Por Nicolás Muñoz

Este parece ser el hombre más interesante del mundo. Habría que mirarle nada más ahora para hacerse la imagen. Aquí, en su sala, contemplando por un momento lo que ha sido su vida. Qué cantidad de cosas, qué cantidad de libros. Estira una mano con un movimiento de autómata. Entre todas las porcelanas y cachivaches agarra el objeto que aparenta más edad. Se podría adivinar, siendo éste una cajita musical, que fue la primera pieza de su masiva colección. Sin embargo no la detalla de tal modo. La ve como si mirase al vacío. Le da cuerda sin afán. La acerca. Al empezar la melodía se percibe en él aún más quietud. Mientras escucha la va mirando cada vez más de cerca, entrecerrando más los ojos. Algo trata de recordar, pero…

-¿Querido? -una voz llama desde lejos, arrebatándole el trance.

-¿Sí? -contesta él sin apartar la vista de la caja mientras suena.

 -¿Querido? -ella sale de la cocina sosteniendo una bandeja de té-. Aquí estás. Ayúdame con esto un segundo.

La melodía se detiene. Él espabila y deja el adorno casi encajado en su silueta de polvo.

-¿Me ayudas? -repite ella atravesando la sala, llamando su atención.

-Claro -dice él mientras se acerca con una sonrisa. En un solo movimiento recibe la bandeja y le posa un beso en la frente. Ahora ella también sonríe. Toma en cada mano algunos libros de la mesa de centro. Los reacomoda en torres en el suelo, a lados opuestos de cada sillón. Vacía un cenicero en la papelera. Suena el teléfono. Él se agacha para poner la bandeja sobre la mesa.

-No, querido -dice ella desdoblando un mantel -, déjalo sonar. Han llamado a vender Biblias toda la mañana. Sostén eso un segundo -tiende el mantel sobre la mesa. Él pone la bandeja sobre el mantel. El teléfono calla. Ella pone el cenicero sobre la bandeja. Todo listo. Ambos se sientan.

-¿Azúcar? -pregunta ella sirviendo el té. Él, con un cigarro ya en la boca, la mira con desconcierto:

-No, linda, no lo tomo dulce.

Ella se detiene un segundo. Él la sigue observando. Pone la jarra de té sobre la bandeja. Sonríe para ella misma y, sin mirarlo, sacude con levedad la cabeza.

-No, por supuesto que no.

Él rebusca en sus bolsillos sin quitarle a su mujer la mirada. Encuentra las cerillas cuando ella ha puesto la segunda cucharada de azúcar en su taza. Para cuando prende el cigarro, ha puesto ya otras dos.

-¿Cuatro? -murmura por accidente, pensando en voz alta.

-¿Qué dices, querido? -dice ella alzando la cabeza, poniendo otras dos cucharadas.

-Nada... Nada.

Le da un sorbo al jarabe. Lo saborea, lo traga despacio. Deja la taza sobre la mesa y agarra el primer libro de su torre. Él, que no le ha quitado el ojo, hace lo mismo. Con sigilo, peinan rápidamente el papel con la vista. Él fuma cada vez más rápido, cada tres páginas tose. Ella da largos sorbos al jarabe, haciendo luego una mueca que casi no se nota. Al cabo de unos minutos el silencio se rompe por un gemido casi mudo. Se ha cortado un dedo con el papel. Mira la sangre casi suspirando. Él la ve con compasión.

-Estoy distraída -dice levantándose.

-Yo también -combina él aplastando la colilla contra el fondo del cenicero. Deja el libro sobre la torre. Se estira para agarrar el periódico y lo abre en la página del crucigrama. Saca un bolígrafo del bolsillo de su camisa.

Ella se acerca a la repisa. Coge un disco de vinilo y lo pone a andar en el tocadiscos. Se chupa el dedo, luego lo remienda. Vuelve a sentarse con una caja de galletas. Mientras come observa a su marido. Cuánta quietud, como una escultura. Los ojos entrecerrados, fijos en el papel. Ni siquiera está leyendo algo. No, ve directo a uno de los miles de puntitos de tinta de imprenta. Ella deja de masticar.

-¿Qué pasa? -pregunta con la boca llena. Él aparta con rapidez el periódico de su propia vista.

-Nada... Me siento distraído -le responde agarrando su taza.

-Pues -traga y sonríe- yo te vi muy concentrado.

La mira con las cejas levantadas, con seriedad. Ella deja de sonreír. Él acaba el té de un sorbo y se apresura a servir otra taza. Se levanta y camina hacia la repisa. Con la misma expresión rigurosa empieza a detallar una por una las montañas de libros.

-¿Te sientes bien? -pregunta ella.

-Perfectamente, linda -responde sin mirarla. Jala hacia abajo las cejas y exhala con fuerza. Agarra un reloj y lo observa por un segundo. Lo deja sobre la repisa. Ahora coge un payaso de porcelana.

-¿Buscas algo? -insiste.

-No -devuelve el payaso-. Sólo reviso que todo -un gato negro esculpido en madera- esté en su lugar.

-¿Y falta algo?

-No, linda. Es solo que -se vuelve a verla. La mira fijamente y enmudece. Sus ojos se impregnan de angustia.

-¿Qué? ¿Qué pasa? -pregunta ella con delicadeza. Él calla por otro momento.

-Ven, acércate -le dice. Ella obedece. Se levanta con lentitud. Él la apresura con un gesto.

-¿Qué pasa? -repite confundida. Él devuelve el gato a la repisa junto a su gemelo esmaltado en blanco. Los señala.

-¿Te acuerdas en dónde compré ésos? -ella lo mira a los ojos. Luego desvía la mirada y se queda ahí, inmóvil por un instante. Sonríe y le ve de nuevo.

-No, no me acuerdo. ¿Dónde?   -él la ve con aspereza, le arrebata de nuevo la sonrisa. Señala ahora las porcelanas.

-¿Y ésas? -ella apenas las ve y responde con una carcajada:

-Podría jurar que ésas jamás las he visto. ¿Me quieres decir qué es lo que piensas?

Sin responder, sin sosiego en su expresión, se desparrama en el sillón y prende otro cigarrillo. Ella se acerca hasta juntar sus rodillas con las de él. Le toma con dulzura las mejillas levantándole la cara-. Háblame, ¿qué es lo que tienes?

-Tampoco me acuerdo dónde conseguí esas cosas -dice por fin.

-Ay, querido -dice ella como una madre-, ¿es eso lo que te aflige? ¿Tu mala memoria? -lo abraza, lo besa.

-Creo que no se trata solo de mala memoria -dice sin consuelo.

-¿De qué hablas? -pregunta ella apartándolo. Él la mira y, después de un breve silencio, echa la vista hacia el suelo.

-No recuerdo dónde conseguí las porcelanas. Tampoco los gatos, o los libros. No recuerdo jamás haber oído esos discos o haber colgado todos esos cuadros. No puedo llenar el crucigrama porque no recuerdo las respuestas. No me acuerdo del nombre de la canción que toca esa cajita musical y, perdóname linda, pero tampoco sé el tuyo.

Ella lo ve atónita. Él apaga la colilla en el cenicero.

-Estás jugando -dice. Él menea la cabeza. Ella se inclina quedando a su altura -. Bueno... -se lleva una mano al pelo, inhala hondo y sopla con fuerza-. Te llamas Nicolás Muñoz. Yo soy Lucía, tu esposa. Nos casamos hace poco más de un año. Cuando te conocí ya tenías todas estas cosas, nada lo compraste conmigo. La cajita me la diste de aniversario. La canción es Tenderly. La tocaron en nuestro matrimonio. ¿En serio no te acuerdas de nada?

-Nada -dice él con la mirada perdida. Ella desliza un poco el mantel y se sienta sobre la mesa frente a él.

-Carajo -suspira.

-Carajo -repite él sacando otro cigarro. Le tiende el paquete.

-No fumo.

-Lo siento -pone el paquete sobre la mesa. Ella lo mira.

-Supongo que hay que llamar a un médico.

-Creo que es lo mejor -combina él.

-Voy a llevar esto a la cocina, ¿está bien?

-Bien.

Ella se levanta y recoge la bandeja. Él prende el cigarro. Se queda ahí, fumando despacio, oyendo la música. No la ve al entrar en la cocina. No, se concentra en lo que escucha. Cierra los ojos, casi que sonríe. Pero suena el agua del grifo chocar contra el fondo de las tazas. Al oírla se levanta con el rostro envuelto en una mueca. Sube el volumen al tocadiscos y su expresión se relaja de nuevo. Y fuma despacio, ahora parado junto a la repisa. Suena el teléfono. Repite la mueca con aún más acento.

-¡Déjalo sonar, querido! -dice ella. Su voz, con ligereza, logra atravesar el muro de ruido que se ha construido. Él, a medio camino del la mesa, se detiene y voltea a ver a la cocina. El agua se detiene. Vuelve a ver el teléfono con la mirada llena de intriga. Se apresura a contestar.

-¿Aló? -se devuelve a bajar el volumen. Ella sale de la cocina con un papel en la mano- ¿Aló...? -cuelga.

-¿Biblias? -pregunta ella.

-No lo sé, han colgado. ¿Qué es eso?

-El número del médico, le voy a llamar ahora.

Él se sienta y da la última calada de este cigarro. Ella desdobla el papel. En éste se lee únicamente, escrito con trazo fino, un número de siete dígitos. Levanta la bocina, marca.

-¿Aló? ¿Con quién hablo? Doctor Salgado, buenas tardes, habla con Lucía Muñoz... Desde el sillón él la ve escribir en el papel el nombre del médico. La letra es distinta de la que escribió el número, sin duda. La recorre con la vista desde la mano hasta el rostro.

-... Verá, Doctor, mi marido perdió la memoria... Sí... No, tiene treinta años... Sí...

Él la ve con intriga. Pero al parecer el pensamiento es interrumpido por algo en la repisa. En el tocadiscos comienza a sonar una melodía que llama su atención. Se levanta, se acerca a la torre de vinilos. Sube un poco el volumen. De la cima agarra el empaque vacío del disco que gira bajo la aguja.

-... No, parece sano, camina y habla normalmente. Hasta fuma. Se ha dado cuenta él mismo que no recuerda...

 -¿Linda? -le llama, levantando luego la vista del reverso del empaque de cartón.

-Espera -susurra ella tapando la bocina -... ¿disculpe? Hace poco más de un año... No, no que me acuerde...

Él regresa el cartón a la torre. Con los ojos entrecerrados, con lentitud, empieza a recorrer la sala. Cuando ha llegado cerca a la puerta de la cocina, se detiene. Parece que quisiera enfocar algo al otro lado del piso.

-No... Hmm, no... No, no, tampoco... Solo... Parece algo nervioso, va de un lado a otro por toda la sala...

Y así mismo, frunciendo el ceño, se aproxima al sillón de ella. Su trasero permanece aún inmortalizado en el cuero. No tiene que agacharse demasiado para posar los dedos sobre el periódico. Antes, al quitarlo de su vista, lo había colocado sobre el libro que ella leía. Del título del libro había quedado descubierta solo una T mayúscula en estampa celeste. Retira poco a poco el papel revelando una E, luego una N, una D.

 -... Entiendo, sí... ¿Y cuál... Cuál es la posibilidad de que sea esa?

Al terminar de ver la tapa completa se apresura a abrirlo.

-... Está bien. ¿Qué puedo hacer mientras tanto?

Lee unas cuantas líneas.

-¿Linda? -le llama sin dejar de leer.

-Espera un segundo -insiste ella con el mismo susurro-...disculpe, Doctor, ¿me repite eso último?

-Linda -repite levantando la vista. Ella le da la espalda y se aleja un paso.

-Sí, entiendo...

-¡Mierda, linda, cuelga el teléfono!

La música se detiene, la aguja le da un rasguño constante al centro del disco. Ella se vuelve a verle.

-Disculpe, Doctor, ahora le llamo -cuelga-. ¿Qué es lo que te pasa? ¡Estaba a punto de darle la dirección al médico! ¿Cómo se supone que venga si…-

-Linda mírame a los ojos. Quiero que me digas la dirección de esta casa -ella titubea, desvía la vista -. ¡Mírame, linda!

Le mira. Se queda ahí mirándole. No habla, no se mueve, casi que ni parpadea. Su rostro, al igual que el de él hace instantes, se impregna de confusión y angustia. Logra relajar sus hombros solo un poco al desviar la mirada del todo.

-No te acuerdas, ¿cierto?

Vuelve a verle con lo que se podría confundir fácilmente con ira. Él le posa la mano en la mejilla con suavidad.

-Linda, si algo sé (porque no es que lo recuerde precisamente) es que de ninguna manera tengo treinta años -toma el papel de la mesa. Se lo enseña. Señala los dos últimos dígitos del número telefónico, que son un 3 y un 0. Ella no responde. Él, con cierta frustración, arruga el papel y lo lanza sin fuerza hacia la mesa. Da un par de pasos hacia la repisa. Coge la cajita musical y le da cuerda. La deja sobre la madera. Con la otra mano, antes de soltar la llave, repite la última canción del disco. Reproducen al tiempo.

-Dime, ¿te acuerdas de esa canción? -no responde. Él le extiende el empaque de cartón -. La última del lado A. ¿Puedes leer el nombre en voz alta?

-Summertime -dice con un hilo de voz.

-¿Cómo dices?

-Summertime -repite mirándole. Él la mira en silencio por un segundo antes de continuar:

-Me dijiste que se llamaba Tenderly. No es así. ¿Pero sabes, linda, qué se llama Tenderly en esta sala?

Vuelva a levantar el libro de título celeste. Ella lo recibe.

-¿Sabes qué me parece curioso, no? El nombre del autor me parece curioso -sonríe -. Al leerlo me sorprendió, ya que no recuerdo nada. Supongo que ahora soy susceptible a la información. Pensé en el momento que quizá era yo un escritor. Pero me bastó con abrirlo. Entonces miré la foto del autor y, por alguna razón, ya no me sentí para nada sorprendido. Solo sentí curiosidad.

Ella abre el libro en la última página. Le vuelve a ver en silencio. Su sonrisa se ha borrado.

-Ese no soy yo. No me llamo como dices. Ábrelo donde está el separador -ella obedece. Lee unas cuantas líneas e involuntariamente descuelga la mandíbula -. Así es, linda. Tú tampoco te llamas como dices. Lucía es el personaje de ese libro -mira al suelo, cierra el libro -. Me causa curiosidad, linda, si todo lo inventaste o eres ahora susceptible como yo.

Ella levanta la vista. Su expresión no refleja más que descomposición. Se sienta en el sillón. Coge el paquete casi acabado y saca un cigarro. Lo prende. Sus ojos enrojecen y se inyectan rápidamente en lagrimas.

 -Entiendo -dice él alejándose. Retira la aguja del disco. Se agacha y abre la alacena inferior de la repisa. Saca del fondo, entre tintineos, una botella de Bourbon y dos vasos -. Parece que soy un tipo elegante -añade medio sonriendo. Se sienta. Ella recibe el trago. Lo bebe de un sorbo. Enmudecen por unos instantes mientras sirve otro.

-El hombre en el teléfono... -dice después de beber, con la voz quebrada.

-¿El doctor? -la interrumpe.

-Sí...-responde ella sin mirarle -. Me estaba preguntando por tus síntomas. Mencionó éste y -sonrió y sus ojos gotean por las mejillas -me pareció tan absurdo.

-Tampoco recuerdas nada, ¿verdad? -ella lo piensa un segundo, menea sin ganas la cabeza -¿Y ahora?

Lo mira a los ojos con los suyos como charcos. No lo resiste. Rompe en llanto, en silencio, escondiendo el rostro. Él la observa lleno de empatía, como si la conociera. Sirve otro vaso más alto que el anterior. Le da un trago y se levanta. Le da vuelta al disco y le posa encima la aguja. La música no hace que el llanto cese. Acaba el vaso. Agarra al azar uno de los libros de las torres. Peina las letras con rapidez, pero sin perder nunca la calma. Al cabo de dos o tres párrafos alza la vista y mira al rededor. Deja el libro sobre la repisa. Da un paso, agarra el periódico. Coge de arriba una escultura de una mujer africana y la envuelve. Levanta de nuevo el libro, el vaso y camina hacia ella. Con suavidad le quita el cigarro de entre los dedos. Deja el libro abierto sobre la mesa frente a ella y sirve otro trago. Se aleja tres pasos, fuma y da la vuelta. Empieza a caminar hacia ella de nuevo.

-Sí, linda, fue un viaje increíble. Es una cultura tan rica, incluso con más maña y tradición que la nuestra.

Ella levanta la vista, el llanto se detiene. Él bebe, fuma.

-Y sin embargo viven vidas tan simples. Me resulta envidiable. Lo juro, a pesar de todo, lucen tan felices.

Se limpia las lágrimas que empapan sus mejillas. Él le sonríe, con la mirada le señala el libro abierto. Ella lee por encima algunas líneas y vuelve a verle con interés.

-Te he traído un regalo -se sienta, le entrega la estatuilla envuelta en periódico-. Perdón por el empaque. La verdad es que olvidé cambiar el que me dio el vendedor. La compré en el rincón más desagradable del Congo. Espero que te guste.

-Querido... Está bellísima -le dice con una sonrisa al desenvolverla -. Muchas gracias -lo besa.

-Cuéntame, linda -dice cruzando una pierna -, ¿con qué te ocupaste estos meses?

-Bueno... -dice ella acercando un poco el libro con los dedos. Pasa unas cuantas páginas. Lee un segundo -. He pasado mucho tiempo con mamá. Se ha sentido mal desde que papá murió. A pesar de todo lo que ha pasado en los últimos años, es mi madre y siento que debo acompañarla. Aunque me saca de quicio a menudo, ya sabes cómo es. ¿Quieres una taza de té?

-Me encantaría -ella se levanta -. ¿Qué te pasó en el dedo?

-Me corté cocinando esta mañana-lo mira sonriendo y entra en la cocina. Él se levanta. Parece ser el hombre más interesante del mundo. Habría que mirarle nada más ahora para hacerse la imagen. Aquí, en su sala, contemplando por un momento lo que podría ser su vida. Qué cantidad de cosas, qué cantidad de libros. Estira una mano con un movimiento de autómata. Pasa los dedos con cuidado por todos los adornos. Entre todas las porcelanas y cachivaches agarra un dragón esculpido en piedra roja. Lo mira cada vez más de cerca, entrecerrando los ojos.

-¿Querido? -le llama ella. Le arrebata el trance.