Como siempre he sido alérgico a la mayoría de comentaristas deportivos colombianos, durante el Mundial de Francia 98 preferí sintonizar el canal de televisión brasileño Bandeirantes. Al principio, aparte de eludir las ridículas teorías de Carlos Antonio Vélez o las perogrulladas de Javier Hernández Bonett, sólo buscaba acompañar las imágenes con la emoción que le imprime el tono de un buen locutor, así no entendiera nada de lo que decían. Pero ya para el final del torneo, gracias al cercano emparentamiento entre los dos idiomas, y al minucioso seguimiento que hice de los partidos, me di cuenta de que podía comprender casi todo lo que allí narraban o comentaban.

Como se sabe, Brasil llegó a la final de ese campeonato, pero la perdió ante Francia, el equipo anfitrión, en medio de rumores acerca de un incidente de salud que en la mañana de ese mismo día habría sufrido Ronaldo, la máxima estrella del 'Scratch' para entonces. El caso es que no bien terminado el partido, los comentaristas del canal brasileño dieron por descontada la salida del director técnico, y de una vez empezaron a barajar nombres para sucederlo. No les importó que Francia tuviera la enorme ventaja que en fútbol da la localía. Tampoco tuvieron en cuenta el extraño episodio de Ronaldo. Y ni siquiera consideraron un atenuante el hecho de que el director técnico fuese 'Lobo' Zagalo, una leyenda viva cuyos cuatro campeonatos mundiales conquistados (dos como jugador, uno como DT de la mejor selección de fútbol de todos los tiempos, y otro más como asistente de Parreira en el 94) le conferían un carácter de vaca sagrada. Nada de eso: en Brasil no ganar el mundial es equivalente a una derrota. Allá no caben las victorias morales ni las tonterías por el estilo.

De hecho, ahora acaba de pasar lo mismo en la Copa América Centenario: pese a que el gol con el que eliminaron a Brasil fue anotado con la mano, a Dunga, el actual entrenador del equipo, lo despidieron. Su cara de angustia durante los últimos minutos del juego contra Perú era evidente, porque él sabía lo que le esperaba. Sabía que en su país no son nada tolerantes con las derrotas. Y quizás por eso sólo intentó una tímida y casi resignada defensa, pues él más que nadie sabe que es gracias a esas medidas radicales que Brasil ha ganado cinco mundiales.

En Colombia, en cambio, ocurre todo lo contrario. Aquí los comentarios se repiten una y otra vez, torneo tras torneo y año tras año, desde hace más de medio siglo. Parece un disco rayado: "Nos falta experiencia", "Estamos en formación", "Nos faltaron cinco centavitos para el peso", "El árbitro estaba comprado". Pero sucede que desde aquel famoso 4-4 contra la Unión Soviética en Chile 62, pasando por el 1-1 contra Alemania en Italia 90, y terminando con el 2-0 sobre Uruguay en Brasil 14 -sin mencionar el cacareado favoritismo en USA 94-, es bastante el agua que ha corrido bajo del puente. Así que mal podemos hablar de falta de experiencia, o de equipo en formación.

Lo que sucede en realidad es otra cosa. Para decirlo sin eufemismos: los hinchas colombianos son conformistas a morir, además de condescendientes hasta niveles enfermizos con los jugadores del equipo. Y, claro, también con sus directores técnicos. Quizás por esa excesiva complacencia fue que Maturana se dio el lujo de justificar una derrota con el adefesio filosófico de que "perder es ganar un poco" sin que lo hubiesen sacado a patadas del cargo, como sí habría sucedido en cualquier otro país del planeta.

Esa actitud mediocre de la afición suele ser la primera piedra que se pone para el fracaso de cualquier empresa deportiva. Vayamos a un ejemplo concreto. En el mundial pasado, después de que Colombia había arrasado en la primera ronda -consiguiendo nueve puntos de nueve posibles-, y de que había vencido en octavos de final nada menos que a Uruguay, a los hinchas colombianos no se les ocurrió una mejor idea que hacerles llegar a los jugadores, de cara al partido contra Brasil, el mensaje de que tranquilos, de que gracias por todo, de que ya habían cumplido, de que no importaba lo que pasara de ahí en adelante. Y, en efecto, se sintieron cumplidos: perdieron miserablemente ante el peor Brasil de la historia.

Pero ahí no paró todo. En lugar de llamar a cuentas a Pekerman, en vez de crucificar a Sánchez por dejarse ganar la espalda de Thiago Silva en el primer gol y a Ospina por regalar el palo en el segundo, los directivos, los hinchas, y hasta los periodistas deportivos, resolvieron prodigarles un recibimiento multitudinario a los fracasados futbolistas, con carro de bomberos, orquestas, baile colectivo y disfraces incluidos. Y -por supuesto- con las frases de consuelo de siempre, que hablan de las consabidas 'victorias morales'. (Recuerdo una especialmente cursi: "La Copa la llevan en el corazón").

Ayer, una diezmada y fundida Chile eliminó a Colombia. Sin embargo, estoy seguro de que nada sucederá. No habrá reconvenciones, no habrá cuestionamientos (y el que los haga será quien termine linchado en las redes sociales). Habrá, en cambio, lisonjeros agradecimientos. Usando la misma lógica del caso de Brasil, me atrevo a aseverar que es por esa actitud indulgente y cobarde que Colombia nunca gana nada.

Me dirá alguien que no sea tan exigente, que esas medidas tan drásticas sólo las toma Brasil. Falso: Argentina hizo lo mismo cuando en Alemania 06 su selección quedó eliminada en cuartos de final por definición desde el punto de penal, también ante el anfitrión del certamen: destituyeron a Pekerman. Y fue así como éste quedó disponible para que la Selección Colombia lo contratara como su director técnico. Cargo en el cual permanecerá, literalmente y pase lo que pase, hasta que San Juan agache el dedo. O hasta que Colombia gane algún torneo.

Lo que ocurra primero.

imagen tomada de vivelohoy.com