Por: Manuel Mejía

U-UNO

Doña Soledad tomó su corta siesta, de no más de media hora. Ya despierta y avivada, se dispuso a comenzar a leer una novela que estaba colocada en sitio visible en su mesita, novela que allá en el salón de belleza le dijeron hace un tiempo que tenía que leer, que le iba a gustar mucho, y que hablaba de una mujer fuerte y aguerrida que sale adelante en la lucha de la vida, a pesar de todos los tropezones que se puedan encontrar.

-Además que la novela es corta y no se va a cansar, le aclararon-.

Sónsoles, su nieta, vio con sus ojos de trece años a su abuela tomar el libro, con sus hojas un poco gastadas, como creyendo saber ya de él, como si fuera un viejo amigo, y leer en voz alta, lentamente, su título y el nombre del autor. El título hacía referencia a algo de la vida y el autor era extranjero y la abuela no supo pronunciar correctamente su apellido.

Mientras Sónsoles iba a su habitación, sentía cómo la abuela pasaba las páginas iniciales de su novela, con propiedad pero sin detenerse mayormente en ellas, y leyendo en voz cada vez más baja lo que ahí decía. Leía lo anotado en las notas de edición, en los derechos de autor y de traducción, leía el título y el nombre del autor, nuevamente y con problemas, y pasaba páginas en blanco para leer finalmente la dedicatoria con una nota filosófica acerca del éxito en la vida, para al cabo de cuatro o cinco pasadas de páginas muertas, detenerse para comenzar a leer las primeras líneas de una historia -que le va a gustar mucho, doña Soledad, va a ver que le va a gustar mucho-.

Ya en su habitación y en sus cosas, Sónsoles sentía el silencio de la casa, mientras su abuela en el salón pasaba con una linda sonrisa en los labios que ella no veía, la primera página leída.

DO-DOS

- Nunca he leído, le había dicho doña Soledad a Sarita, su peluquera. -Nunca he leído un libro en mi vida, y no va a ser ahora, ya de vieja, que me ponga a leer libros. Además que los ojos ya no dan, que tengo la vista cansada-.

Doña Soledad era terca, o al menos terca como una mula para Sarita, quien nunca logró convencerla de modificar un tris su corte de pelo, -sólo un poquito y va a ver cómo cambia-, respondiendo siempre con un -no, no, no-. -Que se deje echar un poco de tinte y verá cómo le damos brillo a su cabello y sacamos esos pelos blancos que la hacen ver tan triste-, para volver otra vez con el -no, no, no-. -Que déjeme y le echo unos polvos en la cara y le damos luz a su cutis-, y déle nuevamente ella con su -no, no, no-.

- Permítame las manos y le hacemos las uñas. Nada. La respuesta siempre fue el -no, no, no-, y si Sarita no entendía o no quería entender, concluía su argumento con un -déjame así como estoy que así estoy bien, porque no hacen falta muchos ojos para darse cuenta que conmigo ya no hay arreglo-, diciéndolo con una sonrisa fácil que no permitía contestación. Nunca pudo Sarita hacer algo diferente a peinar como bien pudiera los desordenados pelos canosos de doña Soledad.

Igual, el -no, no, no- se repetía incansablemente cuando Sarita intentaba comenzar con el cuento de que -he leído que usted tiene que leer algo interesante para activar el cerebro, doña Soledad, y mire usted que mi sobrino Jorge Armando, que estudia letras en la universidad, me dijo que esta novela que tanto le digo, a usted le va a gustar mucho. Es más, yo ya me la he leído, y le cuento que no pude soltarla antes de terminarla. Es buenísima, doña Soledad-.

Doña Soledad solo aceptaba el mismo corte de pelo, sin variaciones ni modas, y se empeñaba en no recibirle a Sarita su libro. Hasta que Sarita un día cualquiera, después de un corte de pelo más de todos los cortes que semanalmente le hacía, le dijo:

- Sea como sea, aquí le traje un ejemplar del libro que le he comentado. Se lo dijo con mala cara, en un día en el cual seguramente le había pasado algo malo porque ese día andaba con cara de pocas pulgas y ninguna amiga. Miró mal a doña Soledad cuando acabó su trabajo y le dijo que -cuando lo acabe de leer, y lo acabará de leer sólo cuando lo haya comenzado a leer, cuando lo acabe de leer, le repito, me lo pasa. Y tómese el tiempo que quiera, léalo con calma, que no tengo prisa ni afanes-. Y le largó el libro con enfado, bruscamente, no alargando el brazo con suavidad, sino en forma hosca, como si le fuera a dar un golpe. Doña Soledad no tuvo alternativa diferente a recibirlo.

Y caminó el corto recorrido entre el salón de belleza y su casa con el cuerpo firme y la quijada alta, inquieta con aquel libro bajo el brazo, sintiéndose extraña, como si hubiera salido a la calle con rulos en el pelo y en ropa de dormir, o con una minifalda de esas que llevan las jovencitas. Se sintió extraña en la ciudad que había sido suya toda la vida, Fachantoná, era fachantoniense de nacimiento, y se sintió con aquel libro como ella misma veía a esas gringas o europeas que a veces ve deambular, calle arriba y calle abajo por la avenida de Los Comuneros, perdidas en la mitad de la nada, acompañadas de unos mechudos y con faldas a lo hippie y con sus cámara fotográficas enfocando campesinos enruanados o gallinas correteando por la calle. Se sintió como una de ellas y le gustó la sensación

TRE-TRES

Comenzó a leer y vio todo mucho más fácil de lo que pensó en un principio que pudiera resultar. Las letras de la novela eran grandes y los párrafos cortos. Además, la historia estaba muy bien contada, porque con facilidad logró doña Soledad establecer cuáles eran los personajes centrales de la obra, cuál el contorno y en qué consistía el tema central de la historia.

Con lo tarde que se estaba haciendo, sin darse cuenta, al pasar una hoja más de la novela, se percató que pasaba a una página en blanco y luego a otra que se titulaba capítulo segundo. Contó la página en que estaba y vio que era la número veinte. Palpó la última página y anotó su numeración: La última página de la novela era la ochenta y ocho.

Se sintió contenta. Estaba cansada y quería dormir ya. Le había gustado mucho y el drama ahí contado lo había sentido como propio, como que por sus venas pasase y concluyó que el que había escrito esa novela debería ser un muy buen escritor. Cerró el libro e intentó leer nuevamente el nombre del autor y le siguió pareciendo de muy complicada pronunciación, porque era un apellido de un lado muy largo y, de otro, tenía muchas consonantes juntas.

En esos mismos momentos, Sónsoles salió de su cuarto y le preguntó a la abuela si le parecía que ya era hora de comer, y la abuela le respondió que por supuesto que sí, que ya debería ser tardísimo.

Sónsoles preparó un caldo caliente muy reconfortante para estos fríos que están haciendo y de segundo un pequeño trozo de pescado. Mientras comían, la abuela entusiasta le contaba a Sónsoles que estaba leyendo un libro maravilloso, un libro que tenía la más tierna y bella historia jamás contada, le dijo, y le informó que cuando lo acabara se lo pasaba para que lo leyera. Comenzó a contarle que el libro trata de una niña que mira qué casualidad se llama como tú, Sónsoles, y que de pequeña ha sufrido mucho porque nació sin padres, bueno, no exactamente que nació sin padres, sino que ellos murieron en un accidente a los pocos días de nacer ella. Y le dijo que de momento un juez debe tomar una de dos decisiones: O se va con unos tíos avaros que quieren quedarse con ella, pero solo para hacerse cargo de su herencia, o le hace caso a una defensora del menor que se huele que los tíos son malos y que cree que es mejor que la niña se quede en un orfanato muy bonito que ella conoce y a donde va de vez en cuando con ocasión de su trabajo.

Sónsoles miraba absorta a su abuela contar la historia, sin perder detalle. De igual forma, no dejaba que acabase una frase o una idea, porque en forma fulminante le preguntaba cosas de la niña, -que si en el libro dice porqué le pusieron Sónsoles, que qué dice el libro de los papás de ella, los que murieron en el accidente, que cómo fue abuelita el accidente en el que ellos murieron, ¿y sufrieron mucho?, que el papá qué hacía y que si la mamá era bonita, que porqué motivos o razones la señorita de los menores piensa que los tíos son malos, y que si tú abuela sabes porqué piensa ella que ellos son malos, y que perfectamente no son malos sino que ella se piensa que son malos, pero realmente no son malos-.

La abuela miraba con desconsuelo a su nieta y quería contestarle las preguntas que le formulaba, si por ella fuera, una a una y con calma. Pero se las hacía muy rápidamente y cuando la abuela estaba pensando en la respuesta, o comenzaba a responder una pregunta, venía la nieta con una nueva y llegaban momentos en que tenía cuatro o cinco dudas sin resolver. Ante el acoso dijo que el libro no decía más. Le insistió que tocaba esperar a mañana para ver cómo sigue

- Ahí me quedé. Quise leer más, pero los ojos se me caían, le dijo la abuela ya cansada, como si se estuviera excusando por no contestar todo lo que la niña le preguntaba. -Mañana sigo leyendo y te voy contando que más va pasando. ¿Te parece?-

Sónsoles, la nieta, no quedó contenta con la solución salomónica de su abuela, y le estuvo todo el postre insistiendo en que por favor abuela -cuéntame porqué la abogada dice que los tíos son malos, pero dime abuelita los papás de la niña qué hacían porque con seguridad que el libro tiene que decir algo de eso-.

No fue fácil convencer a la niña de lavar los platos y que te laves los dientes y que te pongas el pijama y que te metas en la cama que mañana hay que madrugar.

Preguntaba y preguntaba aún cosas de la niña de la historia que su abuela ya no supo responder.

CUAT-CUATRO

Al otro día, Doña Soledad se levantó muy temprano y lo primero que hizo fue despertar a su nieta.

A media mañana, después del aseo de rigor, después de hacer las camas, salió con su nieta a hacer unas compras, y para ello tomaron por la avenida de Los Comuneros calle abajo, como yendo hacia la plaza del mercado, volteando por la cuadra de los juzgados.

Sónsoles miraba todo con ojos de intriga.

Ya de vuelta, siendo pasado el mediodía, Sónsoles preparó, con la guía de la abuela, una sopita de verduras que te hace mucha falta para que crezcas.

Después de la corta siesta, la abuela pensó que su nieta estaría en su habitación y en sus cosas, porque no se oía nada y en esas vio un libro que reposaba sobre la mesita donde a veces colocaba el tejido.

Lo abrió, y pasó páginas en forma lenta, hasta detenerse en la primera línea de una novela que según había recién sabido le iba a gustar mucho. Y pasaba páginas ávidamente, con interés, metida en una historia que la estaba envolviendo con deleite, hasta que, al pasar una página, después de un punto aparte, ya algo fatigada, lee que comienza el capítulo segundo. Se nota cansada, que los ojos le pesan, y decide parar la lectura del libro ahí, que ya mañana continuaré.

Se levanta entusiasmada y llama en voz alta a su nieta, quien aparece repentinamente y le dice a su abuela que está muerta de hambre. Calientan lo que quedó de la sopa del mediodía y la niña prepara, con la ayuda de la abuela, unos huevos fritos con arroz.

A medida que van comiendo, la abuela le cuenta feliz a su nieta que está leyendo un libro encantador que tiene en sí misma relatada la más tierna y bella historia jamás contada, y comenzó a contarle que trata de una niña, -que mira qué casualidad se llama precisamente como tú, Sónsoles, pero con dos enes, que de pequeña lo pasó mal porque sus padres fallecieron en un accidente a los pocos días de nacer ella y hay de momento grandes dudas: O se queda con unos tíos que parece que no la quieren mucho y lo que quieren es la herencia de los padres de la niña, que parece que eran muy ricos, o se queda en un orfanato porque una señorita abogada muy joven le ha cogido mucho cariño-.

Sónsoles miró a su abuela y por la cara que puso parece que no entendía qué ocurría, porque cuando la abuela comenzó a decir lo de la novela que estaba leyendo, ella estaba segura que iba a comenzar con el seguimiento de la historia y le contaría al menos si la niña iba a vivir con los tíos o en el orfanato, e imaginaba, todo el resto de la historia.

Y cuando la abuela comenzó a contar lo que ella ya sabía, que era lo mismo que le había contado ayer, pensó Sónsoles que la abuela estaba dando un repaso corto de la historia del día anterior para comenzar con la nueva historia, la de hoy, que sería continuación de la anterior, como las telenovelas.

Al guardar silencio la abuela, creyó Sónsoles que ella estaba pensando en cómo hilar la nueva historia que debería haber contado y se quedó mirando a su abuela con ojos de intriga en espera ansiosa del desenlace del cuento. La abuela la miró con una hermosa sonrisa, se levantó de su silla llevando en sus manos su plato y los cubiertos, y le preguntó a Sónsoles:

- ¿Lavas la loza?

Sónsoles se fue a dormir, con la boca seca y sin entender muchas cosas, cumpliendo ciegamente todas las instrucciones que su abuela le iba dando: lávate los dientes, ponte el pijama, acuéstate a dormir.

CINCO

Al día siguiente, al caer la noche, llegaron por Sónsoles.

Pero momentos antes de ser recogida, después de tomar la siesta y leer un poco, la abuela la llamó.

Sónsoles se sentó a su lado junto al sofá de cuero y le dijo que ese día se iba a su casa. La abuela le preguntó si lo pasaste bien en estos días. Mientras Sónsoles contesta, e intenta contarle que lo ha pasado muy bien, le comentaba en estado de excitación y alegría la abuela, sin dejarla terminar su frase y sus ideas, que había comenzado a leer un libro encantador, un libro que aseguraban que contenía la más tierna y bella historia jamás contada. Comenzó a contarle que el libro trata de una niña que imagínate que se llama como tú, Sónsoles, que no tuvo una infancia feliz porque no tuvo padres. Le aclaró que no los tuvo porque fallecieron en un penoso accidente y que en este momento la novela se encuentra en el dilema de escoger entre que la niña se quede con unos familiares avariciosos o con una defensora del menor que cree que lo mejor es que viva en un orfanato lleno de árboles y flores.

Sónsoles miró a su abuela con amor, sin entender muy bien qué era lo que estaba pasando, porqué la abuela leía y releía el mismo comienzo del mismo libro, y en ese momento sonó el timbre de la puerta.

Había estado dos días donde su abuela porque sus padres habían tenido que ir a la capital a firmar unos documentos.

Antes de despedirse, Sónsoles vio sobre la mesita colocada al lado del sofá de cuero el libro que creyó haber visto en su mismo sitio el día que llegó. Se titulaba “La más tierna y bella historia jamás contada”, y abajo, como si fuera propaganda, decía: Un relato que le encantará. En las prisas Sónsoles lo tomó y se asustó al darse cuenta que las primeras páginas, exactamente hasta el comienzo del capítulo segundo, eran páginas arrugadas y gastadas, cuyas esquinas prácticamente se deshacían con el tacto.

El resto de hojas se mantenían intactas.