Una sociedad se define por la forma en que muere, por la forma en que mata y por la forma en que se excusa. Tales son los elementos que componen su camino hacia alguna parte. Esta semana hemos sido testigos, como pocas veces, de lo precisa que resulta esa verdad.

Poco hay para agregar al episodio ocurrido en la discoteca Pulse de Orlando; poco, salvo una que otra descripción sórdida, alimentada por el morbo de quienes imaginan a la distancia el olor del miedo, de la sangre, de la pólvora y de la gente muerta.

Omar Siddique Mateen asesinó a medio centenar de personas con un rifle de asalto, sin inmutarse, extasiado en la vorágine de su deseo cumplido. Ya no era necesario ocultarse; quienes hubiesen podido juzgarlo y condenarlo caían a sus pies, inermes, incapaces, ingenuos. Los muertos se amontonaron en los corredores y en los baños y en las pistas de baile, abatidos por las ráfagas infames de un arma hecha para un campo de batalla.

El hombre ya sabía que iba a matar y que iba a morir. Tal vez lo supo desde siempre, como también lo supieron los que, como él, arrastraron por años el peso atroz del homicida que pugna por dejarse ver.

Quienes iban a ser los muertos del noticiero de las nueve confiaban, mientras entrelazaban sus manos y pensaban que habían sido bendecidos por la placidez, la valentía y el amor, en que sus vidas terminarían muchos años después en alguna casa de retiro no muy lejos de allí.

Los testigos, los comentaristas de la esquina y de la televisión, las señoras de las ventanas, los ciudadanos de internet -sabios e infalibles-, los policías tardíos, los senadores, los asesores del presidente (¿de nuevo bañado en lágrimas?), excusan la atrocidad cometida por un ciudadano del país más poderoso con el flaco argumento del terrorismo internacional, de la locura del Islam, cuando la verdad es que esta masacre, como las anteriores y las que vendrán, son el síntoma de la decadencia de un imperio paranoico, delirante, homófobo, racista; una sociedad que mata con tiros de fusil, que muere asesinada y no de vieja, y que inventa cualquier cosa con tal de que, bajo el manto sagrado de la Constitución más perfecta de la Tierra, se sigan vendiendo en los supermercados rifles de asalto a cualquier imberbe mayor de 18 años, así no tenga la edad permitida para comprar una cerveza.

174 tiroteos con víctimas mortales perpetrados por civiles en los primeros seis meses de este año son la cifra que descalifica a Estados Unidos para atreverse a señalar de bárbaros a países como Ruanda, Afganistán o El Salvador, lugares que están lejos de alcanzar los muertos de los asesinos desinteresados de Norteamérica. Sin embargo, haciendo uso del derecho a la desfachatez propio de los que tienen dinero en los bolsillos, la mayoría de ciudadanos del país de las matanzas sigue justificando su derecho a defenderse a tiros de los enemigos invisibles, subvirtiendo así los valores que pregonan proteger cuando ejercen de policías mundiales.

Las masacres seguirán en las barbas del Tío Sam, con variables cifras de víctimas mortales, de lisiados y de traumatizados, mostrando al mundo la forma correcta de ejercer la decadencia. Y ese mismo mundo se enterará en vivo y en directo de cómo mueren y cómo matan los abanderados de la libertad; los sobrevivientes del momento -que serán los asesinados del futuro- seguirán excusándose, culpando a los demás, a los terroristas musulmanes, a los enemigos de la libertad, a las familias de los tiradores, a Obama, a Clinton, a los comunistas. Porque en el fondo les excita la idea de disparar un arma algún día, una pistola o un rifle de asalto,  y no van a permitir jamás que dejen de venderse en los supermercados.

(Imagen tomada de t13.cl)