Tomado del muro de Jaime Romero Sampayo

¡Ali es el más grande! Tristeza, desolación, y contrasentido: hoy falleció un hombre inmortal. Aquel al que llamaron Cassius Marcellus Clay —un nombre propio de esclavos—, pero que se hizo llamar como él quiso y su nuevo nombre lo convirtió en sinónimo de Libertad en todo el mundo, murió hace pocas horas contraviniendo las imposibilidades lógicas, emocionales y metafísicas. Una excepción así de absoluta no se veía desde el día que el sol hebreo y cristiano se detuvo en mitad del cielo, o desde que algunos de los más hermosos, fuertes y mejores héroes y dioses griegos, a pesar de ello, murieron.

Decir que Muhammad Ali fue el más grande boxeador, o el más grande deportista de todos los tiempos, lejos de ser un halago, casi que roza el insulto: Ali fue mucho, muchísimo más que eso. Aquello que Salvador Dalí dijo de sí mismo, fue mucho más cierto en Muhammad: en su vida fue aún más grande y genial que en su obra. Y su obra ya fue la más grande de todas.

Ali no fue un boxeador, fue un genio del movimiento, un nuevo creador del ritmo, y maestro supremo de la elegancia. A mi mujer el boxeo le parece cosa bárbara, y sólo verlo –peor que a los toros- le produce gran aprehensión. Sin embargo, recuerdo el día en que entró de repente al salón y yo estaba viendo una puesta en escena de Ali con guantes flotando sobre un entarimado, ella nunca lo había visto, y entonces sólo acertó a decir: ¡Oh, qué bonito, qué bonito! Y así era: ver a Ali flotando —danzando— como una mariposa y picando como una abeja punzante, es la cosa más bonita que se ha podido ver en muchos siglos. La Belleza y el Movimiento personificándose al mismo tiempo en un solo hombre.

Y su vida, de principio a fin, fue una oda completa a la libertad, a la no dominación. No fue hombre de brindis al sol y postureo, sino que, muy por el contrario, siempre estuvo dispuesto a pagar –y pagó en carne viva- el altísimo precio de su osadía. Ali fue un hombre inteligentísimo, de verbo ágil y prodigioso; un poeta guerrero, como si Aquiles robara la voz de Homero y se narrara a sí mismo y sus hazañas.

Ali no tuvo estudios, pero su genialidad natural siempre le permitía ver con claridad que si había un queso y un ratón, ya podían racionalizarlo con mil teorías y palabras eruditas y todo lo que quisieran, pero el único asunto real ahí era que el ratón procuraría comerse el queso a como diera lugar, y que si el queso era tuyo sólo tenías dos opciones: o tú te dejabas enredar por las palabras y te quedabas sin nada, o tú te traías un gato callejero a casa. Muhammad Ali fue el mayor atleta, el más eficiente y verdadero revolucionario, el hombre del corazón más grande y el humano más elegante del siglo XX. Pero todas sus maravillosas facetas estuvieron fuertemente entrelazadas, pues en realidad se trata de una sola cosa vista desde diferentes ángulos. Su genialidad, potencia y belleza suprema de movimiento no era más que otro ángulo desde el cual ver su valor personal, su osadía libertaria y su calidez humanista. No el boxeador, el atleta, el bailarín; no el revolucionario honesto y verdadero, el poeta guerrero, el activista de las mejores causas, la bomba de amor y amor y más amor que fue en esta vida. Mucho mejor que eso: Ali el Hombre. ¡Ali es el más grande! Descansa en paz…

(Foto tomada de López-Dóriga Digital)