Creo que una persona con inteligencia mediana puede percibir que el discurso grecoquimbaya de ese personaje que es Fernando Londoño mezcla falacias, mentiras y exageraciones, y una que otra verdad, bajo el ropaje de verdades absolutas. Aunque no nos guste, lo critiquemos, y rechacemos su discurso, aceptamos que tiene el derecho de decir todas sus cosas, por algo que se llama libertad de expresión, un valor y un derecho en una sociedad que se precia de ser liberal. Hay que decirlo también: Se ha ganado reacciones de odio, merecidas o gratuitas de buena parte de lo que se llama “opinión pública”.

Con el caso de Salud Hernandez ocurre algo similar: El desprecio que siente una parte de la sociedad hacia ella los lleva a manifestar su odio por encima de lo sucedido. Un periodista replicó un tuit de Vladdo donde éste, bajo otra circunstancia, manifestaba su emoción por el silencio de Salud. Un amigo en su FB se preguntaba, burlón “¿Dónde hay que firmar para que el ELN no suelte a Salud?”; abundaban los comentarios de apoyo a su estado. Otro dijo que estábamos frente a un “Autosecuestro”. Otro usó el argumento de la abogada del caso Rosa Elvira Cely: “Ella se lo buscó por imprudente”. Si leemos los foros de los periódicos (Aquellos que dicen: Este es un espacio para la construcción de Ideas y un generador de opinión) los epítetos usados son aún peores: “Vieja parachapetona HP, se lo tiene bien merecido.” “Pobre show de autosecuestro de la paraperiodista al servicio de las bacrim.”

Más allá de lo sucedido con ella, lo que tenemos es una profunda estelada de odio y resentimiento sobre su persona, mezclada con unas voces de preocupación. Un discurso en las redes lleno de odio, ideas extremistas y un desprecio gratuito, que cada vez tiene más eco en las redes sociales y que contagia a los intelectuales y columnistas de opinión, que de forma consciente o inconsciente, subordinan sus ideas a sus opiniones políticas, sufriendo la pose del “intelectual progre.”

Traje el caso de Fernando Londoño, porque cuando sufrió el atentado en el 2014, gran parte de la intelectualidad guardó silencio en una mezcla de complicidad y estupor. Se alzaron las voces habituales de odio y justificación con frases elegantes del tipo “No justifico el atentado, pero el discurso de odio alienta estos hechos” escribió un opinador. Sólo Héctor Abad fue claro y explícito en la condena del acto, más allá del personaje. En el caso de Salud, vemos algo parecido, sólo que como la detestamos menos, el ruido parece menor.

Hay mucho bufón opinando, algunos haciendo chiste, sembrando cizaña y sobre todo, subordinando su pensamiento a su ideología. Algo que Fernando Savater llamó la pose del “intelectual progre”, que explicaba con un ejemplo. En los 80, durante los años de Felipe González, arreció el conflicto vasco, y era muy común en la universidades vascas, ver a un profesor que cuando ETA asesinaba policías o personas inocentes, movía la cabeza negando con aire “estos muchachos haciendo cosas terribles”, pero se les pedía una condena del acto, y se hacían los locos. Ni hablar si el gobierno actuaba suspendiendo garantías: Eran de los primeros en salir a protestar o firmar manifiestos en contra. Un tibio, “un intelectual progre”, eso es lo que abunda en las redes.

Un progre es en esencia un fundamentalista. Lo que ellos predican es bueno, moral y correcto, lo demás es malo e inmoral. Un individuo movido por supuestos ideales nobles. Un individuo interesado en conceptos como la solidaridad, la libertad y la igualdad (¿Y quien no?) mientras la política coincida con sus ideas. Con esa incoherencia entre forma y fondo, sufre una degradación de la conducta

Todas las personas con esta pose parten de una absoluta arrogancia, intelectual y moral. Son dueños de la verdad y del “monopolio del buen corazón” según la afortunada frase del Presidente francés Valery Giscard. Postulan tolerancia, pero pronto se muestran más intolerantes que los fanáticos. Hablan de inclusión, pero son sectarios. Dicen ser solidarios, pero construyen un individualismo egoísta. Dicen ser demócratas, pero sólo lo que piensan y dicen ellos es lo correcto; lo que se opone a ellos, es malo. Abundan en la izquierda: “Son dueños de la correcta moralidad de las cosas” a decir de Nicolás Gomez Dávila, pero también los hay en la derecha. Ambos son igual de peligrosos: Por necesidad histórica, absolverán el crimen.

Enfrentados a dilemas como el caso Londoño o el caso Salud, son tibios: Muchos guardan silencio, otros se alegran, y quienes alzan la voz para protestar (Como mi compañero de blog, el Director Jorge Muñoz) más allá de sus diferencias son los pocos; a algunos se les hace la observación, y coinciden con la protesta, pero luego llega el sí pero…..

El discurso en Colombia, en las redes sociales, está llena de “progres”: almas “buenas y caritativas” que se proclaman adalidades de la solidaridad, el dialogo y la tolerancia, teniendo como argumentos su testarudez y su sectarismo. Dividen al mundo en buenos y malos. Usan causas nobles como el feminismo o la defensa de los animales, como si fueran asuntos de tonos blancos o negros. Abundan en la política, con personajes como los senadores Uribe, Robledo o Claudia López, o personajes como Gustavo Petro o Vargas Lleras; abundan en la prensa, como en la W, o RCN: disfrazados de indignación, censuran lo que no les gusta: Son acusadores y jueces, listos para condenar a quien piense diferente.

Es necesario fomentar el dialogo, mas allá de las frases vacías y la retórica “progre” que a veces se pregona. Rechazar los extremismos, lo inaceptable, y quizá volver a nuestro juicio moral: Lo que está bien, está bien, sin más. Aun en la guerra, un asesinato, es un asesinato; los atenuantes son asuntos en últimas de abogados, pero no una absolución del crimen. Al final, todos tenemos un código de conducta, y sabemos lo que es bueno o malo. Quizá nos hace falta volver a ello.

imagen tomada de CNN en Español