Por Diana Forero

Se acerca esa fecha temida y no sé de qué manera comportarme con el padre que no tuve. Este 19 de junio se celebra en buena parte del mundo el Día del Padre, y para mí, que no tuve uno, suele ser una fecha desconcertante. Ignoro qué se siente o qué debería sentirse, pues mi vida ha sido, en resumen, la desconexión familiar sustentada en la soledad y el abandono. Salvando, claro está, mi infancia y una parte de la adolescencia, en que viví con los abuelos maternos y aprendí el significado de la familia extensa: tíos, primos, y etcéteras, que nunca pretendieron ni pudieron suplir el vacío sempiterno de una familia nuclear inexistente. Sin desconocer el oportuno salvavidas que configuraron los abuelos en el naufragio de mi vida, crecí sola, aunque rodeada de gente.

Para evitar mayores explicaciones, siempre he dicho que mi padre fue una bala perdida que dio en el blanco. Solo recuerdo haberle visto en tres ocasiones: una vez cuando tenía cuatro años, mamá vino por mí a casa de los abuelos y me llevó de poética excursión a las Residencias Universitarias del Centro Urbano Antonio Nariño a visitarlo por unos días, lo que hizo que atesorara desde siempre el recuerdo de esos corredores fríos asociados a un rostro brumoso. Luego de eso, dos veces en que un fantasma de barba espesa y semblante cansado pasó por casa a preguntar por mi madre y una fortuita casualidad hizo que entre todos los escenarios posibles, fuera yo quien abriera la puerta y sintiera esa extraña tormenta en la sangre que me gritaba desde todas las aristas genéticas posibles que el desconocido plantado ante nuestra puerta era mi padre. En ambas ocasiones, a mis ocho y once años, el extraño mostró una increíble incapacidad para controlar un extremo nerviosismo que culminaba en precipitada huida cuando yo le reiteraba que era la hija de aquella a quien buscaba.

El Día del Padre plantea para mí una incógnita sin resolver, máxime unas semanas después de que el autor de mis días finalmente apareciera tras cuatro décadas de haber sido indiferente a mi existencia. Mi reacción inicial el pasado 26 de mayo fue de enojo; comprensible, supongo. Esa noche lloré intentando comprender el porqué de su abandono, me remordí el alma recordando los años de amargura y dolor, los momentos de quebranto y desolación en que necesité de su abrazo y comprensión; lloré sin poder entender cómo se puede vivir tantos años sin escuchar el llamado de la sangre, cómo se puede ignorar toda la vida lo que muchos consideramos una bendición. Porque un hijo es sangre y carne propia, un ser vulnerable e inocente al que se ama desde el primer instante, y se protege con la vida... un hijo no se niega, un hijo no se abandona, sin importar la amplitud de razones que se crea tener para hacerlo. Sin que eso nos haga mejores que nadie, mi esposo y yo, por ejemplo, arriesgamos nuestras vidas escapando de un grupo armado ilegal para luchar por la vida de nuestro hijo. Por su vida, hasta la vida misma.

¿Cómo entender entonces a ese padre que corrió justo en la dirección contraria cuando yo nací? ¿Cómo justificar el “tirar la piedra y esconder la mano”, tan propio de ese machismo arraigado y cobarde que mantiene enajenada nuestra sociedad al borde de la locura troglodita, en pleno siglo XXI?

Tal vez salí damnificada en la repartición de padre, lo cual a todas luces resulta un hecho rotundo e innegable. Para colmo, no me fue mejor en la distribución de madre, la mía me dejó a las doce horas de nacida, y cuando se acordó de mí fue para recriminarme lo mucho que me parecía a ese tal por cual, quizás porque, a pesar de ser universitaria, nunca escuchó hablar de la genética.

Pareciera que esto del abandono infantil es un fenómeno bastante extendido en nuestro país, una marca vergonzante de nuestra “cultura” apátrida y rabiosa; entonces tal vez debería sentirme afortunada por no haber ido a dar a alguna calle o basurero, como los mil niños que en promedio corren con esa suerte al año. La verdad, para ser honestos, con los abuelos no me fue tan mal. Lo cual me lleva de nuevo al recuerdo intermitente de la inexcusable ausencia de mi padre.

No obstante, y considerando que la vida me ha brindado generosamente una segunda oportunidad, que esta sociedad me ha perdonado (o al menos eso quiero creer): ¿Cómo podría no perdonarle? ¿Cómo hacer de cuenta que no ha pasado nada y seguir de largo otros cuarenta años sin inmutarme? ¿Cómo aferrarme tercamente a la rabia y el dolor y no admitir que todo cambia, hasta yo, y que quizás ahora sabrá ser el padre que no fue?

Por eso y porque quiero que mi hijo entienda el valor que se requiere para perdonar y para pedir perdón, y la importancia de admitir los errores pues no somos infalibles; que lo que en realidad importa no es no resbalar sino saber levantarse y aceptar que dimos un paso en falso; porque me he equivocado y he conocido la gracia de la indulgencia, perdoné al padre que no me conoció, que no me vio crecer, que no estuvo ahí cuando más lo necesité. Al fin de cuentas, todos merecemos una segunda oportunidad.

Eso le podrá brindar a mi hijo la garantía de conocer al menos un abuelo, pues su abuelo paterno fue asesinado por el mismo grupo armado que se llevó a la fuerza a su padre siendo menor de edad, y su abuela ya no sabe del mundo desde ese día en que se convirtió en la quintaesencia del dolor y del miedo. Tal vez mi progenitor pueda ser mejor abuelo que padre, en cuyo caso mi hijo podría sentir la afectuosa calidez que a mí me sirvió de sostén y amparo los primeros años de mi existencia. Pueda que, a pesar de todo, de alguna manera inexplicable, las cosas salgan bien.

Supongo que este 19 de junio por fin tendré a quien felicitar en ese día. Y aunque no pueda sentirme como la adolescente confundida o la joven rebelde que alguna vez fui, quizás aún pueda recostarme en su abrazo como tantas veces soñé, como tanto tiempo añoré. Y entonces pronunciaré la frase que nunca creí escuchar de mis labios: ¡Feliz día, papá!

imagen tomada de franciscoaranguren.blogspot