La chica estaba ebria, borracha, caída de la perra. Se comportó como una ramera, como una buscona, como una zorra. Seguramente iba vestida con una falda muy corta o con un jean muy ajustado o con un escote muy profundo o con demasiadas transparencias, encajes, ¡quién sabe! Las tetas afuera, el culo forrado, mostrando ombligo. Lo más probable es que en la fiesta haya tomado hasta perder el control. Se desmadró. Mínimo se subió a una de las mesas del lugar e incitó a quienes la veían desde abajo, los sedujo, los provocó, les bailó sensualmente, insinuándose. Se mostró dispuesta. Se pasó de copas. Y sucedió lo obvio, lo que suele pasar en una situación así, lo que ocurre a diario en toda la Tierra con las vacas muertas, esas viejas culiprontas que se toman hasta el agua de los floreros y pierden el sentido, explayadas como pollos deshuesados en la coda de la fiesta. No hay nada de qué extrañarse. Si uno de los asistentes a esa parranda en el campus de la Universidad de Stanford la violó mientras ella no se pertenecía y la dejó tirada detrás de un contenedor de basura, como basura, eso era predecible.

Lo hizo un chico bien, atleta, estudiante de esa prestigiosa alma máter gringa, campeón de natación, buen hijo, buen estudiante. Un muchacho decente que por caer en la provocación de esta chica se jodió su vida, y toda esa debacle sólo por comportarse como el pendejo Adán incapaz de resistirse a la tentadora Eva. Tremendo bobo. Para rematar se dejó pillar por una partida de sapos que presenciaron el acto. Por culpa de ella, y de los metidos que la auxiliaron y detuvieron el acceso carnal, el juez Aaron Persky le dio inicialmente seis meses de cárcel. Mientras él fue condenado por abuso sexual, la insensata anda campante, como si nada, escribiendo cartas lastimeras, posando de sufrida, de traumatizada. En la palestra pública está es él, un jovencito excelente que simplemente tuvo un traspié, un desliz, una metida de pata insignificante en su hoja de vida intachable.

Por esos “veinte minutos de acción” (así bautizó el padre del estudiante al supuesto abuso sexual jamás admitido por su hijo) con una cualquiera que ni siquiera es alumna de la universidad y que no ha debido estar ahí buscando lo que no se le había perdido, Brock Turner está en el ojo del huracán, en la portada de innumerables periódicos, en los titulares de medios serios y de toda clase de pasquines amarillistas de Estados Unidos y del resto del mundo, y deberá pasar, gracias a una afortunada rebaja en su condena, tres meses de su vida preso. No estará incomunicado porque podrá tener celular en su celda; pero con smartphone o sin él la sanción no deja de ser desproporcionada, injusta. ¡Noventa días recluido como si fuera un delincuente peligroso! A esa desgracia toca añadirle que estará para siempre en la base de datos pública de asaltantes sexuales para que cualquiera que lo tenga de vecino sepa que cuando tenía veinte años se le fueron un tris las luces como se le han ido a millones de estudiantes en todas partes del mundo sin que les haya pasado nada. Mejor dicho, lo cogieron de chivo expiatorio. ¿Quién no ha metido las patas hasta el quinientos a esa edad? Por eso estoy de acuerdo con su padre, Dan Turner: no hay derecho a que por lo sucedido en apenas un tercio de hora de diversión se le tiren el prestigio y el buen nombre a ese ‘pelao' de esa manera. No hay derecho.

Al muchacho lo cogieron otros universitarios con las manos en la masa, frotándose encima de una chica que no se movía, y no lo dejaron escapar. Llamaron a la Policía. Lo denunciaron. A la mujer la llevaron inconsciente al hospital y, horas después, cuando recobró el conocimiento en una camilla, le informaron lo sucedido. Ella no recuerda nada, ningún detalle del insuceso. Sólo sabe que cuando despertó no tenía calzones y en cambio sí el pelo lleno de agujas de pino. ¿Entonces cuál trauma si ni siquiera puede relatar qué pasó, qué le pasó? ¿Cómo puede afirmar que la violaron si ella estaba inconsciente? Tal vez le había dicho al joven que sí quería tener relaciones sexuales con él y luego, en pleno toqueteo, debido a la intoxicación, se durmió, o se desmayó. Es la palabra de él contra la de ella. El juez hizo bien al no darle los 14 años que contempla la ley como pena máxima para estos casos ni los 6 años que pedían los fiscales. Es más, debió hacerle caso al padre del muchacho y enviarlo a su casa. ¿Desde cuándo es delito que un hombre tenga sexo luego de una farra?

Aunque las feminazis salgan vociferando como histéricas con su discurso trillado y su perorata cansona, aunque escriban y lideren toda clase de movimientos tontos del tipo #NiUnaMás en las redes sociales, aunque saquen de debajo de la manga el libreto que enarbolan cada vez que violan a una mujer porque se expuso innecesariamente, la verdad es una sola: una pena mayor habría sido devastadora para un joven con un futuro tan prometedor, tan brillante, especialmente teniendo en cuenta que él no tenía antecedentes, que es un chico blanco y de buena familia y que, evidentemente, la chica se lo buscó. Punto. Fin. Esa es la gran conclusión de todo este bololó.

¿Qué carajos creía ella que iba a pasarle si se emborrachaba hasta el cogote? ¿Acaso una resaca al día siguiente, un guayabo ni el hijueputa y nada más? Vamos, no nos hagamos las idiotas; las mujeres sabemos bien a lo que nos exponemos si tomamos como machos, si nos vamos de juerga a una rumba pesada y nos las tiramos de las chachas del paseo, de gargantas de lata. ¡Claro que lo sabemos! Tomar como si no se tuviese fondo es cosa de hombres; las mujeres debemos ser medidas y nunca pasarnos de ese último trago que nos llevará a perder el año. Y si lo hacemos, por lo menos no nos las demos de inocentes pues todas sabemos bien a qué atenernos entonces. Esta chica la sacó barata, de hecho. Sólo le metieron los dedos y algunos desechos de "flora y fauna" en la vagina. Ha podido ser peor. Que agradezca más bien que no la penetraron con una rama de árbol y que no la destrozaron por dentro como le pasó en Bogotá a Rosa Elvira Cely por salir a tomar con malas compañías. ¿Cuántas más tienen que ser violadas para que entendamos que no debemos arriesgarnos de esa manera?

Como todos sabemos, el hombre propone y la mujer dispone. Una mujer borracha, que pierde el sentido, eso es lo que está disponiendo, que la violen, pues aunque sea incapaz de decir o NO con total claridad, debido al nivel de alcohol en su sangre, al tomar de manera desaforada se está sirviendo en bandeja de plata para que abusen de ella, como un tamal que pide a gritos que lo desamarren y se lo embutan. Y eso es un aquí y en la Patagonia y en un cualquier otro lugar común de los que nos valemos los periodistas cuando deseamos ser coloquiales, chocolocos. Hasta en la Conchichina toda mujer sabe que a papaya puesta, papaya partida. La obviedad de esta argumentación incontrovertible se cae de su peso, ¿no?*

*Nota de la autora: Si usted procesó la anterior columna al pie de la letra, textualmente, vuelva a leer.

Lea aquí la impactante carta de la víctima. 

Twitter: @NanyPardo, @OpinaElDiablo Facebook: María Antonia Pardo

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