¿De qué puede servirme que aquel hombre haya sufrido, si yo sufro ahora?

 Jorge Luis Borges, Cristo en la cruz

Las diez. El frío es intolerable. Cierro los ojos y fraguo en silencio el plan de quienes quieren olvidar. (Somos prisioneros de los recuerdos, como se sabe.) Pero el asunto de la mente en blanco resulta ser siempre una pretensión insatisfecha, incluso para los que tratan de dormir una borrachera. Dicen que los monjes de Oriente lo consiguen; y también los que rezan rosarios en los monasterios. Debe ser que de alguna forma pueden mudar hasta la cabeza el silencio de afuera, metiéndolo por las orejas y las fosas nasales. En todo caso no soy un monje y el frío ha hecho que se me tapen los oídos y la nariz. Resultado: recuerdo.

Estoy muy cansado como para forzar demasiado la memoria. Esta vez no me dejaré llevar hasta tan lejos. No me veré, por ejemplo, a los siete años, evadido de la clase de aritmética, escondido de todos, acurrucado dentro de uno de los gigantescos tubos de PVC que servían como un insólito lugar de juegos en los recreos, pero que mientras toda la primaria estaba en los salones yacían sobre el pasto como ballenas encalladas. No tan atrás. Con repasar los sucesos de hoy mismo será suficiente.

Que sea en orden, por favor. Nada de caóticas apariciones que me obliguen a abrir los ojos y encender la televisión. Ya se vienen los recuerdos jóvenes, en lista con viñetas.

Temprano en la mañana, una jauría de periodistas acorralaron a un senador. Trataban de crucificarlo en público por su posible participación en una entidad de salud ineficiente o corrupta. Tráfico de influencias, afirmaban los interrogadores, pero no directamente. Sus preguntas eran torpes acusaciones disfrazadas de sarcasmos. Le preguntaron si conocía a fulano de tal, haciéndole notar que ya lo habían averiguado, pero sin decirlo nunca. Jugaban a los pillos que pillan al pillo. El senador evadió, reculó, tartamudeó. Los periodistas se ufanaron de su ingenio. Triste espectáculo de unos chismosos y un político hablando por teléfono largamente para que yo los oiga. Sentí compasión por el senador. No me importó si era cierta su artimaña.

Más tarde leí una columna de prensa. Un señor que se llama Ocampo escribió sobre una gente que se ha olvidado de que es gente, y sobre otra, que ha sido también culpable de ese olvido. Describió con letras elegantes el oprobioso retrato de unos menesterosos, los habitantes del Bronx, la pequeña zona de Bogotá que se resiste a los buldóceres. En el primer párrafo sentí pena por esas pobres almas. Después ya no. Pensándolo bien, no son tan elegantes las letras del señor que se llama Ocampo; usa mucho la palabra ‘zombi’. Aunque decir ‘buldóceres’ no sea precisamente una muestra de elegancia.

Hacia el mediodía alguien compartió en una red social los pormenores de la contienda entre un cantante español y uno colombiano, que al parecer es el exponente mayor de un género musical al que bautizaron con el extraño nombre de ‘reguetón’. El español le había dicho al otro que él sí sabía cantar y lo acusó de una especie de discapacidad mental causada por un tinte de pelo. Sentí lástima por el acusado, aunque el reguetón no es una música que me conmueve y me gustan mucho más las dulces tonadillas del acusador.

Mal comienzo. Tres evocaciones y una misma sensación. Eso ocurre cuando recuerdas cosas de otros, de los protagonistas de lo “importante”, de los hechos que pueblan nuestros días. Políticos corruptos. Periodismo eufemístico. Miseria. Sufrimiento. Desigualdad. Crimen. Estupidez. Si de sentir compasión se trata es mejor sentirla por uno mismo, por los calvarios propios, por los pequeños infiernos personales.

Me rebajo entonces, sin remordimientos, a la tendencia del ego que se queja.

Temprano en la mañana traté de levantarme. No me obedecían del todo las piernas y la cabeza me daba vueltas. Me abrí paso hasta el baño dando tumbos, como un ebrio que apenas intuye a dónde va. Era extraño porque al despertar tuve las sensación de haber dormido sin interrupciones al menos 5 horas. Al encender la luz no resistí la tentación del espejo. Entonces vi mi rostro; esa confusión de gestos escondidos; esa serenidad tan peligrosa; esa vejez, precoz y tardía al mismo extraño tiempo. Al quitarme la ropa reapareció el insoportable escozor de la alergia que el médico pensó haber resuelto con la crema de cortisona, mientras diagnosticaba un eccema atópico ocasionado por un cuadro de estrés severo. El brote se había extendido al cuello y las axilas. Me rasqué con furia, contraviniendo las órdenes del recetador de cremas. No solo me sentía como si me hubiera pasado un buldócer por encima (sí, de nuevo esa palabra), sino que ahora era una enorme roncha ambulante.

Más tarde, malas noticias. No habrá dinero suficiente para pagar la deuda. Una parte sí, pero no toda. Anticipé el reclamo de los acreedores, su rabia, sus advertencias, sus métodos de presión. Pensé en las consecuencias que involucran a inocentes. Esa angustia gobernó el día atestado de obligaciones agobiantes, de tráficos interminables, de lloviznas inoportunas, de cigarrillos que no bastan. Trabajar por dinero pensando en que ningún dinero será suficiente. Miedo. Ansiedad. Hastío.

Caminé una rato al final de la tarde para no mezclarme con la turba que a las cinco se atiborra en las puertas de Transmilenio. A las cinco odio a las personas que salen a la calle. No quiero ser como ellos. No quiero caminar en su misma dirección. No quiero salir en la misma panorámica, triste y predecible. No quiero que las cinco sea mi hora de ir a alguna parte. Sin embargo, la picazón y el dolor de las piernas se habían exacerbado y decidí enfrentarme a la multitud que se empuja. Me sorprendió la escasez de transeúntes y lo vacío del bus articulado al que subí casi celebrando un pequeño triunfo. Y sentí el olor. Un abominable efluvio en el que se adivinaba lo que segundos después descubrí con verdadero espanto. A mi lado, imperturbable, una mujer joven vestida de enfermera engullía, casi en trance místico, un chorizo callejero a medio comer, penosamente envuelto en lo que quedaba de una pequeña arepa blanca. Cuando sintió sobre ella mi ojeriza furiosa de asesino en potencia, no se amilanó; por el contrario, durante el recorrido eterno de setenta y una cuadras, me miró desafiante mientras mordía lentamente su embutido grasiento, exhibiendo a cada tanto sus labios espejados por la obscena cantidad de manteca que brotaba de su merienda.

Estas insignificantes tragedias íntimas no serían comparables con las supremas cosas que accedí a recordar hace un par de horas, y que luego deseché para concentrarme en las memorias de uno de mis peores días, si la única persona en el mundo capaz de curarme de todo y de mí mismo, de mis dolores y de mis cansancios y de mis quebrantos, no hubiese desaparecido. No sé de ella. No estoy seguro si la secuestró la guerrilla en una carretera. No sé si ha muerto de un infarto o de un ataque de risa. No sé si está conduciendo un buldócer en el Bronx. No sé si la abdujeron unos crueles seres del espacio o si a esta hora viaja en la parte de atrás de una motocicleta, sintiendo la brisa desordenar su pelo, como en una película de adolescentes que quieren ser libres. No sé si retoza al lado de unos de sus viejos amantes; o de alguno nuevo, da lo mismo. Lo cierto es que se ha esfumado en silencio, y que este día sin ella ha sido largo y ha sido injusto y turbio y solitario. Lo cierto es que sin ella solo me alcanza con abandonarme a la triste costumbre de recordar.

Las doce. Trato de prometerme que me quedaré dormido y que ya no me rascaré.

(Imagen tomada de http://www.catalunyavanguardista.com/)