Calculo que yo tendría unos diez o doce años cuando me sucedió el incidente -si es que eso se llama así- de hipocondría más antiguo que recuerdo (aunque con seguridad antes hubo muchos más). Ocurrió mientras veía un 'enlatado', una serie gringa ochentera de esas que pasaban los sábados por la mañana. En la historia, un niño más o menos de la misma edad que yo tenía entonces enfermaba hasta el punto en que requería de la ayuda de un pulmón de acero. Era la primera vez que yo oía acerca de la existencia de ese aparato, pero por el hecho de padecer desde siempre un miedo irracional a enfermarme, deduje de inmediato para qué servía. Y, como ya a estas alturas lo deducirán ustedes, esa mañana me invadió la absoluta certeza de que yo también lo necesitaría, si bien no necesariamente en el curso de ese día -aunque tampoco lo descartaba-, sí en el futuro cercano, a pesar de que jamás había tenido el menor problema de salud relacionado con los pulmones.

Así de absurda es la vida de un hipocondríaco. Yo, pese a que sé que lo soy, no puedo evitar enredarme en esa exasperante telaraña que consiste en pensar todo el tiempo que algún mal se cocina a fuego lento en mis entrañas. Por lo general, amanezco con un dolor o una molestia en alguna parte del cuerpo, que enseguida asocio con el principio de la enfermedad terminal que se llevó al pariente de alguno de los miles de amigos o conocidos que he tenido a lo largo de mi vida, y cuyo relato guardo fresco en mi -infortunadamente para este caso- prodigiosa memoria.

Antes de la torturante aparición de la Internet todo era más fácil. Si el dolor, la molestia, o lo que fuera no desaparecía en un par de días, y por el contrario empeoraba un poco o surgía otro 'síntoma', acudía a consulta doméstica con mi padre, que para entonces era médico en ejercicio. Él, salvo por una vez en la que en efecto hice una apendicitis y tuvieron que operarme de urgencia, siempre me daba un parte de tranquilidad: "Eso no es nada"; o "A mí también me duele ahí desde hace 30 años". Con eso bastaba para que el cuadro clínico desapareciera como por ensalmo.

Pero con la aparición del Doctor Google, sumada ésta a las cada vez más difíciles consultas con mi padre (me mudé a otra ciudad, y sólo podía hacerlas por teléfono), y al irrebatible hecho de que a medida que envejecemos somos más vulnerables a las enfermedades, mi angustia hipocondríaca no hizo sino aumentar con el tiempo. Como no pertenezco al grupo de los hipocondríacos que adoran estar hospitalizados o de periplo por consultorios de especialistas, sino que hago parte de los que se aterrorizan de tener ante sí a un médico que pronuncie la frase "Le tengo malas noticias", opté por navegar horas y horas a través de la red hasta encontrar el portal que diga lo que yo quiero leer.

Sin embargo, la mayoría de las veces es difícil hallar una página médica que me tranquilice del todo, y en lugar de eso puede que termine encontrando nuevas enfermedades compatibles con los síntomas -imaginarios o no- que experimento, las cuales resultan ser incluso más graves que la inicialmente considerada.

De los innumerables trastornos que he creído tener (diabetes, insomnio familiar fatal, neuropatía periférica, etc…), hace poco hubo uno que di por hecho. Al principio noté ciertos malestares estomacales menores, que se fueron acrecentando con el pasar de los meses. Después de agotadoras jornadas de búsqueda y lectura en el ciberespacio hipocrático, descarté el cáncer de estómago y la peritonitis. Por fin llegué a un diagnóstico definitivo: cáncer de colon. No cabía la menor duda: mi abuela paterna había muerto de eso, y en todas partes mencionaban el factor hereditario. Fui, pues, muerto de miedo, donde mi gastroenterólogo, casi que sólo a esperar su confirmación. O a rezar para que, tal como las veces anteriores, me despachara en cinco minutos, después de realizarme un rápido examen físico del abdomen y de recetarme alguna de sus píldoras mágicas.

"Es muy raro que a tu edad se trate de algo serio en el colon, sin embargo haremos una colonoscopia para descartar cualquier cosa. Más que todo por lo de tu abuela". Después de la antesala del infierno que significó la preparación para el examen (que incluyó el ayuno de sólidos durante 24 horas y el consumo por galones de un potaje espantoso), y del posterior ascenso al mismísimo paraíso por cuenta del extraño viaje que me produjo la droga que utilizaron para dormirme durante el procedimieno, el médico sentenció: "No tienes nada, ni siquiera pólipos o divertículos…todo está bien". Eso fue suficiente para que en adelante no volviera a sentir el menor malestar abdominal.

Con todo, no alcanzaron a pasar 24 horas antes de que un sarpullido en la zona lumbar, que apareció acompañado de prurito, me hiciera temer por un inminente cáncer de piel. Dos meses después, cuando se diseminó por todo el cuerpo y el terror me empujó a visitar a un dermatólogo, finalmente fui diagnosticado: resequedad severa. Nada grave tampoco.

Así transcurre mi vida: el día que no me duele nada, me creo aquejado de una de las miles y peligrosas enfermedades silenciosas que pululan en este mundo. Porque aunque sé perfectamente que soy un hipocondríaco redomado, también recuerdo aquella sentencia según la cual "el hecho de que seas paranoico no quiere decir que no te estén persiguiendo": los hipocondríacos también pueden enfermar de gravedad y morir.

Paradójicamente, nunca había consultado al Doctor Google acerca de la hipocondría. Hace poco lo hice, y me encontré con que es una enfermedad con todas las de la ley. Pensé que leer al respecto podría ayudarme a sobrellevarla. Y en efecto me ayudó: ahora, cada vez que siento alguna molestia nueva, sé que estoy enfermo, pero sé también cuál es mi padecimiento: sé que, simplemente, sufro de hipocondría.

Sólo espero que por ahora, por lo menos esa, la hipocondría, se mantenga como una enfermedad real, y la dura realidad no la convierta en imaginaria.

Imagen tomada de www.baclhc.co.uk