El papá y la mamá de Pepito son “gente bien”, ciudadanos decentes que pagan sus impuestos, van a misa sin falta los domingos, cumplen con todas y cada una de sus obligaciones, trabajan para mantener a flote su hogar, no le hacen daño a nadie. Una vez al mes visitan ancianos en un asilo, colaboran frecuentemente con recolectas para obras de caridad del barrio, y hasta le dan a diario limosna y comida a los desplazados del semáforo de la esquina de su casa aunque desconfíen de la veracidad de los carteles que ellos exhiben. Por eso, porque son buenas personas, la mañana en la que se enteraron de la matanza en Orlando se sintieron mal, tristes, consternados. Estaban desayunando con Pepito cuando en las noticias dijeron que un loco terrorista, posiblemente musulmán, había fumigado literalmente a un centenar de personas con un fusil AR-15 en un bar que frecuenta la comunidad LGBT de esa ciudad de la Florida. El desquiciado mató a la mitad, la otra mitad quedó herida. Toda una barbaridad.

Pepito vio cómo sus padres lamentaron lo ocurrido. En sus caras podía notar que estaban descompuestos, compungidos. Para la mamá de Pepito la culpa era del Islam, esa religión endemoniada que enloquece a los terroristas de ISIS. Para el papá de Pepito, ni la religión ni el terrorismo internacional tenían algo que ver con esa nueva matanza, sino la venta libre de armas en Estados Unidos, esa obsesión absurda que tienen los gringos por armarse hasta los dientes y desde temprana edad a cuenta de nada. Y fue allí, mientras sus padres buscaban culpables en una acalorada conversación matutina muy propia de la familia Suárez, cuando Pepito no aguantó más y les gritó: ¡mamá, papá, ustedes son una partida de hipócritas!

Del susto, a la mamá de Pepito se le cayó el pocillo de café encima. Alcanzó a quemarse un poco la pierna derecha. El papá se atragantó con el último bocado de huevo revuelto que se había llevado a la boca. Papá y mamá se miraron sorprendidos, tratando de entender, sin mucho éxito, qué diablos le había pasado a Pepito, a qué se debía su reacción.

La mamá fue la primera en preguntar:

-¿Y esa grosería a cuenta de qué, niño? ¿Qué bicho te picó?

Pepito, frustrado, guardó silencio. Entonces el papá tomó cartas en el asunto.

-Nos dices ya mismo, José Suárez Hernández, por qué nos llamaste hipócritas gritándonos de esa manera. Te escuchamos.

El joven, agitado, con la voz entrecortada, nervioso, intentó explicarse.

-Los llamé hipócritas porque creo que ustedes y las personas que son como ustedes tienen mucha culpa en lo ocurrido en esa discoteca. No entiendo por qué se entristecen, por qué se alarman, por qué lloran, cuando lo cierto es que ustedes son parte del problema, de la razón por la cual tanta gente es criada odiando a los homosexuales. Por gente como ustedes dos es que el círculo vicioso no se rompe y la sociedad pare matones como Omar Mateen.

-José Eduardo, ¿de donde sacas semejante locura? A mí no me gustan los maricas, creo que son una “cagá” y que Dios los va a castigar, pero de ahí a quererlos muertos hay mucho trecho, dijo el papá de Pepito con vehemencia. Ni tu madre ni yo somos homofóbicos. ¡Me haces el favor de respetarnos!

-¿No lo son?

-No, no lo somos, afirmó la madre.

-¿Recuerdan el día que me taparon los ojos para que no viera a dos hombres besándose en el parque y luego insultaron a la pareja por hacer esas porquerías en público, frente a niños? ¿Recuerdan cómo se pusieron de furiosos cuando aquí se aprobó el matrimonio gay y la adopción cuando uno de los miembros de la pareja es el padre biológico del niño que va a ser adoptado? ¿Recuerdan que en la iglesia firmaron la lista de la senadora Viviane Morales para revertir la decisión de la Corte, para quitarle derechos civiles a esa minoría en un referendo? ¿Recuerdan que me dijeron que no me juntara con el vecino homosexual porque luego la gente creería lo mismo de mí? ¿Recuerdan que me han dicho ene mil veces que el homosexualismo es antinatural y grotesco? ¿Recuerdan que me han tratado de explicar un millón de veces por qué ser gay es pecado y por qué los maricas y las lesbianas son desviados que necesitan redención? ¿Recuerdan que me dijeron que no llorara así porque parecía del otro equipo, una nena? ¿Recuerdan que dejaron de invitar al tío Luis a la casa porque según ustedes se “le moja la canoa” y es un mal ejemplo para mí? ¿Recuerdan que me metieron a clases de karate para que me comportara como todo un machito y dejara de doblar las manos como niña al correr?¿Recuerdan que me prohibieron ponerme esa camiseta rosa que tanto me gusta porque los hombres con los cojones bien puestos no se visten con colores femeninos? ¿Recuerdan cómo enloquecieron cuando les confesé que me gustaban más los niños que las niñas? ¿Recuerdan que me llevaron al psiquiatra para que me curara la mariconería? ¿Recuerdan que me advirtieron que ustedes podían aceptar hasta que fuera ratero, pero nunca cacorro? ¿Recuerdan que les volvió el alma al cuerpo cuando les dije que frescos, que ya me había dado cuenta de que eso de ser gay era una fase nada más que ya se me había pasado? Bueno, mami, papi, espero que todo eso lo recuerden. Yo no lo olvido.

La mamá y el papá de Pepito lo vieron irse en su bicicleta tras el portazo. Nada dijeron. Al fin y al cabo ellos hicieron lo único que unos buenos padres pueden hacer ante una situación así, curar a su hijo.

 imagen tomada de es.123rf.com