Está a punto de comenzar una nueva edición de la Copa América, y con ésta regresarán las frases prefabricadas que usan los comentaristas deportivos. Oíremos de nuevo sesudas conclusiones tales como que en el fútbol son once contra once, como que los partidos se terminan cuando se terminan, y como que en ese deporte gana el equipo que hace los goles. Pero entre obviedad y obviedad, estos filósofos de onda corta emplean un lenguaje barroco y rebuscado que a veces revela bastante acerca de nuestro carácter nacional.

Noten, por ejemplo, que a los mexicanos, quienes ya de antemano rinden tributo a unos de sus grupos aborígenes por medio del nombre de su país, los Javier Hernández Bonett y los Carlos Antonio Vélez los llaman 'el conjunto azteca'. Esos microfoneros se refieren también a los paraguayos como 'el combinado guaraní'. Y los peruanos cualquier día pueden convertirse en 'la banda inca'. Sin embargo, ninguno de esos comentaristas y locutores, ni ninguno de los colombianos que decimos no soportar sus habituales sandeces, pero que los oímos para burlarnos de ellos con cierta perversidad morbosa, nos hemos referido nunca a la Selección Colombia como 'el onceno chibcha'.

¿Chibcha? Para nada. A quién se le ocurre. Ser chibcha es anatema en Colombia. No por nada uno de los insultos considerados más ofensivos en Bogotá es el de 'indio'. Llamar indio a alguien en esa ciudad es peor que llamarlo ladrón o asesino.

No somos, pues, el conjunto chibcha, ni el combinado muisca. Negamos en redondo ser descendientes de Tisquesusa o de Quemuenchatocha. Tampoco el estadio de Bogotá se llama 'Estadio Chibcha', ni tenemos un canal de TV que se llame 'Canal Muisca', como sí los tienen los mexicanos, que de esa manera les demuestran un merecido respeto a los aztecas, a quienes les fueron usurpadas esas tierras a sangre y fuego. No hay en Colombia un equivalente al Inca Garcilaso de quien enorgullecenos. Y para designar una bebida alcohólica que nos parece despreciable, solemos referimos a ésta como una 'chicha', que era el trago de los indígenas que habitaban las altiplanicies de los zipas y los zaques.

Me dirán que Bogotá se llama así por 'Bacatá', nombre con el que conocían los lugareños precolombinos a la región donde llegó Jiménez de Quesada a levantar sus doce bohíos. Sí, pero recordemos que hace menos de 25 años un grupo de leguleyos rolos, nostálgicos de los blasones y abolengos españoles, quiso -y lo consiguió- anteponerle al nombre de Bogotá el muy chapetón de 'Santafé'. De hecho, ni siquiera el museo donde se exhibe la magnífica orfebrería de los indios moscas (sí, así también se llamaban, para quienes no lo sabían), lleva un recordatorio de sus fabricantes, sino que fue bautizado con el nombre del metal que les arrebataron, y a causa del cual sufrieron las peores vejaciones.

Y mientras incluso en Estados Unidos, donde los indios fueron brutalmente exterminados, se han intentado tenues reivindicaciones a través de los Indios de Cleveland, de los Bravos de Atlanta y hasta de las camionetas Cheyenne y Apache, en Colombia los chibchas han sido, como digo, sistemáticamente invisibilidados por sus descendientes directos, los bogotanos. No pasa lo mismo en otras regiones del país: los tolimenses, por ejemplo, apodan 'Los Pijaos', no sin cierto orgullo bélico, a su equipo de fútbol. Los valduparenses, por su parte, siempre están dispuestos a informarle a todo el que quiera oírlos que allí en ese valle reinó en otro tiempo un cacique llamado Upar.

Este último, de hecho, es el caso de toda la región de la Costa Atlántica donde, con la excepción de Cartagena, sus habitantes -aunque algunos de ellos no sepan a ciencia cierta por qué- se enorgullecen de definirse como 'caribes'. Tanto es así, que allí un sinnúmero de las empresas, instituciones y organizaciones llevan ese apellido. Así es en Barranquilla y en Santa Marta. Y hasta en La Junta, donde le han sacado tanto pecho al asunto indígena que todavía lloran la reciente muerte de su cacique.

Pero en Cartagena no, repito. Quizás se deba a que los estrechos lazos entre las élites cartageneras y bogotanas, que han sido de toda índole y que datan de los tiempos coloniales, terminaron contagiando a las primeras de ese concepto deshonroso en el que siempre se tuvo a la ascendencia amerindia en la petulante Santa Fe. De ahí, de ese contubernio racista y ancestral, viene el término 'cartacahaco', con el cual se suele diferenciar al cartagenero de sus vecinos de zona.

Con todo, cuando discutí esto con un amigo, él me hizo ver que en Cartagena la verdadera repugnancia se la profesan a los negros, no a los indios. Y sustentó su afirmación con malicia poco indígena: me recordó que es en Cartagena dónde está uno de los pocos monumentos dedicados a un nativo de estas tierras profanadas por Ojeda: la India Catalina. "Sí y no", le riposté yo. Y procedí a aclararle que el agradecimiento que le tienen a la broncínea homenajeada no sólo obedece a que fue la amante del encopetado Pedro de Heredia, sino que gracias a sus artes traductoras de Sacagawea criolla fue que el cruel conquistador sometió a los turbacos y a los mokana, a los caciques Carex y Bahaire, y supo la ubicación de los tesoros de Zipacóa y Mahates.

"¿Ya entiendes?", le dije.

Imagen tomada de http://blogs.golcaracol.com/