Conoces el nombre que te dieron, no conoces el nombre que tienes

José Saramago

 

Quien lea el título de este texto pensará que se trata de la canción del grupo de rock en español Los Toreros Muertos y que hay un error tipográfico en el mismo. Se equivoca. A pesar de no ser primo del Sha de Persia ni tener un Porsche en la puerta, no dejo de sentirme un bienaventurado. Por obra y gracia del Espíritú Santo yo no me llamo Javuer García Gómez.

Mi gran amigo Ramón Rodríguez decía que el nombre marca el temperamento de una persona. Así justificaba su mal genio. ¿Cuál sería el temperamento de un Javuer? La teoría de Ramón parece que era compartida en Buenos Aires, donde hasta el año 2014, los padres no podían llamar a sus hijos de cualquier manera. En las notarías tenían una lista con nueve mil posibilidades a las que tenían que apegarse. Esta ley en Colombia hubiese salvado a miles de niños de bromas y equivocaciones. También hubiese ahorrado muchos cambios de nombre y rebautizos tardíos.

Mi padre tenía un amigo llamado Javier, al que por alguna razón inexplicable le decían Javuer. A mi papá le pareció una idea excelente marcar mi destino con ese sello. Mi madre creía que el nombre elegido era Howard y, en principio, no se opuso. Seguramente Howard García Gómez le parecía muy apropiado para un nacido en la ciudad más al sur de Florida, Barranquilla. Javuer o Howard, Guatemala o Guatepeor. Una cosa es llamarse Howard Hugues, ser millonario y empresario de cine y aviación, y otra distinta llamarse Howard García y vivir en La Arenosa. Universal Pictures sacó en 1986 la película de Howard, el pato, basada en el personaje de Marvel Comics. Puedo presuponer el gigantesco matoneo al que me hubieran sometido mis cariñosos compañeros de colegio, así como la burlita en la fila en las mañanas al sonsonete de “Pato”, “Cua-Cua”, o algo similar.

El precursor de mi salvación fue Amílkar Montero, un primo de mi padre que se llama como el general cartaginés, aunque lo escribe sin h y con k, como en euskera. Este Amílkar no es vasco, es guajiro. Montero, nada más enterarse del nombre escogido para el primógenito de su primo Jaime Enrique, empezó a montarla con ese cantaíto guájaro: “joguar”, “javuar”, o sí quería economizar sílabas un simple “jou”. Mi mamá no tardó en botar el chupo y, no sé si en un acto de cobardía o de lucidez, decidió heredarle al hijo el nombre del padre, acompañado de Francisco, el nombre común de mis abuelos. Madre, estaré eternamente agradecido por esa muestra de sensatez.

Jaime proviene del nombre hebreo Ya'akov, Jacob o Jacobo, que traduce sostenido por el talón. Es el nombre del patriarca al cuál luego el Todopoderoso rebautizó con el nombre de Israel. Existe en todos los idiomas, con variantes como Giacomo, Iago, Thiago, Diago, Diego, James, Jacques, Jaume, etc. Incluso uno de los apóstoles de nombre Jacobino, Sant Yago o Sant Iago, terminó conjugándose en el nombre Santiago. Francisco es un nombre de origen desconocido, se supone que viene de Europa Central. Fue en el siglo XIII cuando se viralizó gracias al austero santo Francisco de Asís.

Quizá mi madre apuntalándome doblemente con santos, esperaba un hijo más devoto y, por qué no, entregado a los caminos del Señor. No fue así. O tal vez quería un destino glorioso, teniendo en cuenta que también soy tocayo de reyes y emperadores. Mi única oportunidad de trono hubiera sido uno wuayú, pero tampoco. Al no ser hijo de rey, no quedé siendo Jaime II, ni siquiera Junior; me quedé Jaimito, el cartero.

El Jaime Francisco permaneció oculto para la mayoría del mundo muchos años, salvo en los regaños de mi madre. El escuchar mis dos nombres juntos se convirtió en alerta inequívoca de algún misil taconudo buscando impactar en mi cabeza. Aún hoy, ya casi cuarentón, inconscientemente me agacho al escuchar mis dos nombres. El amor de madre es capaz de corregir lo incorregible, y uno se lo gana casi sin merecerlo.

El Francisco vino a independizarse del Jaime y cobrar vida propia cuando entré a trabajar en la capital colombiana, dónde muchos me llamaban por mi segundo nombre, manía bogotana que nunca he logrado comprender. En estos últimos años, y gracias a la aparición del Papa argentino, el Francisco se ha reencauchado, así que hoy quiero creer que soy Jaime Francisco García Gómez, salvo cuando una tía me agua la fiesta con el consabido Jaimito.

En este país del Sagrado Corazón, y especialmente en la  Costa Atlántica colombiana, estamos dotados de un gran talento para escoger nombres originales, inverosímiles y fuera de lo común, ya sean extranjeros o inventados. De hecho, estuve tentado a llamar a alguno de mis hijos Howard o Javuer, aunque al final me decanté por los convencionales Jaime Andrés y Diego Francisco. En mi familia, como en muchas otras, hay multitud de pruebas de esta creatividad bautismal, de ello pueden dar fe mi hermano Roger Mauricio y mi hermana Shelly Karina, pero el tema es tan extenso y tengo tanto miedo a las represalias de mi madre, que prefiero tocarlo en una próxima entrega.

imagen tomada de hAZtodo.com