tuvo con sus propias hijas a quienes no les dejó ni su legado musical. Lo mismo sucede con Diomedes, quien murió luego de cantar por última vez en un escenario quillero. A él le perdonamos hasta la muerta por la que pagó cárcel y los hijos regados por aquí y por allá y sus adicciones. Al fin y al cabo nunca se alejó, nunca se fue del todo ni dejó de hablar como costeño.

Shakira en cambio se fue para no volver. Por eso Barranquilla, su mamá biológica, la que sí la parió, la mira con desdén y hasta con desprecio. De nada vale que sea una artista del mundo, que sea un modelo de profesional sin vicios, una que cumple a cabalidad con sus contratos y presentaciones, que ha ganado todas las batallas, hasta las jurídicas, una cantante con una conciencia humanitaria y una vocación de servicio nunca antes vista en ninguno de nuestros ídolos, de nada vale que sólo produzca noticias buenas para el país y para la ciudad que la vio nacer. Ella emigró, se largó, vive lejos, perdió el acento golpeado de nuestros hombres y mujeres, cría a sus hijos del otro lado del charco, como españoles. Va al Camp Nou y no al Metropolitano. Y eso no se lo perdonamos.

Shakira se fue de Barranquilla siendo una niña. Se fue para poder crecer, se fue porque aquí se burlaban de ella, de su estatura, de su voz, de su pelo, de sus cejas, de su danza árabe, de sus caderas. Y lejos llegó lejos. Y puso el nombre de nuestra Arenosa en boca de millones alrededor del mundo. Y se preocupa por la ciudad y por sus niños y por eso donó, y sostiene con lo mejor de lo mejor, un colegio en donde educa y alimenta a cientos de niños de bajos recursos. No es esa su obligación. Ella no es un político ni un alcalde ni un gobernador. Ella no se lucra de lo público ni hizo su fortuna en Colombia. No tiene por qué invertir en nuestra niñez, pero lo hace. Aún así la odiamos. Y la odiamos más cuando viene de tanto en tanto a comer mango biche con sal y limón en nuestras aceras, la odiamos cuando la vemos derretirse por una bolsa de corozos frente a La Enseñanza, la odiamos cuando nos habla con su acento mezclado de mujer que no es ni de aquí ni de allá, la odiamos cuando se quita la camiseta del Barcelona y se pone la del Junior. La odiamos más cuando eso pasa porque sabemos que viene sólo por unos días y que pronto volverá a coger sus corotos para irse nuevamente. La odiamos porque nos dejó y se nos olvida que lo hizo justamente porque en Barranquilla jamás la valoramos, porque aquí no habría sido quien ha llegado a ser. Y por lo visto, por mucho que ella haga, jamás le daremos el reconocimiento que se merece.

Tendrá que vivir con eso. Con el odio de la tierra que ama y que no la perdona.

Twitter: @NanyPardo, @OpinaElDiablo Facebook: María Antonia Pardo

imagen tomada de sanandreshoy.com