En un país de violencias, violencia pura, descarnada, impune, exhibida sin reatos a plena luz, ante las miradas morbosas del público de turno que sonríe.

Bogotá. Autopista Norte con calle 134. Son las cinco, la hora de la brutalidad. Dos automóviles se entrelazan en un incidente menor. No hay colisión ni heridos. Parece más bien la disputa por un lugar en el tráfico, por unos metros de asfalto.

El vehículo de adelante se detiene y el conductor se baja despacio. Es un hombre alto y robusto que quiere verificar el estado del baúl.

Del lugar de los pasajeros del carro de atrás se baja también una persona. Una mujer joven y menuda, casi una niña, vestida con ropa de ejercicio. El conductor que la acompaña permanece en su lugar frente al volante.

Con el primer pie en el suelo, la muchacha descarga su ira contra el otro, espetándole insultos a los gritos, manoteando mientras se dirige hacia él con pasos decididos. Los que observan desde las ventanas no comprenden la razón de la furia. A lo mejor el hombre insultado lanzó alguna imprecación unos metros atrás. Quizás se robó con descaro un par de lugares en la fila. Tal vez hundió el pedal del freno demasiado tarde. Pecados de conductor a las cinco.

La energúmena se abalanza sobre el hombre que la dobla en tamaño. El hombre alto y robusto y sorprendido recibe el primer puñetazo en la nariz. Sus anteojos caen al piso. La pequeña fiera continúa su ataque con saña. Tiene rabia. Sus golpes son rápidos y precisos. Una y otra vez dan en el rostro elegido para la venganza. El otro no se defiende. Como puede trata de esquivar los puños, usando sus brazos como una barrera inútil. Por fin brota la sangre de sus fosas nasales.

No es una pelea. Es una paliza a plena luz. Una golpea. El otro recibe los golpes. La agresora se conduce con una seguridad que sorprende. Ella sabe que está protegida. Su víctima no se atreverá a hacerle daño porque es un hombre y es más alto y más fuerte que ella. No puede tocarla. Si lo hace será su fin. Un hombre golpeando a una mujer en plena vía pública no es algo que se pueda tolerar. Es la peor de las violencias. La de género. Iría a la cárcel. Su vida se arruinaría. Por eso ella prosigue con su ataque, amparada en su condición de mujer.

El agredido no hace ningún gesto de riposta. No debe hacerlo. Quien lo azota es una mujer. Y a las mujeres no se las puede tocar. Está obligado a soportar la paliza. La masa que observa divertida podría lincharlo si contraataca con una sola cachetada que terminaría de una vez con la disputa. Es un hombre y la dobla en tamaño y en fuerza. Debe aguantar. No encuentra sus anteojos.

El conductor del carro de atrás, el acompañante de la impune boxeadora, se aburre de esperar y se baja al fin. Con lentitud camina los dos metros que lo separan de la escena y toma por la cintura a la mujer. Al gentío no le importa si es su novia o su hermana o su amiga, o si la acaba de sacar de un hospital psiquiátrico. El público lamenta que el espectáculo esté a punto de terminar. Quiere más golpes. Más sangre. Más demostraciones públicas de que las mujeres también pueden ser violentas y de que los hombres también pueden quedarse pasmados ante los puños. Algo le habrá dicho el tipo, porque choque no hubo.

A lo lejos se ven los dos carros detenidos. La indomable criatura es alejada con esfuerzo de su víctima. El hombre no atina a limpiar la sangre de su nariz. Necesita encontrar sus gafas.

Se escuchan los bocinazos. Es la turba aprobando la función. Son las cinco y diez.

Imagen tomada de: RTVE.es