Algunas personas que conocen mi postura frente a las maneras, los argumentos y la ideología de Salud Hernández-Mora se me han acercado en estos días para preguntarme lo que pienso sobre su desaparición. Noto en sus actitudes un tufillo morboso, como si esperaran de mí un regocijo escondido o explícito, como si quisieran compartir conmigo la buena noticia que implica habernos librado de una señora tan molesta.

No entiendo a esas personas. Son las mismas que en la redes sociales, en las charlas de café y en las confesiones de alcoba asumen su alineación política alegrándose de los infortunios de quienes no piensan como ellos. Son de la misma calaña de quienes expresan sin pudor que Ingrid Betancourt debió quedarse para siempre amarrada a ese árbol. Son comparables, en estupidez y en indolencia, a la abogada que se atrevió a asegurar en un memorial que Rosa Elvira Cely fue culpable de su violación y su asesinato. Son un espejo de los que piensan que es justo que una madre queme con una plancha el brazo en el que su hija se hizo un tatuaje sin permiso. Son los verdaderos culpables de la violencia que nos carcome el alma –si es que tenemos una-.

Pues no. No me alegra que no se tengan noticias de la periodista desaparecida. No me parece que ese silencio suyo -forzado o no- sea una consecuencia normal de la osadía con la que asume su oficio. No me resigno a que ninguna persona se vea obligada a asimilar la decisión de visitar ciertas regiones de Colombia como un potencial peligro de muerte. No deseo para quienes no están en mi orilla el sufrimiento ni el oprobio ni el cautiverio ni la tortura ni la censura ni el exilio. Y me avergüenza tener que aclararlo, tener que explicárselo a los demás como si fuera una cosa extraña. Esta costumbre nuestra de explicar lo obvio, de obligarnos a decir en mayúsculas sostenidas, para que no haya dudas, que ninguna idea, ni ninguna tierra, ni ninguna plata valen lo que vale una vida, es uno de los peores ejemplos de lo bárbaros que somos.

De ninguna manera es aceptable que Salud Hernández-Mora no aparezca; que la Fuerza Pública no sepa dónde está ella y los dos comunicadores de RCN; que el Catatumbo sea una zona de Colombia controlada por los hampones del ELN, por los hampones de las Farc, por los hampones del EPL, por los hampones del ‘Clan Úsuga’, por los hampones de ‘Los Rastrojos’; que en este país sólo se atine a hablar de la opinión de un ser humano sobre el proceso de paz cuando es posible que lo hayan secuestrado, que lo hayan maltratado, que lo hayan asesinado.

¿Qué importa ahora lo que ella haya escrito? ¿O si es amiga de Pacho Santos? ¿Qué importa si es de derecha? ¿Qué importa que sea hincha de Real Madrid o que sea católica o que le gusten los toros? ¿Qué importa su tono o su acento o su origen o su edad o su pasado? ¿Cómo puede importarle a alguien todo eso si está desaparecida, si no se sabe qué es lo ha le ha pasado o si está viva?

Creo que jamás estaré de acuerdo en ningún tema con la señora Hernández-Mora, pero hoy, cuando han pasado cuatro días sin saber qué fue de ella mientras ejercía su oficio de reportera, no puedo sentir nada distinto de rabia, preocupación y miedo. Ojalá regrese pronto, ilesa y vociferando, para que no resulte inútil la esperanza de quienes hemos pensado que la guerra no puede ser una opción, ni siquiera para quienes a veces piensan que lo es.

(Imagen tomada de El Confidencial)