En el año 1955, Truman Capote era un mar de dudas sobre su talento literario, y le escribió una carta al editor de Otras voces, otros ámbitos (1948), sobre qué camino seguir. Había ensayado con poca fortuna el teatro, con dos adaptaciones de sus textos Un árbol de la noche y la Casa de las flores; necesitado de dinero, había escrito para el productor David Selznick, el guión de La Burla del Diablo, de John Houston, y reescrito – con pésimos resultados- Estación Termini de Vittorio De Sica. Con todo, era el mimado de la alta sociedad, que le había abierto sus puertas, que lo veía como una mezcla de duende y niño prodigio de la literatura, mientras sucumbía a la fascinación por el periodismo (que le llevó a expresar “Me gusta que lo verosímil sea real para poder cambiarlo”) con textos para Harpers Bazaar o Cosmopolitan. Paralelamente, trabajaba en técnicas que le permitieran desarrollar al máximo las posibilidades fotográficas de la memoria. El editor le recomendó que volviera a su primer amor, la narración, y Capote, juicioso, acometió un relato que tituló de manera provisional, Desayuno en Tiffanys. “Espero tener algo interesante que mostrarte para Septiembre” (De 1956).

Pero así como Capote era un ejemplo de disciplina en la escritura cuando se acometía a ello, había dos cosas a las que no podía resistirse: Las invitaciones de la alta sociedad, y los viajes. Por eso, cuando el respetado músico Harold Arlen le sugirió que acompañara a la Compañía Everyman a una gira de Porgy and Bess por la Unión Soviética en el invierno de 1955, y escribiera una serie de artículos sobre ello, no opuso resistencia: Desayuno tendría que esperar.

En esos años de la Guerra Fría, con Stalin muerto, sus sucesores (Malenkov y después Kruschev) querían mejorar las relaciones soviético- americanas, en una especie de deshielo, y qué mejor que iniciar ese deshielo con una gira cultural de algo muy americano, como la Ópera Porgy and Bess, del compositor George Gershwin, con su estructura que debe mucho al jazz, al blues, y sus personajes de color. La Everyman Opera, de Robert Breen, compuesta en su mayoría por actores de color, fue seleccionada para la gira, en el invierno de 1955-1956. Las peripecias de la compañía, fue observada con atención por Capote, quien anotó todo lo que vio y sucedió en la compañía: Desde la salida en tren de Berlín, en medio de un frío infernal, el paso por las fronteras y los enredos con los pasaportes, el proyecto de dos de los miembros de la compañía (negros) de casarse en Moscú “La primera pareja de negros norteamericanos que se casa en Moscú. Eso es de TV”; el estirado comportamiento de Breen y su esposa, que se tomaron el papel de embajadores de buena voluntad con exagerada solemnidad; el desespero del columnista del New York Times que exigía para él solo un compartimiento de tren; o señalar cómo la esposa de Ira Gershwin se la pasaba todo el tiempo borracha, diciendo frases imprudentes, sin perder su elegancia al vestir, avergonzando a la troupe. Todo ello fue anotado por Capote, y también la impresión que le produjeron los rusos, un pueblo triste, ahogado en alcohol con un ansia de conocer más de la sociedad americana, y a la vez atender y dejarse impresionar por los recién llegados. Y Capote se acometió a ello. En Leningrado, en el Hotel Astoria, bajo por el vestíbulo vestido de una manera estrafalaria y claramente afeminada, llamando la atención de todos a su alrededor, lo que llevó a exclamar a un funcionario soviético: “En Rusia también los tenemos, pero los escondemos” (Alusión a los gulag o campos de “reeducación”)

Capote, vio, anotó y contó todo, con una mezcla de honradez y maledicencia. Visitó en compañía de Patricia Johnson (una corresponsal americana que años después señalaría que era una de las dos personas que conocieron a Kennedy y su asesino, Oswald. El otro – obviamente-era Truman Capote) los barrios pobres y los bares sórdidos de Moscú. Se enamoró del traductor de la ópera, le ayudó en la traducción y recordó su presentación: un pobre muchacho campesino que describió el primer acto a los espectadores aterrorizado y con voz inaudible. Después de los frenéticos aplausos del primer acto, ya en el segundo y en el tercero, hablaba con fluidez, traduciendo las escenas, e incluso comentando la obra.

Al final, pese a lo visto y anotado, se dio cuenta que le faltaba material. Así que le añadió su propia visión, o ficción. Encontró el título en una frase en la bienvenida de un funcionario ruso “Cuando los cañones callan, se oyen las musas”. El resultado de ese viaje fue una crónica satírica, que con gran sutileza en sus matices, contiene una penetrante radiografía de la realidad soviética. En un aspecto formal, le permitió a Truman perfeccionar un aspecto de su escritura: El uso de técnicas de la ficción, al tratamiento de los hechos reales.

Publicada en 1956, Se oyen las musas (The muses are Heard) tuvo poca repercusión, y en su momento fue muy poco leída, pero quienes la leyeron notaron que estaban ante una obra de un género singular: Una crónica, que mezclaba periodismo y ficción, sin saber dónde comienza lo uno y termina lo otro. Lo llamarían Nuevo Periodismo, pero eso sería años después. Quizá los lectores perspicaces sucumbieron a lo señalado en el prólogo: “Todo lo que cuento aquí son hechos, lo que no significa que sea toda la verdad, pero sí todo lo que puedo aproximarme a ella”.

Hay que decirlo, Capote no fue el único ni el primero: pero si fue uno de los principales difusores de este nuevo estilo: Años más tarde, con lo aprendido, se acometería a investigar y escribir sobre un oscuro crimen en Kansas, que lo dejaría exhausto y acabado, pero nos brindaría una obra maestra de la llamada Crónica o Novela de No ficción: A sangre Fría, en 1966. Técnica que usarían con mayor o menor fortuna, Norman Mailer, Gay Talese o Gore Vidal en la literatura americana. Y varios más en el mundo.

De poco más de 130 páginas, la influencia de Se oyen la musas, continúa hasta hoy. Ya ha sido superado por infinidad de trabajos, e incluso lo relatado puede parecer hoy carente de interés. Pero el género que inauguró, la crónica en su forma actual, es cada vez más influyente. Un género nuevo, ya aceptado: el último premio Nobel de literatura, Svetlana Alexievich, es heredera directa de ello.