Hay quien discute que las elucubraciones filosóficas de Julio Enrique Blanco de la Rosa son propias de un pensador con ideas delirantes; otros le reconocen el título de filósofo, pero cuestionan sus ideas por ser poco profundas, carentes de corpus propias de un aficionado. Lo que no está en duda es que fue un pensador y hombre de letras que soñó convertir a Barranquilla de ciudad fenicia a ciudad alejandrina. Fruto de ello fue su participación principal en la gestación de la Universidad del Atlántico, en los años 40 del siglo pasado. (Aunque hay cierta corriente que niega que su aporte haya sido clave, aquellos que piensan que la creación de Uniatlántico era una necesidad histórica inevitable).

En cualquier caso, la página web de la Universidad lo reconoce como su primer rector, y pieza clave en su creación, a través de la fundación de lo que se conoció como el Museo del Atlántico, cuando señala que “La historia de la Universidad está ligada al Museo del Atlántico, el cual se instituyó mediante  Ordenanza de la Asamblea Departamental No. 035 de 1940, con el objetivo de gestarla; además, para transformar el Museo de Historia Natural (Ordenanza 53 de 1937) en el Instituto de Fisiografía, con “el fin de conformar, conservar y exponer colecciones de geología y biología, en especial del departamento, sin descuidar lo de la Nación ni lo universal”. Proyecto consolidado en 1946, mediante la Ordenanza departamental No. 42.  El Dr. Julio Enrique Blanco, su primer rector, visionó que los profesionales uniatlanticenses fueran formados bajo una visión científica, artística y humanística;”

Lo que se conoce como Museo hoy, difiere de la idea que Blanco tenia de éste. Para Blanco “el museo era el lugar donde se desarrollaban y enseñaban las ciencias y las bellas artes”, según la antigua idea griega; mucho más que un lugar donde se conservan colecciones de muy variada índole, como pensamos hoy. De esa idea, junto con la unión de diferentes Instituciones técnicas y de Bellas Artes, existentes o no, surgió la Universidad del Atlántico, mediante la Ordenanza No. 42 del 16 de Junio de 1946

Desde su gestación la Universidad ha tropezado con varios obstáculos. El primero de ellos fue el desinterés de cierta élite social que prefería una educación más pragmática e utilitaria, por encima de la visión científica, artística y humanística que se pretendía enseñar. Sin embargo, los primeros años fueron de consolidación y desarrollo. Claves en este proceso fueron el Dr. Rafael Tovar Ariza, su segundo rector, quien se encargó de conseguir profesores de calidad, y años más tarde, el Dr. Fernando Cepeda y Roca, quien la guio con buen tino en los años 50. Sin embargo, los cambios políticos y sociales que vivían la ciudad y el país comenzaron a llegar a la Universidad.

Barranquilla comenzó un período de decadencia a principio de los años 60, que alcanzaría niveles de postración a finales de los años 70; la aparición de la izquierda y la agitación revolucionaria de la época hicieron mella en la Universidad. Este fenómeno, que no fue exclusivo de la Uniatlantico, llevó a que las clases dirigentes optaran por desarrollar sus propios modelos universitarios y abandonaran la idea de la Universidad pública como centro de formación de líderes y motor de desarrollo. La agitación revolucionaria alcanzó niveles muy altos y la Uniatlantico llegó a ser considerada un lugar donde aplicar las ideas de izquierda, y donde la revolución había triunfado: “un territorio libre de América”.

En los años 70 una serie de reformas del gobierno central, mal llevadas, doblaron la población universitaria que paso de 6.000 a 12.000 alumnos (hoy tiene 22.000) sin que esto fuera acompañado de la preparación del personal docente. Como resultado, muchos alumnos recién graduados, sin mayor formación educativa, fueron integrados a la nómina profesoral, agravando una crisis de calidad educativa, ya latente. Todo ello sin que la institución tuviera fondos suficientes para el pago de la nómina, lo que llevó al episodio extremo de que,una marcha por la situación económica de la Universidad fuera encabezada por el rector de la época, quien protestaba por la falta de dinero para realizar su trabajo. La politiquería, profesores mal preparados (un profesor ya jubilado me contó que dictó su cátedra durante 21 años con las mismas notas de clase), convenciones colectivas muy generosas disfrazadas de conquistas sociales, cierta displicencia en la aplicación de las normas (como aquella en la cual si un profesor escribía un libro se le reconocían dos años de trabajo. Como resultado de ello hay profesores que publicaron varios “libros científicos” y salieron pensionados con 8 años de trabajo educativo. O la aplicación de la “conquista social” en la que si un profesor era nombrado para un cargo público donde su sueldo era mayor que lo que recibía, podía pedir una comisión de un año, permanecer en el cargo, regresar a la universidad y pedir que le siguieran pagando el salario último) y generosidad en las matriculas, hicieron que la Universidad, desde los 70 hasta finales de los 90, fuera un barril sin fondo donde se arrojaban los dineros pero no se recibía educación de calidad.

A principio de los 90 creció la idea de que la politiquería era responsable de la crisis de Uniatlantico. De allí que el gobernador de la época firmara los decretos el los cuales daba luz a la autonomía universitaria, en medio de las reformas de la Constitución del 91. Soy testigo de que ese gobernador le dijo al sociólogo Adolfo González Henríquez: “Firme el decreto de autonomía”. “Te has terminado de tirar la Universidad”, le respondió Adolfo. El tiempo le dio la razón al segundo.

En 1995 el diario El Tiempo recogía el informe del Contralor de la época quien señalaba que “a pesar de los avances logrados en la implementación de los estudios, se advierte el incumplimiento de los objetivos administrativos, capacitación de docentes, y mejoramiento de la calidad.” El rector simplemente respondió que “el informe era oportuno y los culpables debían responder.”: una casta de privilegiados burócratas, profesionales de la politiquería, el clientelismo ramplón y la corrupción administrativa enquistada en la Universidad. No se hizo nada. Un aspecto que llamó la atención por esos días fue la aparición de los Superpatarroyos, un grupo de profesores que aprovecharon la laxitud en la aplicación del decreto 1444 y aumentaron de manera astronómica sus salarios, superiores a las del científico Manuel Elkin Patarroyo, de la Universidad Nacional. Un grupo de profesores, hoy jubilados, socialbacanes, que se pueden encontrar en tiendas y centros comerciales. Un chiste muy celebrado de la época era: ¿Dónde encontrar una tertulia científica de profesores de Uniatlantico? Respuesta: En los billares frente a la sede de la 43 o en los estaderos de salsa.

Junto con la intrusión del paramilitarismo, los años 90 fueron muy difíciles para la Universidad. A la violencia y la intimidación de los alumnos se unió el creciente déficit, las huelgas, el pago atrasado de salarios, la incapacidad manifiesta de los dirigentes locales, hechos que llamaron la atención de las altas esferas del gobierno nacional que lo llevó a tomar medidas. Una decisión personal de intervención de Álvaro Uribe (egresado de una universidad pública) que incluía con el nombramiento de Ana Sofía Mesa como rectora, quien realizó, pese a las protestas de la comunidad universitaria, una drástica depuración del personal administrativo y el saneamiento de las finanzas, que, a la luz de la Ley 550 , permitieron pensar que la Universidad tenía otro futuro. Meza, además pudo implementar y desarrollar diferentes programas. Sin embargo, su gestión le granjeó enemigos; fue obligada a jubilarse en el 2014, cayendo la Universidad en hechos pasados de parálisis. En dos años no se ha logrado nombrar un rector en propiedad, ante la complicidad e indiferencia del Consejo superior y los gobernadores de turno, quienes sueñan con descentralizar la Universidad, en un acto de ingenuidad sin límites, pero se muestran incapaces de resolver los asuntos pendientes.

Leer la lista de egresados de la Uniatlantico es sentarse a llorar. Junto con Horacio Serpa, considerar, como dicen algunos docentes, que lo mejor que ha dado la Universidad ha sido los líderes estudiantiles surgidos entre los años 70 y 90 no deja de ser una ironía, y un resultado pobre para el papel que Uniatlántico debe desempeñar en la sociedad. La Universidad ha sido incapaz de formar auténticos dirigentes y ser un centro de pensamiento, pese a los esfuerzos aislados de profesores quijotes.

Hace poco, hablando con mi madre, Martha Hinestroza Peláez, me comentaba un fenómeno que veía en la ciudad: “Los hijos de la elite local, los graduados de los mejores colegios, no quieren estudiar en las Universidades de Barranquilla. Lo hacen en Bogotá, en Miami, en Europa, o mínimo en Medellín. Eso hasta vaya y pase. Lo peor es que terminan, y no quieren volver. ¿Qué ciudad progresa si sus hijos más educados se van?” Un amigo historiador, coincidió con lo señalado, y me dijo: “Los graduados de la Universidad del Atlántico son los llamados a ocupar ese lugar en la dirigencia. Por desgracia, nuestros líderes locales no se han percatado de ello.”

Si Julio Enrique Blanco se levantara de su tumba, el 15 de Junio de 2016, a 70 años de la firma de la Ordenanza que creo la Uniatlantico, caería fulminado de inmediato. O tal vez no. En su larga vida fue testigo de cómo su idea más querida era canibalizada por el interés de unos pocos. Hace 72 años escribió: “Barranquilla esta aun en vías de hacerse, con criterio moderno dentro de ideales antiguos que evolucionan y se adaptan- un humanismo de base puramente antropológica, luego un neohumanismo- además de además de un centro comercial e industrial a un foco de cultural. Hablando simbólicamente, diríase que tiene a realizar en si un tipo clásico o griego de ciudad”. Como Alejandría del siglo II. Estamos en mora de trabajar por ello, y la Universidad pública es parte fundamental de es sueño.

 
(Imagen tomada de pinterest/blanquicetmarin)