En mayo de 1967 el Junior era el líder del campeonato colombiano. Sin embargo, esa dudosa distinción no le impidió perder 5-1 en su propia cancha contra el Quindío, uno de los coleros del torneo. Ante el grito en el cielo que pusieron los narradores y comentaristas deportivos de entonces, Álvaro Cepeda Samudio escribió una nota de prensa en la que decía que no era para tanto, que de eso se trataba el fútbol, que todos los equipos, desde el Real Madrid hacia abajo, pierden partidos, y que el Junior no tenía por qué ser la excepción.

Opinión que refrendó Junior el 25 de agosto del año siguiente, cuando Santa Fe le ganó 3-2, también en su propia cancha pero con el agravante de que esa tarde -y ninguna otra más- Junior contó entre sus filas con Garrincha, un futbolista considerado por muchos conocedores como el mejor de la historia -incluso por encima de Pelé-, y quien pese a no estar en su mejor forma física, y a que sus días de mayor gloria habían pasado a mejor vida, se cansó de lanzar centros que no fueron aprovechados por sus compañeros.

Comparto la opinión de mi paisano Cepeda: todos los equipos pierden partidos, y un traspiés abultado en casa lo tiene cualquiera (y si no pregúntenle a Felipão y su banda amarilla), sin que por eso se tenga que armar un alboroto de dimensiones apocalípticas ni se tenga que hablar de profanaciones de canchas sagradas ni de cursilerías por el estilo. Pero a veces uno detecta ciertos patrones, ciertas situaciones que se repiten una y otra vez, y que ponen a pensar.

Como se sabe, Junior llegó este domingo pasado a enfrentar a Millonarios en Bogotá con una ventaja relativamente cómoda: había ganado 2-0 en Barranquilla en el partido de ida. Ventaja que se transformó en holgada cuando, a poco de terminar el primer tiempo, se fue adelante en el marcador.

Yo estaba viendo el partido con unos amigos, pero por otro compromiso social que se nos cruzaba, una vez terminó el primer tiempo tuvimos que dejar de verlo y dirigirnos al otro sitio. Durante el camino, como es natural, quisimos averiguar sobre la evolución del marcador. En una primera estación nos informaron que la cosa seguía igual. Sin embargo, en la siguiente, menos de 15 minutos después, resultaba que Junior estaba parcialmente eliminado. Después vino lo que todo el mundo conoce: al minuto 90 llegó el empate en el marcador global y Junior clasificó a semifinales en la ronda de los penalties.

Al principio, cuando nos contaron que el partido iba 4-1 quedamos fríos, por supuesto. Y, después, cuando supimos que Júnior logró empatar, yo recordé aquella final en Medellín contra Nacional hace unos 12 años, en la que con una ventaja todavía mayor para Júnior, fruto de un 3-0 en el partido de ida en Barranquilla, los paisas se encaramaron en el marcador en un tiempo muy corto también: esa vez el partido en Medellín llegó a estar 5-1, y Junior sólo pudo forzar los penalties con un gol tan agónico como el que metió el domingo. ¿A qué equipo le meten 5 goles en una final? ¿Recuerdan alguno? Yo no. Y menos a uno que ganó por 3 de diferencia en el partido de ida.

Daría la impresión de que de haber ganado Junior ese partido de ida 5-0, el de vuelta en Medellín habría quedado 7-2 a favor de Nacional. O incluso 10-5. Y lo mismo aplica para el inverosímil partido del domingo contra Millonarios. Es como si en un momento dado Júnior no se lo creyera del todo cuando va ganando y fuese presa de un nerviosismo y un miedo tales que sus contrincantes, como dicen que pueden hacer los perros, lo olieran en el aire.

Está bien, se le abona que en las dos oportunidades pudo sobreponerse, empatar dos partidos totalmente desnaturalizados por el pánico escénico y ganarlos en la serie de disparos. Pero hay algo ahí, en ese "si no se sufre, no es Junior" que valdría la pena detectar de qué se trata. Y que de no ser por las versiones en negativo de los futbolistas de Junior que son esas barranquilleras exitosísimas de Shakira, 'La Toti' Vergara y Silvia Tcherassi, cualquiera pensaría que ese algo no se limita a la órbita del equipo de fútbol, sino que se extiende a todo el ámbito de la ciudad: al fin y al cabo ni los jugadores ni el técnico del partido del domingo son los mismos de aquella final contra Nacional. Ni los de la final contra Nacional son los mísmos del torneo de 1967 que, yendo de líderes, perdieron 5-1 contra el colero.

Quizás simplemente se trate de que, como escribió Juan Gossaín una vez, Junior no es un equipo, es una forma de ser. Al fin y al cabo es un equipo que se da el extraño lujo de traer al probable mejor futbolista de la historia para que juegue un solo partido, lo pierda, y resuelva que lo mejor es largarse a buscar hasta en el mismísimo fin del mundo a Elza Soares, la mulata que lo atormentaba.

(Imagen tomada de http://atleticojuniordequilla.blogspot.com.co/)