Por Paul Brito

La historia cuenta que sin las trenzas de las esclavas, los esclavos no hubieran podido escapar de Cartagena por entre los Montes de María hasta el lugar donde hoy está situado San Basilio de Palenque. En los surcos y marañas que estas mujeres delineaban al trenzar sus cabellos, cifraron el mapa de la libertad. Como ellas no estaban sometidas a la misma vigilancia que recibían los hombres, podían dedicarse a escudriñar el territorio y calcarlo en sus cabezas: esos ríos, montañas y senderos que solían recorrer las tropas españolas, de manera que los esclavos supieran qué áreas debían eludir y qué sendas podían transitar al momento de la fuga.

El pelo de las palenqueras sirvió también como arca para guardar las pepitas de oro que lograban extraer a escondidas en su trabajo minero. Y para atesorar semillas que después florecerían en la tierra donde fundaron su pueblo, garantizando así la seguridad alimentaria de sus familias. Sin esas gestas sutiles de las primeras mujeres de Palenque, sospecho que hoy los niños palenqueros no sonreirían de la forma como lo hacen hoy.

En sus rostros no están las cicatrices de impotencia ni los surcos sombríos que dejan la pobreza espiritual y la servidumbre asumida en los rostros de otros hombres. Cada acción valiente rompe no sólo con las cadenas del pasado y el presente, también deja fisuras para seguir rompiendo las del futuro. La audacia y la inteligencia de aquellas damas siguen abriendo brechas de alegría y posibilidades de crecimiento a las nuevas generaciones de afrodescendientes, no solo de Palenque sino de todo el Caribe y Latinoamérica, al igual que la memoria de hombres como Benkos Biohó, Pambelé y Evaristo Márquez continúa inspirando a los niños de cualquier pueblo a redimirse de sus propios grilletes.

Cuando uno escucha el grito de “alegríaaaa” y ve avanzar por la calle a una robusta palenquera sosteniendo sobre su cabeza una ponchera de aluminio colmada de dulces, siente revivir el ardor de las antiguas esclavas. Percibe también que esa palabra con que, no de forma gratuita, designan su producto más conocido es pronunciada con un dejo de dolor, quizá porque saben en el fondo que la única felicidad perdurable es la conseguida de manera ardua.

“Queda un recipiente de arcilla/ donde bebíamos aguas despiertas/ unas voces que vuelven reclamando a sus dueños”, escribe con sabiduría ancestral el poeta palenquero Uriel Cassiani. Los nuevos habitantes del presente deben volver a entonar la palabra libertad en su hondo sentido, tocar con redoblada fuerza los tambores de su sangre, blandir su eterno lumbalú contra las fuerzas de la muerte, trenzar los viejos caminos para avivar la semilla del pasado y volver a adueñarse del futuro. Ese futuro que ya es de ellos, porque también será su herencia.

 
(Imagen tomada de hkw.de)