Por Alejandro Arcila Jiménez

Hoy, el Plan de Desarrollo Municipal 2016 – 2019, presentado al Concejo de Medellín por el Alcalde Federico Gutiérrez, pretende hacer del Índice de Felicidad Integral uno de los indicadores principales de la gestión de su gobierno. Dicha iniciativa se ha presentado como una de sus apuestas más revolucionarias: “medir la felicidad de los ciudadanos de Medellín”; sin embargo no parece nada diferente del viejo y desgastado dicho de “El país más feliz del mundo”.

Resulta interesante preguntarse, ¿de dónde salió el famoso índice de felicidad?, y la respuesta a esa pregunta parece un antiguo cuento oriental:

Jigme Dorji Wangchuck, el Tercer Rey Dragón de Bután, murió repentinamente en 1972 y su trono fue heredado por Jigme Singye Wangchuck, el Cuarto Rey Dragón. En 1974 fue coronado y desde ese día se convirtió en el Rey más joven del mundo, pues tenía apenas 17 años cuando asumió las riendas de su reino. A su coronación asistieron altos dignatarios extranjeros quienes criticaron fuertemente la pobreza en la que estaba sumido el pueblo butanés. Pero el joven Rey se defendió afirmando que su país era el más feliz del mundo.

La decisión que tomó sorprendió a todos, pues no se decidió por acabar la pobreza -que hubiera sido lo natural- sino por medir cuán felices eran sus súbditos. Entonces, contrario a lo que sucedía en el resto del mundo, evitó considerar el Producto Interno Bruto Per Cápita (que mide la riqueza de una nación) o el índice de GINI (que mide el grado de desigualdad entre ricos y pobres) y medir en cambio, a través de una encuesta, “la felicidad”. Rápidamente pudo demostrar su afirmación: Bután era, o parecía ser, el país más feliz del mundo. El misterio surge en cuanto uno considera todo lo que implica vivir bajo una monarquía que limita los  derechos ciudadanos. Sorprende ver que la gente parezca, según las encuestas, sentirse muy feliz a pesar de no tener ni carreteras, ni telecomunicaciones y de continuar siendo uno de los países más pobres del mundo.

¿Qué ha sucedido en Bután 44 años después de que se midiera por primera vez el índice de felicidad? En el 2013 BBC publicó un informe en el que advierte que la deuda externa de Bután es del 90% de su Producto Interno Bruto, aún hoy no tiene una moneda propia y depende económicamente de un país vecino (India); en el 2012 tuvo una grave crisis económica a causa de su bajísima producción nacional (siendo el turismo y la agricultura artesanal sus principales sectores productivos) y la escasez de rupias indias (moneda circulante en el país) por tener mayores importaciones que exportaciones. Mientras tanto el primer ministro de esta pequeña nación se ha encargado de promover el Índice de Felicidad por todo el mundo, lo que tiene en descontento a una gran parte del país, que al día de hoy se encuentra en el puesto 109 dentro de las naciones del mundo según su PIB per cápita (Según datos del FMI para el 2015) superando solo a algunas naciones africanas, pero al mismo tiempo liderando el Índice de Felicidad. Hoy Bután sigue siendo una monarquía disfrazada de democracia, en la que los ciudadanos eligen un parlamento, pero el Rey continúa a perpetuidad como jefe de la nación

Esta historia, que pareciera traída de los pelos, sirve para dimensionar las intenciones que se esconden detrás de la medición del Índice de Felicidad: ocultar la dramática situación de pobreza y desigualdad a la que se tiene sometida a una población y dedicar todos los esfuerzos del Estado a mejorar la percepción subjetiva de felicidad en vez de poner toda la atención en resolver los verdaderos problemas de la gente y garantizar todos los derechos a los menos favorecidos.

Medir el Índice de Felicidad en Medellín resulta no menos que sospechoso, hace pensar que quizá en cuatro años se podrá afirmar sin miramientos que la captal de Antioquia es la ciudad más feliz del mundo, mientras seguimos por la misma senda de desigualdad y miseria que hoy vivimos. Implementar este indicador es una maniobra al mejor estilo del Gatopardo, pues será cambiar todo, para que todo siga igual.

En una ciudad en la que la gente se siente feliz a pesar de toda la miseria no queda sino preguntarse, con preocupación: ¿será Medellín el próximo Bután?

FB: Alejandro Arcila Jimenez

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(Imagen tomada de vocalesis.com/)