Tomado del muro de Andrés Salcedo

Crecí en un barrio irremediablemente bochinchero de Barranquilla. Un lugar de rumores incontrolados que se propagaban velozmente entre gallos y medianoche.

Nadie estaba a salvo de las malignidades que se urdían en la tienda del cachaco Celso, en las aceras, en la farmacia, en la carnicería. Ni de ser triturado entre las poderosas fauces de la señora Juana Bayuelo, maléfica guardiana de los secretos más turbios, esos que tarde o temprano salen a la luz, como ella misma decía con desvergonzado cinismo.

En el bus que yo tomaba en la calle Caldas antes de las 7 de la mañana para ir al colegio, el panorama no era distinto. Los pasajeros, hombres y mujeres, pasaban revista a los últimos hechos dignos de reseña ocurridos en el barrio en las últimas horas.

Dentro de aquel bus todos hacían su aporte, como si se tratara de una olla comunitaria: cachoneos, salidas del closet, embarazos, violencias domésticas, deudas impagas, indecencias, hipocresías, vergonzosas intimidades.

A medida que el bus avanzaba, una hambrienta jauría de lobos nos iba contando, a grito pelado muchas veces, el estado en que había amanecido nuestro pequeño, mezquino mundo cada mañana, incluyendo los últimos episodios de alcoba ocurridos mientras el barrio dormía. No dejaban títere con cabeza.

Hoy me pregunto si mi nunca satisfecha sed de noticias, si ese afán mío por estar informado, si mi angustiosa lectura de los periódicos, mis insaciables recorridos por el dial, mi nervioso zapping por todos los canales de noticias, si todo eso y hasta la profesión que elegí para ganarme la vida no tendrán su origen en los diarios informes con que las lenguas viperinas saludaban y despedían cada nuevo día en mi barrio.

Imagen tomada de Voz Caribe