Rubén Aguirre Fuentes encarnó durante más de 20 años al profesor Jirafales en la serie El Chavo del Ocho. Por su escuelita no sólo pasaron Quico, Patty, el Ñoño, Godines, La Popis, el Chavo o la Chilindrina; todos aquellos niños latinoamericanos de las décadas de los 70 y 80 fueron también sus alumnos. El profesor Jirafales recuerda una época en la que ser maestro era sinónimo de prestigio y distinción.

Se llamaba Inocencio, aunque su nombre nunca era utilizado y parecía más bien un secreto de la serie. El Apellido del personaje estaría ligado a la dilatada altura de Aguirre (1.96 metros). Sus alumnos le decían “Maistro Longaniza”, “Kilómetro de Cañería”, “Manguera de Bomberos”, entre otras burlas y epítetos. Vestía impecablemente con traje de dos piezas, corbata y sombrero. Fumaba tabaco por lo que se le podía ver en clase con su puro encendido. Siempre tuvo 43 años y era todo un elegante señorito.

Jirafales fue una oda a esa vocación de intelectuales de otra generación por enseñar a los más pequeños. Mientras unos empuñaban armas y banderas de revolución, otros prefirieron librar su batallas en las aulas, conscientes que la infancia es el campo más fértil para sembrar la inquietud por el saber. El Maestro Longaniza sabía que la verdadera lucha por construir un mundo más justo estaba en cada salón de clases, en cada niño, entendía a la perfección aquella frase del psiquiatra Karl Menninger: “lo que se dé a los niños, luego estos lo darán a la sociedad”.

Su nobleza, dedicación y paciencia eran algunas veces cortadas por las diabluras de su traviesa audiencia, que le hacían brotar ese temperamento iracundo latino, que cuando se le venía a la cabeza le llevaba a descargar su furia con el consabido “Si-len-cio”, o el manoteo que acompañaba al inolvidable “Ta, Ta, Ta, Ta”. Este último estribillo lo copió de un profesor de secundaria que tuvo en Torreón.

Era un Profesor con P mayúscula, sabía de matemáticas, ciencias naturales, español, historia, geografía. Sabía también de música, de fútbol y hasta un poco de tauromaquia. Rubén Aguirre originalmente había pretendido ser torero, pero un creciente temor por los toros lo obligó a desistir de la empresa. Hasta un capítulo fue dedicado a que Ruben mostrará sus habilidades con la muleta.

Enamorado de Doña Florinda, madre de uno de sus alumnos, el profesor hizo un flaco favor con el tema de las flores. Hacía ver como muy normal aparecerse cualquier tarde con un ramo para visitar a la amada a tomarse una tacita de café. Cuándo una mujer le reclama a un hombre que no le regala flores, la culpa es de Jirafales. Donde sí aportó a la causa fue en el asunto de la resistencia masculina al matrimonio, durante más de dos décadas fue novio eterno y nunca se le ocurrió entregar anillo. En cambio, Rubén Aguirre, en su vida “real”, tuvo un longevo matrimonio adornado con siete hijos.

Rubén Aguirre dotó al personaje de su propia personalidad. En sus memorias confiesa: “Por mi parte, hacer el papel de El profesor Jirafales nunca me costó trabajo. No me costó porque soy como él: vanidoso, cursi, romántico y soñador. Yo soy todo lo que es Jirafales. Lo hacía casi sin estudiarlo.” Esto lo identificó plenamente Roberto Gomez Bolaños, Chespirito, quien veía a Rubén Aguirre como una caricatura por antonomasia. Una generación entera de latinoamericanos llora hoy la muerte del profesor más querido y más admirado.

Hoy, con tanto educador mercenario, que ve el oficio como un escampadero, hacen faltan miles, millones de Jirafales, que sean profesores integrales, maestros universales, que te salten de aritmética básica a la historia de los pensadores griegos. Docentes que no teman corregir a sus alumnos. Que enseñen, que eduquen, con pasión e inocencia. Se fue el profesor de todos. Se fue un grande, quien seguramente estará al lado de don Ramón y del Chavo, descojonados de la risa en la eternidad. ¡Descanse en paz, Maistro!.

 
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