Tomado del muro de Andrés Salcedo

Llueven por estos días las críticas a los narradores de fútbol que transmiten la Copa América por los dos canales privados. Muchos hablan de la necesidad de eliminar la figura del narrador televisivo, entre ellos mis colegas Héctor Mora y Ed Hozmann. Proponen dejar las imágenes limpias con ocasionales intervenciones del comentarista.

En un medio como la TV, donde el televidente, que no es ciego, está viendo lo que ocurre en el campo de juego, equivocar el nombre del jugador que remató y marcó el gol puede dañar la imagen profesional del hombre que está al micrófono. Pero también puede hacerlo la alharaca reiterativa, el grito destemplado, la retahíla radiofónica trasplantada a la televisión.

En la radio, el locutor puede mentir impunemente y nadie se lo recrimina porque sabemos que la fantasía hace parte del ritual radiofónico. En la televisión es mucho más difícil meter gato por liebre. Bueno, difícil pero no imposible.

La cámara de televisión es el ojo del Gran Hermano inventado por Orwell. El espía omnipresente. Su función primordial es perseguir al balón dondequiera que vaya, como el policía infiltrado al delincuente, lo que le permite captar incluso la coreografía del festejo tras un gol. Los abrazos. El gesto orgásmico del entrenador cuyo equipo acaba de marcar. La desazón en el rostro de su colega.

Vistas así las cosas, podríamos asegurar que el televidente es un privilegiado: puede confirmar si hubo o no fuera de juego o si el patadón matrero cazó al delantero dentro o fuera del área, gracias a las repeticiones.

Pero, en realidad, más que el verdadero ritmo con que se disputa un partido, lo que a él le llega es una selección de imágenes que el invisible productor elige para hacerle creer que el trámite es intenso. Un engaño, una ficción óptica. La televisión está obligada a buscar la emoción incluso donde no la hay.

Pero buscarla a través de los altos decibeles de un locutor que se desgañita y habla a la velocidad de un tren a punto de descarrilarse y lanza aullidos y soflamas patrióticas sobrevivientes de los lejanos días de la independencia, si bien puede emocionar a la barra que bebe aguardiente en un atiborrado estadero, le arruina el goce estético a quien de verdad conoce y se deleita con el desarrollo de un partido.

El descontento que yo percibo en la calle y en las redes sociales va a acelerar la desaparición de los narradores televisivos de fútbol, como un día ocurrió con los pianistas del cine mudo. Tarde o temprano, la tecnología, los intereses comerciales y, sobre todo, el clamor de los televidentes, los harán superfluos y, por lo tanto, prescindibles. Una de las consecuencias positivas de este cambio podría ser el regreso del "Cantante del Gol" a su hábitat natural: la cabina de radio.

Imagen tomada de http://guionradiofonico1.blogspot.com.co/