En los últimos años he visto toda clase de videos perturbadores colgados en Facebook, YouTube y Twitter: un hombre que levanta a tranca a una mujer en la esquina de un cuartucho de mala muerte porque no le cocinó, dos mujeres que cogen a trompada limpia a una tercera y la dejan calva a punta de cuchillo por un lío de faldas, un caballo descuartizado vivo por una turba de bestias de dos patas que quieren robarse su carne en una corraleja al norte del país, una mujer quemada viva acusada por sus ejecutores de asesinar a un taxista a quien luego se demostró no había matado, y, el más reciente, una mujer de esas bien chachas que somete, golpea, humilla y desnuda en plena vía pública a un supuesto ladrón en Bogotá para darle un escarmiento.

Imágenes absurdas propias de una sociedad linchadora con instinto de Charles Bronson que comparten dos cosas en común: por un lado, en todos los casos por lo menos una persona grabó la escena con su celular y luego posteó lo grabado en redes sociales para que nosotros, que no somos más que una partida de mirones, miremos, saciemos el morbo; y por otro lado, el silencio cómplice de la cuarta pared, del público.

Más allá de lo terrible que implica para un país que sus ciudadanos opten por tomarse la ley por su cuenta, sin seguir el debido proceso que los códigos y las leyes determinan como correctos en una nación civilizada alejada de la ley del monte, y ajusticien a quien los ofende o los agrede por mano propia, lo visto en el video es preocupante. Y no sólo porque aquí ya sepamos de sobra que el paramilitarismo (nombre que se le da justamente a ese tipo de acciones) viene acompañado es de ríos de sangre con cadáveres descuartizados flotando en sus aguas, no de justicia; sino además porque en las imágenes de la dama vengadora hay varios elementos que deberían encender nuestras antenas de vinil.

Esta clase de conductas observadas en el video que se viralizó de Angie Olarte, la paisa berraca que sometió al supuesto ladrón, aparentemente menor de edad, tiene unos componentes que deberían alertarnos, no hacernos reír y mucho menos enorgullecer. No hay chiste en esa escena que, más allá de si es cierta o un montaje propio de algún tipo de experimento social, deja en claro cómo reacciona nuestra sociedad -que sí da por real las circunstancias en que ocurrieron los hechos- ante este tipo de comportamientos. Junto a los aplausos del público que no hizo nada para impedir la tortura a la que fue sometido el menor infractor, junto al silencio cómplice de tantas personas, junto a los vítores y al apoyo de quienes asistieron al denigrante espectáculo teatral, hay una alta dosis de sexismo en ese linchamiento. Son miles las personas que tildan de valiente a la mujer protagonista del video, que exclaman “¡qué vieja con huevos, con pantalones!”, que se preguntan "¿cuál sexo débil?", que la admiran porque no se dejó, porque se defendió sin ayuda de nadie, porque la hembra redujo al macho, lo humilló. Miles de colombianos apoyando sin ruborizarse un claro ejemplo de justicia privada excesiva, desproporcionada.

¿Se habría atrevido un hombre mayor de edad a encuerar y amedrentar a una niña que llora y suplica que no la dañen, por más ladrona que ésta fuera, en una acera de la fría capital colombiana, a plena luz del día y frente a una tribuna? Tal vez sí, aquí todo es posible en contra de las mujeres, eso ya lo sabemos de sobra. Pero seguramente a estas horas ya estaría preso y la noticia sería otra, no la valentía, la berraquera, del súper héroe anónimo.

Como el 70% de las mujeres que mueren asesinadas en el mundo mueren a manos de hombres (generalmente sus parejas o exparejas) y los hombres que mueren a manos de mujeres no pasan del 5%, la violencia de género se refiere única y exclusivamente a aquella ejercida por un hombre contra una mujer, como si al revés no pasara. Es cuestión de estadística, de números abrumadores que inclinan la balanza brutalmente hacia el lado femenino, hacia las víctimas con vagina. El resto de abusados, los que tienen pene, son invisibilizados, y todo porque la cifra es infinitamente menor. Pero que sean comparativamente pocos no quiere decir que no existan.

Desde que el 20 de diciembre de 1993 la Asamblea General de la ONU aprobó la primera declaración sobre Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, se utiliza el término “violencia de género” para referirse a “todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico para las mujeres”. En 2006, la Asamblea General volvió a pronunciarse sobre el tema estableciendo que “la violencia contra mujeres y niñas es una de las violaciones a los derechos humanos  más sistemáticas y extendidas pues está arraigada en estructuras sociales construidas con base en el género más que en acciones individuales o acciones al azar; trasciende  límites de edad, socioeconómicos, educacionales y geográficos; afecta a todas las sociedades; y es un obstáculo importante para eliminar la inequidad de género y la discriminación a nivel global”. Dichos pronunciamientos han sido clave para aumentar las penas o impedir las rebajas en las condenas por buen comportamiento o estudio en crímenes relacionados con feminicidios en decenas de países. Gracias a estos esfuerzos es mucho lo que se ha avanzado en la lucha por visibilizar este tipo de fenómenos que cobran tantas vidas femeninas anualmente. ¿Pero y los hombres abusados por mujeres más poderosas que ellos qué? ¿Ellos en dónde quedan? ¿No existen?

Volviendo al video de marras, es grave que tratemos a las niñas con mayor deferencia que a los niños. Que creamos que a ellas ni con el pétalo de una rosa pero que en cambio a ellos, como son varones, sí se les puede reprender a la antigua, como si los niños no necesitasen la misma protección que las niñas, como si no tuviera nada de malo castigarlos con métodos barbáricos propios de la Edad Media. Al fin y al cabo son machos.

Es igualmente grave que las mujeres, históricamente menos violentas que los hombres, para defendernos de un posible ataque creamos que como la ley nos protege porque somos tradicionalmente las víctimas y no las victimarias y hacemos parte de una población que sigue siendo vulnerable y vulnerada, tenemos licencia para comportarnos como la señora histérica y pegona del video y  andar "enfierradas" amenazando cual matonas o dando espectáculos de paraco con jerga de sicario de narconovela. ¡Patético ejemplo de valentía!

Mientras la curvilínea señorita Olarte planea cómo sacarle provecho a su cuarto de hora y decide si posa sin chiros para la reconocida revista que las empelota a todas, los celulares, entre selfie y selfie, siguen grabando.

Twitter: @NanyPardo, @OpinaElDiablo Facebook: María Antonia Pardo

imagen tomada de Cucuta 7 dias